«Perdona párkinson, me había olvidado de que estabas conmigo»

Sánchez, con un ejemplar de su tercer libro. / ARIZMENDI
Sánchez, con un ejemplar de su tercer libro. / ARIZMENDI

El donostiarra Antonio Sánchez Escudero tiene 81 años y uno de sus objetivos es conseguir sacar una sonrisa a quienes tienen su misma enfermedad

Ana Vozmediano
ANA VOZMEDIANO SAN SEBASTIÁN.

Hace muchos años, Antonio Sánchez Escudero llegó de Madrid a Astigarraga para visitar a su hermana mayor, Ana, que trabajaba con su marido Manolo en la pastelería que tenían en común. Allí conoció a la chica más guapa que había visto nunca, a Milagros, y se fue a Alemania con ella en la mente. Empezaron a escribirse y un día Antonio volvió a Astigarraga, ella llegó a la pastelería a comprar unos dulces, volvieron a verse y desde entonces no han vuelto a separarse. Viven en Oiartzun y llevan juntos cincuenta años, tiempo en el que han nacido un hijo que se llama Antxon y dos nietas, Lia y Anne de 9 y 7 años.

Quien las conoce sabrá que cantan un rap que su abuelo hizo para ellas, el rap del párkinson, que relata por qué el aitona se para en las escaleras o tiene problemas para cruzar la calle. Incluso por qué a él no le importa y se toma esa enfermedad con una gran sonrisa y mucha, mucha vitalidad.

«Tengo 81 años cumplidos en abril, pero digo 82 porque soy como Jorge Oteiza, que cuenta también el tiempo de gestación». Ríe, siempre ríe. Hace dieciocho años le dijeron que tenía un mal incurable, párkinson. Lo aceptó, aunque pese a ese optimismo que le mueve, reconoce que se dio cuenta de lo que era el miedo. Siguió adelante, decidió que la enfermedad no iba a poder con él ni con sus ganas de vivir. «Incluso pensé que me iba a servir para hacer más cosas de las que hacía y te voy a decir que hay muchas veces que digo '¡perdona párkinson! ¡me he olvidado de que estás conmigo!».

El día de la entrevista fue una jornada un poco especial porque cogió su coche automático y se fue «de médicos», como relata su mujer. «Hago pruebas de Alzheimer, no me importa hacer de conejillo de indias si eso favorece la investigación».

Un día normal

Un día normal se levanta temprano, desayuna y escribe. Acaba de publicar su tercer libro, 'Todavía puedo', después de 'Prefiero ser feliz' y 'El hombre que hablaba con sus neuronas'. La tarde es el momento del deporte. El último que ha incorporado a su lista de aficiones es el baloncesto, en el que ya consigue encestar ocho canastas en diez tiros.

Cuando le diagnosticaron el párkinson se apuntó a Pilates, al gimnasio, hasta salió hace unos meses en el programa de televisión 'Got Talent' para demostrar que podía hacer 71 flexiones en un minuto. «Lo sigo haciendo cada día, tengo que mantener mi cuerpo, no dejar que ese párkinson me invada».

Y, para todo ello, qué mejor que el boxeo, que le mantiene en forma y que junto a la gente que ha conocido es una de las cosas positivas que le ha supuesto la enfermedad. El boxeo actúa en todos los músculos, advierte. «Escribo, doy charlas a otros parkinsonianos... Es muy difícil arrancarles una sonrisa. Una vez dije a un grupo: 'Mirad, nos vamos a forrar en Las Vegas jugando al póker si seguís con estas caras'».

Haz lo que te guste, lleva un diario o no aceptes la derrota son algunos de los consejos de Antonio Sánchez, que reconoce que su mujer es más realista que él, «con lo que nos compensamos». Pero él es de esos que creen que las personas positivas ven flores en el campo mientras que las negativas ven boñigas de vaca.

Se confiesa drogadicto parkinsoniano ya que debe tomar una pastilla cada dos horas y culpa de ello a las políticas de la industria farmacéutica que, a su juicio, no pretende conseguir medicamentos que curen sino que generen adicciones entre los crónicos. «Solo un 1% de los beneficios los dedican a la investigación. Hay que tener en cuenta que en 2050 se habrá triplicado el número de parkinsonianos y si al menos no tuviéramos que tomar tantas pastillas, en algo se habrá mejorado».

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