Al fragor de la pólvora

Las compañías durante una de las descargas llevada a cabo en Arma Plaza. El público aplaudió a cada una de las compañías por la calle Mayor. / REPORTAJE FOTOGRÁFICO FERNANDO DE LA HERA

Hondarribia celebró su día grande y su Alarde con la participación de más de 5.000 soldados. La compañía Jaizkibel, con mujeres de soldado en sus filas, desfiló entre silbidos y plásticos negros, y se vivieron momentos de tensión

Elena Viñas
ELENA VIÑASHONDARRIBIA.

Hondarribia vivió ayer su día grande al sol. Pero eso sí, en las calles de la ciudad bidasoarra un año más se plasmaron dos formas de entender la fiesta del 8 de septiembre. Por un lado, el Alarde, el desfile tradicional de más de 5.000 soldados, en el que la mujer participa como cantinera; y por otro, la compañía Jaizkibel que reivindica la participación de la mujer como soldado en la fiesta y que ayer tuvo que soportar una vez más silbidos y plásticos negros a su paso por la calle Mayor, colocados por partidarios del desfile tradicional.

Sin apenas haber dormido por la emoción y por los preparativos que conlleva el día más esperado del año, los hondarribiarras tomaban ayer el centro de la localidad desde varias horas antes del amanecer. El ir y venir de gente se intensificaba a lo largo de la calle Mayor, donde decenas y decenas de mujeres de todas las edades guardaban con celo un espacio en la acera para poder presenciar en primera fila el paso del Alarde Tradicional. «Hemos venido a las seis de la mañana, pero nuestras hijas, que tienen solamente 12 años, han pasado aquí toda la noche para reservar sitio. Sólo se han ido ahora unos minutos para saludar a una chica que sale de cantinera con una de las compañías. Viven la fiesta con la misma intensidad que nosotras», comentaban Esti y su amiga. Pese a no haber pegado ojo «por los nervios» de los que parecía contagiarse buena parte de la población -«estamos a base de café y antiojeras», bromeaban-, se mostraban deseosas de que arrancara el desfile.

«Somos del tradicional a muerte. Lo hemos mamado en casa desde bien pequeñas y a nuestras hijas les estamos enseñando lo que nos inculcaron a nosotras, a vivirlo así», manifestaba Esti, ataviada de blanco y rojo, la combinación más repetida del día.

En las calles de Hondarribia un año más se plasmaron dos formas de vivir la fiesta

«Me había imaginado como cantinera, pero la realidad supera todas las expectativas»

Igual de emocionadas se mostraban otras mujeres del municipio como Marta y Elena, que presumían de tener un plan «de primera» para las siguientes horas. «Tenemos comida familiar en casa y luego, volveremos a salir a la calle, como ahora, para continuar disfrutando. Es lo que toca», prometían.

Con la salida del sol, la calle Mayor, paradójicamente, se oscureció inundada por una marea negra de plásticos que la recorría de principio a fin. Agentes de la Ertzaintza instaron a los espectadores a retirarlos, pero no todo el público obedeció la orden. La mayor parte de los asistentes optó por emplear bolsas de basura del mismo color convertidas en improvisados vestidos. Los carteles con el lema 'Betiko Alardea' se multiplicaban. También algunos balcones se cubrieron con pancartas negras sobre los que se escribían mensajes como «Herriaren iritzia errespetatu» (en castellano, «Respetad la opinión del pueblo») y «Zuek ez zaudete Alardean» («Vosotros no estáis en el Alarde»).

Un fotógrafo agredido

La tensión que había ido incrementándose en los últimos días, como consecuencia del cruce de declaraciones protagonizado por instituciones y defensores del Alarde Tradicional, alcanzó su cota máxima pocos minutos después de las ocho de la mañana. Los cerca de 600 miembros de la compañía Jaizkibel - en la que las mujeres desfilan como soldado- que atravesaban la puerta de Santa María, capitaneados por Oihane Etxebarrieta, eran recibidos por una sinfonía hecha a base de centenares de silbidos que ahogaba el sonido de la música.

Los aplausos de los favorables del alarde paritario y sus gritos de «Emakumeak Alardean» trataban de contrarrestarlos sin demasiada fortuna. Se profirieron insultos y amenazas e incluso un fotógrafo de prensa fue agredido por un simpatizante del desfile tradicional, que trató de arrebatarle su cámara.

La única compañía en la que las mujeres desfilan como soldados pudo completar su recorrido por esta vía sin ser escoltada por agentes de la Ertzaintza, como ya ocurrió doce meses antes, aunque la policía autónoma vasca incrementó su presencia en la zona. Efectivos de la Policía Local velaban por la seguridad, especialmente ante el ayuntamiento, en cuyos arcos se situaban las distintas autoridades que acudieron a brindarles su apoyo. Al diputado foral de Cultura, Denis Itxaso, se sumaban, entre otros, la directora del Instituto Vasco de la Mujer Emakunde, Izaskun Landaida; la adjunta del Ararteko, Julia Hernández; la diputada de EH Bildu Maddalen Iriarte; y juntera de Podemos María Valiente.

Las pancartas, carteles y plásticos negros se borraron por completo del paisaje para teñirse de las tonalidades festivas. Fue así como se recibieron minutos más tarde a los 5.000 soldados que cada año desfilan en el Alarde Tradicional con sus cantineras. Ainhoa Emazabel Lekuona salía con la de Done Pedro Itsas Gizonen Kofradia. La joven confesaba sentirse «muy emocionada», porque «llevaba 23 años esperando este día». «Me lo había imaginado de una forma y la realidad supera todas las expectativas», declaraba.

Sus saludos eran celebrados con aplausos por otras chicas. Las cámaras de fotos inmortalizaban sin descanso a los protagonistas de la renovación del voto a la Virgen de Guadalupe, en agradecimiento por la liberación del asedio al que fue sometida en 1638. Desde los hacheros al burgomaestre Iñaki Sagarzazu, pasando por la tamborrada, la banda de música y demás participantes. La corporación municipal con el alcalde Txomin Sagarzazu (PNV), a la cabeza, les dio a todos la bienvenida a las puertas de la iglesia.

A la banda sonora típica de la jornada se sumaron las descargas. Una tras otra. La calle Mayor y el resto de Hondarribia, vestida de rojo, blanco y negro, olían a pólvora. La fiesta estaba servida.

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