Rosa Arregi, baserritarrra: «¿Qué sería de un caserío sin el trabajo que hacemos las mujeres?»

Rosa Arregi, baserritarrra: «¿Qué sería de un caserío sin el trabajo que hacemos las mujeres?»

Ana Vozmediano
ANA VOZMEDIANO

Suena el despertador en Agoitz Berri, en Villabona. Son las 6.15 de la mañana y para Rosa, la hora de levantarse y poner lavadoras. Su hijo Jon también amanece a la misma hora para irse a trabajar fuera del caserío, pero toda la organización de la casa va a depender de ella, de forma casi milimétrica.

Para empezar, tiene que ocuparse de llevar las pastillas y el café con leche a su suegro, pendiente de una medicación muy estricta. A las 7 en punto debe tomarlas.

«La casa, los niños, los mayores, tareas con los animales, todo depende de nosotras»

Después levanta a su madre, que no puede andar, se ocupa del papeleo que haya podido llegar y empieza con las comidas para toda la familia, sus suegros, su madre, su marido y sus dos hijos que trabajan fuera de casa. Es posible que Juantxo, su marido, le llame porque necesita ayuda con las vacas. Estamos en invierno y es una época más tranquila que el verano. Para empezar, ha llovido tanto que no puede entrar en la huerta.

«La mujer baserritarra se ocupa del cuidado de todos, de llevar a los mayores al médico, de recoger del colegio a los niños. En el caserío, además, siempre hay trabajo, se ordeña a las vacas por la mañana y por la noche y los horarios son muy estrictos. Son muchas horas y muchas tareas. ¿qué sería del caserío sin una mujer?», se pregunta Rosa.

Sin embargo, pese a ese papel primordial y como tantas baserritarras, ella se siente invisible, cree que no se tiene en cuenta a las mujeres y por eso está asociada y por eso tiene previsto asistir a alguna concentración hoy, 8 de marzo, para reivindicar a la mujer del mundo rural aunque no ve posible hacer huelga, «porque aquí no podemos parar».

«Este trabajo es muy duro y además te tiene que gustar. En esto he tenido suerte»

Ni Jon ni Laida, sus hijos veinteañeros, piensan seguir con el caserío y tienen sus trabajos fuera de las lindes de Agoitz Berri. «Hombre, nos han visto a nosotros trabajar duro, muy duro, saben lo que es irte de una boda porque tienes que volver a ordeñar a las vacas, lo estrictos que son los horarios o que te puedes pasar la noche en vela porque una vaca está de parto».

Pero a Rosa, el mundo del caserío le gustaba desde pequeña. «Mis aitas eran de Zizurkil y nos criamos en ese entorno. Después bajaron a Villabona, pero solíamos subir al caserío y la verdad es que disfrutaba».

Conoció a Juantxo. «Sabía que tenía vacas, pero no me importó, porque sabía a qué vida me iba a enfrentar si nos uníamos, pero ya te digo que me gustaba. Y, la verdad es que no me arrepiento. Nada».

La suya es una explotación familiar con 25 vacas lecheras, gallinas y un cerdo. Desde mayo se dedican a hacer el forraje, que supone cortar la hierba que luego se seca y se plastifica para guardarlo para el invierno. Estos días se acuesta hacia las 11 de la noche. En verano se le hará más tarde hasta que pueda volver a empezar su tarea.

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