«Limpiar es tan duro como trabajar en la construcción»

El Diario Vasco reúne a siete hombres guipuzcoanos que desempeñan trabajos históricamente reservados a las mujeres

AINHOA IGLESIAS

Saben qué es desempeñar un trabajo peor remunerado o que se perciba su labor como si fuera algo menor. Lo han vivido en sus propias carnes. Oier, Liher, Unai, Javier, Christian, Fernando y Álvaro ocupan profesiones en las que el 90% son mujeres. Unos por vocación, otros por necesidad, han optado por empleos que históricamente han realizado sobre todo ellas. Aseguran que comprenden y apoyan las reivindicaciones feministas y le quitan hierro al hecho de ser pioneros en romper estereotipos. Ellos lo tienen claro: suavizar las diferencias laborales por género pasa por que las profesiones no estén polarizadas. «Solo cuando la sociedad deje de percibir los trabajos como ‘de hombres’ o ‘de mujeres’ se podrá empezar a hablar de profesionales, sin más apellidos», coinciden en señalar.

Oier Saizar | Educador de haurreskola

«Trabajo en una guardería y algunos amigos piensan que no es un empleo de verdad»

Oier Saizar, educador en la haurreskola de Azkoitia.
Oier Saizar, educador en la haurreskola de Azkoitia. / Foto: J. SODUPE

Oier Saizar lleva catorce años trabajando como educador de escuela infantil y le apasiona. «Es emocionante ver marcharse al colegio a una criatura a la que has cogido con apenas cuatro meses», asegura. «Te das cuenta de que has podido aportar muchísimo a su formación como persona. Le has ayudado a adquirir autoestima y a descubrir su personalidad, has tenido el previlegio de observar su evolución, sus logros en psicomotricidad, en adquisición del lenguaje... Es una etapa preciosa». Por eso no entiende por qué socialmente «choca tanto» que se haya decantado por trabajar con bebés. «Algunos amigos piensan que es un empleo anodino. Creen que no es un trabajo de verdad, como el de un taller». Ha reflexionado mucho al respecto y opina que esa percepción puede deberse a la creencia profundamente arraigada de que, de 0 a 2 años, la labor a realizar «es de cuidado y no de formación». Y ahonda un poco más: «un cuidado que tradicionalmente ha correspondido a las madres». En la Haurreskola Xabier Munibe de Azkoitia Oier Saizar es el único varón en plantilla. En muchas guarderías públicas de Gipuzkoa, no hay ninguno. Reconoce que, sobre todo al principio, a algunas familias les sorprendía que él fuera a ser el encargado de cuidar a sus pequeños. «A las abuelas a las que más. Como no llevo bata de maestro de primeras me confundían con el conserje», recuerda con ironía. Reconoce que no solo ha tenido que demostrar que es capaz de cambiar pañales y atender las necesidades básicas de los niños, sino también que puede ser tan «sentimental y cariñoso» con ellos como sus compañeras. Respecto a si debería haber más educadores en las guarderías su posición es firme. «Sinceramente no veo el trabajo desde una perspectiva de género, sino de vocación». En ese sentido, trata de aportar su granito de arena. «En el aula inculco a mis niños y niñas que pueden ser quienes quieran ser, no quienes se espera que sean».

Liher Bravo Doiz | Canguro y empleado en un comedor escolar

«Juego al fútbol, estudio, trabajo en un cole... pero nadie me contrata como niñero»

Liher Bravo Doiz.
Liher Bravo Doiz. / Foto: USOZ

Liher Bravo Doiz comprende perfectamente la vocación que mueve a Oier Saizar a trabajar con niños pequeños. «Me encantan los críos, son una caja de sorpresas y es una gozada descubrir el mundo a través de ellos», revela. Tiene 23 años, juega de media punta en el filial del Real Unión y le quedan «cuatro asignaturas» para terminar Empresariales. Hace dos años decidió ofrecerse como niñero en la empresa MissBabysitter, que se dedica a ofrecer servicios de canguro a turistas extranjeros que visitan el territorio. «No me han llamado ni una vez. Sé que la empresa me ofrece porque cree que tengo buen perfil: juego al fútbol, estudio, trabajo en un cole... pero al parecer algunos clientes piden expresamente que no se envíen chicos». Piensa que está «perfectamente capacitado» para desarrollar el trabajo y que lidiar a diario con escolares de 4 y 5 años como monitor en el comedor del colegio donostiarra Urbieta lo demuestra. Pero quienes deben contratar sus servicios no tienen la misma percepción. «Una pena, hubiera sido una buena manera de ganar un dinero extra». Liher sigue ofreciéndose como niñero, pero ya no tiene muchas esperanzas de que el teléfono suene un día para decirle que por fín puede estrenarse como ‘babysitter’. «No pasa nada, estoy muy contento en la ‘jangela’. Tanto los compañeros como los alumnos del centro me han acogido fenomenal y eso que entré un poco a la expectativa», declara. «De la veintena de empleados de momento chicos solo somos dos, pero creo que nos apañamos igual de bien».

Fernando Galindo | Auxiliar domiciliario

«No es cuestión de si eres hombre o mujer, sino de si te gusta el empleo o no»

A Fernando Galindo le tocó el verano pasado hacerles cada día la comida a tres niños a los que su familia no podía atender, pero hasta ahora su rutina ha estado dedicada, sobre todo, al cuidado de personas mayores. «Me ocupé durante mucho tiempo de mi padre, enfermo de Alzheimer. La asistenta social que nos ayudaba entonces me dijo que se me daba bien y que podría dedicarme a ello profesionalmente». Tras madurar la idea decidió convalidar sus estudios de administrativo con los de auxiliar y completar su formación con cursos sobre cuidados geriátricos. De eso hace más de veinte años. A pesar de que ha pasado el tiempo, siguen siendo pocos los hombres que se dedican a esto. «Entonces éramos minoría y ahora también. De vez en cuando se me olvida porque como es asistencia domiciliaria el desarrollo del trabajo es individual, no colectivo, y pierdes un poco la perspectiva». No hay más que mirar la estadística para comprobar qué quiere decir. En Garbialdi, la empresa para la que trabaja, hay 384 empleados entre auxiliares y personal de oficina. De todos ellos, solo 15 son hombres, apenas el 3,90%. La compañía asegura que la razón es que quienes deben recibir la mayoría de los cuidados se niegan a que les atiendan hombres. «No solo mujeres, también varones a los que les da pudor que otro hombre les asee», lamentan. Fernando, sin embargo, cree que es cuestión de tiempo que esta barrera desaparezca. «Con la gente joven no ocurre. Comprenden que no es cuestión de si eres hombre o mujer, sino de si te gusta tu trabajo o no, porque de eso depende que lo desarrolles con amor y con la mejor disposición posible».

Christian Cortés | Limpieza

«Cargar un cubo de agua varias plantas para fregar la escalera es arduo y está mal pagado»

Trabajadores de la empresa Garbiondo.
Trabajadores de la empresa Garbiondo. / Foto: ARIZMENDI

Se vieron obligados a cambiar el ladrillo por la escoba. Los empleados de la empresa Garbiondo, dedicada a la limpieza de portales, son en su mayoría antiguos peones del sector de la construcción a los que la crisis dejó sin empleo en 2012. El encargado de convencer a aquellos hombres de que podían ganarse la vida lejos de un andamio fue Christian Cortés, quien por aquel entonces ya era experto en manejar la fregona. «Llegué a Euskadi hace 17 años procedente de Perú. Soy hombre, extranjero, tengo rasgos indígenas y limpio portales. Todo sin ningún tipo de complejo», se presenta. «Cuando vine lo hice con la mente abierta. En mi país era profesor de universidad pero aquí sabía que tendría que empezar de cero. El primer trabajo que conseguí fue limpiando pabellones y finales de obra. Se me daba bien, pero llegaba a casa cubierto de polvo y no podía coger a mi niña recién nacida», rememora. Fue entonces cuando empezó a limpiar portales. «Había una zona de Errenteria donde limpiar las escaleras, en su mayoría de granito, era un auténtico suplicio. ¡Hacía falta emplear una gran fuerza física para quitar las manchas! Vi una oportunidad de colarme en el sector», asegura. Las comunidades de vecinos primero acogieron con recelo que un hombre les limpiara el portal pero, dice, poco a poco se empezó a correr la voz de que era un buen profesional y comenzaron a lloverle las ofertas. Fue el germen de su empresa. Ofreció el puesto a conocidos y antiguos compañeros desempleados. Y aunque no hace falta, acalara que «no solo a inmigrantes, también a autóctonos». Por eso la plantilla de la empresa que ha fundado, Garbiondo, está en un 80% compuesta por hombres. «Una auténtica rareza», reconoce. Y se ríe cuando recuerda las primeras reuniones con sus empleados. «Me decían que limpiar es tan duro como trabajar en la construcción, pero está mucho peor pagado. Y no puedo estar más de acuerdo. Cargar con un cubo de agua varias plantas porque no hay ascensor, limpiar cristales, subir y bajar escaleras... todo sin parar durante ocho horas. Es arduo, claro que sí, por eso comprendo cuando algunos me dicen que en cuanto remonte el empleo, se vuelven a la obra». ¿Sus empleadas? «Ellas no se quejan, sabían lo que era y no llegaron pensando que es un trabajo fácil».

Unai Alberro | Enfermero

«Dicen que cada vez somos más enfermeros, puede que sí, pero aún somos muy pocos»

«Empecé con un voluntariado para ayudar a la gente y, de pronto, lo tuve claro: quería ser enfermero». Unai Alberro decidió seguir su vocación a pesar de que no es, ni mucho menos, la profesión de moda entre sus amigos. En su clase apenas un 10% de los estudiantes eran chicos. En el quirófano en el que trabaja en Onkologikoa solo está él, «encantado» junto a sus siete compañeras. «Dicen que cada vez somos más enfermeros, puede que sí, pero aún somos pocos», asegura. Tampoco es una realidad que le incomode. «¿Debería haber más chicos? Pienso que no. Me parece indiferente si el trabajo lo hacen hombres o mujeres, lo importante es que se haga bien». Accedió al mercado laboral en 2014 y, desde el principio, se presenta de la misma manera. «Hola, somos el equipo de enfermeras, me llamo Unai», una fórmula que los pacientes acogen con humor pero que a él realmente le agrada. «Existe el masculino enfermero pero si la mayoría del equipo son mujeres, ¿por qué no definirme así?» Critica el prototipo de ‘enfermera sexy’ que, como joven que es, a veces observa en carnavales o despedidas de soltero. «Es una muestra más de cómo se cosifica y sexualiza a la mujer. Yo no soy una ‘enfermera sexy’, pero una compañera tampoco tiene por qué entrar en esos cánones absurdos. El físico para el desarrollo de la profesión da igual y la ropa debe ser la adecuada».

Javier Rey | Matrona

«Me gustaría que se hablara de mí por ser matrona, no por ser matrona hombre»

Javier Rey es matrona. «Prefiero que me llamen matrona, con ‘a’, y no matrón, que hasta no hace mucho ni existía», dice. Si hay pocos enfermeros, encontrar a los que han optado por ayudar a traer niños sanos al mundo es casi una extravagancia. En este sentido Rey es un auténtico pionero. «Creo que he sido el primero en ejercer en un hospital de Euskadi», revela. Tras trabajar varios años en el Hospital Universitario Donostia, ahora pasa consulta en el ambulatorio de Lezo. Reconoce que a veces «descoloca» pedir cita para la matrona y encontrarse con él, «antes más que ahora», aunque una vez roto el hielo no ha tenido problemas serios. «Sí es verdad que he observado que algunas pacientes árabes que estaban embarazadas no han vuelto», reconoce. También que tiene un pequeño plus de dificultad. «Tengo que demostrar que soy bueno en esto. A una mujer se le presupone que lo va a hacer bien pero yo tengo que probarlo». Tras toda una vida dedicado a ser matrona, cree que en pleno siglo XXI debería haberse superado ya el debate de género. «Me gustaría que se hablara de mí por ser matrona y no por ser matrona hombre. Eso diría mucho en favor de mi trabajo y no de mi sexo», argumenta. Armado con la cinta métrica para «controlar la tripa de las embarazadas», rememora algunas de las curiosidades que le tocó vivir en paritorio. Recuerda con especial cariño el día en que asistió el parto de una compañera. «Ella era matrona, yo era matrona y su marido, también era matrona. ¡Todo quedó en familia!»

Álvaro Granda Ferrer | Dependiente de lencería

«Para mí vender sujetadores es lo más normal, soy la cuarta generación de una familia dedicada a esto»

A Álvaro Granda Ferrer su trabajo le «divierte un montón». Es la cuarta generación de una familia dedicada a vender lencería y ropa de cama en Almacenes Ferrer. «Llevamos desde 1927 y tal como está la cosa espero que sigamos muchísimos años más». A pesar de que encontrar dependientes en las tiendas es habitual, es más bien raro hallar alguno vendiendo lencería fina detrás de un mostrador. «Las clientas suelen alucinar cuando les clavo la talla de sujetador solo con verlas aparecer por la puerta. Al principio es gracioso porque les choca que les atienda un hombre, pero luego vuelven y piden que les aconseje yo. Tengo mi clientela fija», se enorgullece. Criado en el seno de una «familia matriarcal», se toma a risa que sus amigos le tomen el pelo asegurando que le envidian. «Me dicen: ¡te pondrás las botas! Para nada, soy profesional y aunque es verdad que en el sentido más literal y menos peyorativo estoy todo el día entre tetas y culos, yo solo pienso en copas, tallas, colores... en definitiva en que las clientas consigan lo que buscan y salgan contentas de la tienda». Después de tanto tiempo currando reconoce que no se asusta por nada. «Me ha pasado de todo. Desde la anécdota más escatológica cuando una clienta se nos cagó literalmente en el probador, a un chico que vino a comprarse un body de mujer de encaje y salió con él puesto a preguntarnos si le sentaba bien».

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