«Nena, tráeme una caña y sonríe, que estás más guapa»

Asun y su hija Viriane, en una terraza hostelera del centro de Donostia. / UNANUE
Asun y su hija Viriane, en una terraza hostelera del centro de Donostia. / UNANUE

La intimidación disfrazada de piropo se agudiza en profesiones cercanas a clientela masculina |

Ana Vozmediano
ANA VOZMEDIANO SAN SEBASTIÁN.

Cuentan los pasillos del hotel María Cristina de San Sebastiánla historia de una joven becaria de periodismo que fue citada por un distinguido invitado del Festival de Cine Internacional de San Sebastián en su habitación para hacer la entrevista reglamentaria. Ella subió con su compañero fotógrafo hasta una de las mejores estancias del cinco estrellas. El encuentro empezó con piropos y acercamientos por parte del cincuentón y acabó con un riracundo «mira, mona, no tienes ni idea de cine ni de mi obra», ella huyendo con el fotógrafo escaleras abajo, aliviada por la escapada.

¿Cuántas veces se producen este tipo de situaciones en eventos como el Zinemaldia o los congresos?¿En qué situaciones se prodiga el 'oye bonita' en un tono entre paternalista y obsceno? Parece que no hay constancia oficial de que se produzcan estas situaciones.

¿Piropos? ¿Vejación?¿Acoso? Un sector especialmente delicado es la hostelería y aquí sí hay gente que habla sobre el trato que las mujeres reciben de algunos hombres. Asun Carpintero lleva 28 años detrás de una barra, ha conocido la noche, «lo peor», los bares familiares, los restaurantes, las fregaderas... Es una apasionada del sector, «la gente se ríe cuando le digo que si me tocara la lotería pondría un bar y no dejaría de trabajar», y con 17 años decidió que tenía que ayudar en casa, comenzar a trabajar.

Asun era tímida y callada cuando empezó, miraba para abajo si alguien se dirigía a ella, pero entoces no había dado el salto de la cocina al comedor y el contacto con los clientes no era tan directo. «¡Uff!, era una chavalita y me comían viva. Ese 'oye bonita' que suena tan mal tantas veces, también en boca de las mujeres, me dejaba cortada. Entonces conocí al padre de mi hija, de Viriane, que me enseñó a sacar las uñas, a que me respetaran, a que el orden del comedor se tenía que cuidar más allá de los gritos que diera la gente o de que alguien tratara de amilanarme». Asun se separó y se casó con otro chico con el que tuvo a su segundo hijo, a Josu. Después enviudó y se quedó sola con los dos críos.

Pero sigamos la historia. Poco o nada queda de aquella chica tímida y apocada que lleva toda su vida sirviendo barras y mesas. «Con los aitonas soy cariñosa, les intento trasladar alegría y sus piropos, si los hay, son limpios. A las miradas guarras les lanzo otras que les calla. ¡Claro que me ha costado aprender! Pero es que en esta profesión no queda más remedio, porque muchos hombres creen que tienen patente de corso, que pueden decirte lo que les dé la gana».

Dice que los horarios de noche le resultaron insoportables, «hay que aguantar muchas bobadas y esos supuestos piropos», pero también afirma que ha sido en restaurantes donde ha tenido más contratiempos, «más allá de esa típica 'confusión' entre 'mamilla' y 'mamadilla' a la hora de pedir el postre».

Su experiencia le ha demostrado la «idiotez» de cuadrillas de chicos que llegan a cenar y en las que siempre hay un gallito que intenta ligar con la camarera para que el resto de los amigos se ría. «Sientes que te tratan mal, no entiendes qué les hace tanta gracia y es porque todavía hay muchos hombres para los que camarera es lo mismo que puta, que llega a decirte 'sonríe que estás más guapa'». Asun se pregunta por qué la actitud no es la misma en otros establecimientos. «No parece que nadie vaya a la pescadería y diga 'a ver que me das, porque estás muy buena'».

Viriane, su hija, sigue la tradición hostelera de sus padres y tíos. Tiene 23 años y ella no está dispuesta a que le silben para reclamar su atención «porque no soy un perro», ni a que le reclamen buenas caras «porque yo soy el que te paga».

Porque ella es más explícita que su madre, tal vez porque el día de la entrevista acaba de tener un altercado con un hombre que le estaba sacando fotos del culo con un móvil. Le advirtieron sus compañeros de lo que ocurría y ella recurrió a su hermano, que estaba en el bar esperando a que saliera para comer juntos. «Da rabia tener que recurrir a un hombre en estos casos por muchos cursos de autodefensa que hayas dado, como es mi caso. Como me espanta que la palabra puta vaya siempre por delante cuando se enfadan contigo. Bueno... o zorra asquerosa, que también se lleva», dice crudamente.

Viriane tuvo que enfrentarse hace poco a un cliente que entró en el bar en el que trabaja porque se negó a servirle otra bebida después de varias copas. «No estaba en condiciones e intentó pegarme, pero la verdad es que no tuve miedo porque yo controlaba la situación y él no era gran cosa desde el punto de vista físico». Otra cuestión es cuando toca recoger la terraza, una vez cerrado el establecimiento. «Unos se quedan limpiando dentro, otra persona fuera y la verdad es que a veces, veo que van a pasar unos hombres y me pongo en guardia».

Esta joven hizo autodefensa y cursó electricidad industrial. «Cuando elegí esa especialidad, era la única chica de clase, no faltó quien me dijo que lo hacía para poder follar con más tíos». Son sus palabras literales, después de tener que oír más de una vez obscenidades y vejaciones como «se te va a enfriar el coño con esos pantalones tan cortos que llevas», traslada imitando la misma forma soez con la que se lo dijeron. Entre las camareras se ayudan a la hora de servir las mesas. «Alguna vez le he tenido que decir a un tío que no mire de esa forma a mi compañera. A veces porque me da apuro también por la pareja del hombre que está sentada en la mesa junto a él».

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