Guadalupe, el lugar ideal para recuperar fuerzas

Podría parecer un concurso de escanciadores de sidra, pero simplemente era otro rato agradable que estaban pasando en Guadalupe./FOTOS: F. DE LA HERA
Podría parecer un concurso de escanciadores de sidra, pero simplemente era otro rato agradable que estaban pasando en Guadalupe. / FOTOS: F. DE LA HERA

El santuario se volvió a quedar pequeño durante la renovación del voto a la Virgen. Muchos hondarribitarras aprovecharon el buen tiempo para subir a las campas a almorzar antes de la fiesta de la tarde

EDU PRIETOHONDARRIBIA.

«¡Esto sabe a gloria!», exclamaba Alberto desde uno de los pretiles cercanos a la ermita. Lo hacía mientras devoraba con una mano un bocadillo de tortilla de patatas y sostenía un vaso de sidra en la otra. Igual que este soldado de Gora Gazteak, fueron muchos los que ayer volvieron a elegir las campas cercanas al santuario para reponer fuerzas. Tras el madrugón del día 8, nada como acudir a Guadalupe para llevar a cabo un avituallamiento en condiciones. La mayoría en coches particulares, motos o en autobuses. También hubo algún valiente que lo hizo a pie.

Algunos optaron incluso por subir directamente sin presenciar el Alarde. Iñaki y Xabier Urkia, y José Miguel Aizpurua fueron de los más madrugadores. Los tres se encontraban sentados encima de toallas para combatir el rocío presente todavía en el césped a primera hora. «Venimos pronto todos los años para coger un buen sitio y aparcar. Para las diez de la mañana ya estábamos aquí, solemos almorzar con la familia y luego nos gusta ver el pequeño alarde que hay después de la misa». Preguntado por el cumplimiento del voto, Xabier contaba entre risas que «somos religiosos, pero hoy se lo dejaremos a las autoridades, que si no la ermita se queda pequeña».

Los que sí tenían pensado acudir al acto eran Ignacio, Javier, Iciar, Blanca y Guillermo. «No hemos visto el Alarde, hemos venido directos aquí. Desde que dejamos de ser jóvenes se acabó la juerga y lo vivimos a nuestra manera. Llevamos cerca de veinte años haciéndolo así».

«Ya estábamos aquí a las diez de la mañana. Venimos pronto para coger buen sitio»

«He venido a las ocho de la mañana, a la Novena. Este año quería vivirlo de otra manera»

Los cinco se encontraban plácidamente en una de las codiciadas mesas esperando la llegada de las tropas. No faltaban entre sus manjares el lomo, un brioche, café o sidra, la bebida estrella de la mañana. «Cuando bajemos tomaremos el aperitivo y nos iremos a casa a terminar de cocinar. Todavía queda mucho día por delante».

No hacía falta ser muy perspicaz para identificar a aquellos que se habían encontrado con la fiesta sin esperarlo. Entre ellos se encontraban Igor y Gorka, dos ciclistas de Lezo que optaron por dar media vuelta. «No nos acordábamos que hoy era el Alarde, menudo gentío», contaban. Dando indicaciones a dos montañeros se encontraban Elena y Petri. Esta última, irundarra, nos desvelaba que llevaba allí desde las ocho de la mañana. «He venido a misa, a la Novena. Este año he decidido vivirlo de otra manera. Siempre lo había visto en la calle Mayor, pero este año he almorzado aquí. El único fallo ha sido no traer café, el año que viene tendremos que subir un termo». Su plan para la tarde era acudir a La Marina y disfrutar «hasta que el cuerpo aguante».

Cumplimiento del voto

Fue a partir de las once de la mañana cuando Guadalupe comenzó a registrar su mejor aspecto. La mayoría optó por buscar refugio debajo de los árboles mientras preparaban el 'hamaiketako', y otros se dirigieron rápidamente a recoger las neveras preparadas en el coche con anterioridad.

Para entonces, las veinte cantineras del Alarde ya se encontraban agradeciendo un poco de descanso en una jornada en la que el calor empezó a pasar factura con el paso de las horas. Una de las primeras en llegar fue María González, que describió los momentos vividos como «muy emocionantes. He pasado algo de nervios a la mañana, cuando estaba preparándome en casa porque había mucha gente y ya tenía ganas de empezar». La representante de la Tamborrada destacaba el paso por la calle Mayor por encima del resto. «Ha sido diferente a lo que me esperaba. Desde fuera parece más grande y cuando he entrado me ha parecido muy estrecha porque la gente estaba muy cerca. Ha sido una pasada».

El momento más solemne tuvo que ver con el cumplimiento del voto de agradecimiento a la Virgen, que este año cumplía el 380 aniversario y para el que la ermita volvió a quedarse pequeña. Con las puertas abiertas, muchos pudieron seguir la ceremonia desde el exterior. La mañana terminó con el desfile de las compañías por la campa que finalizó enfrente del santuario. Tras romper filas, la mayoría se dirigió a sus vehículos para ir a casa a comer. Quedaba mucho día que vivir.

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