Ninguna quería que el gran día terminase

Compañeras de Alarde. Las diecinueve cantineras del Alarde tradicional posan junto a los mandos detrás de la ermita de San Marcial./
Compañeras de Alarde. Las diecinueve cantineras del Alarde tradicional posan junto a los mandos detrás de la ermita de San Marcial.
Alarde tradicional

La de ayer fue una jornada larga en horas pero aún más intensa en emociones para las cantineras del Alarde tradicional

I. MORONDO / J. OCHOTECOIRUN.

El día que tanto habían soñado empezó muy, muy temprano: «me he despertado a las 2.00 porque a las 2.30 venían las peluqueras a mi casa», contaba Leire Villimar (Anaka). Juncal Fernández Casadevante (Tamborrada) ya estaba en la peluquería «a las 3.00», donde «han venido a tocarme la Alborada». Un madrugón, sí, pero «súper emocionante». Apenas un poquito más pudo dormir Miren Sánchez (Banda), que tenía cita en la peluquería «a las 4.00, algo más tarde que mis compañeras». En cualquier caso, hora arriba hora abajo, todas estaban en pie mucho antes del alba. Y muchas seguían despiertas con los primeros rayos de sol del 1 de julio, porque ninguna quería que terminara ese día que ha quedado grabado, para siempre, en sus corazones.

«El madrugón ni se nota. Aunque haya un poco de cansancio da igual, porque la gente te lleva. Vas en volandas», aseguraba Leire Villimar. Lo corroboraba su compañera Elda Etxebeste (Bidasoa), que contaba que, en la parada del desfile matutino de la iglesia del Juncal, «me dolían los pies. Y pensaba, 'jo, pues todavía me queda un buen trozo de recorrido...'». Sin embargo, cuando volvió a echar a andar al son de las marchas del Alarde y de los aplausos del público «ya no he notado ningún dolor. El cariño de la gente me llevaba en volandas...».

El de ayer fue, sin duda, un día «increíble desde el primer momento, desde que han venido a buscarme a casa», aseguraba Ainara López (Behobia). «A mí han venido a tocarme la Diana en casa y a partir de ahí, yo ya iba a tope», compartía Uxue Oyarzun (Belaskoenea). Para June Parra (Ama Shantalen), que vive en plena cuesta de San Marcial, «salir de casa ya ha sido increíble. Había tanta gente, pero además con los colores de la fiesta y un ambiente... Ha sido una pasada».

«He hecho la Arrancada con el abanico que usó mi amatxi», contaba Itsaso Aranburu

«Todo está siendo muy intenso, supera cualquier expectativa. Es que es increíble, no se puede explicar», añadía Arantzazu Tellería (Caballería). Para muchas, el cúmulo de emociones se desató con la Arrancada: «no he podido aguantar las lágrimas», confesaba Ana Orozco (Meaka). «Es que la gente te lleva, te aplauden y te llevan. Estoy feliz», resumía, emocionada. Algunas consiguieron refrenarse, como Amaia García (Real Unión). «Me he emocionado en lo alto de la calle San Marcial, pero he pensado que era demasiado pronto y me he controlado». «Yo, desde que he llegado a primera hora a la plaza Urdanibia y he visto a mi abuela», recordaba por su parte Julene Gorrón (Azken Portu), «he tenido los sentimientos a flor de piel todo el rato».

Todo gira en torno a eso, precisamente. Sentimientos que se despiertan al ver a alguien o al pasar por un sitio concreto. Incluso por llevar un objeto concreto. «He hecho la Arrancada con el abanico que usó mi amatxi, que fue cantinera de paseo de Colón y, en 2009, en la Residencia Mendibil». Fue uno de tantos que lució ayer Itsaso Aranburu (Uranzu), «todos especiales: un regalo de mis boyscouts, otro de unos alumnos que llevaba los nombres de todos, otro de mi hermana, de mi tío...». Para abanico especial el que Ana Etxepare (Santiago) reservó para la subida vespertina desde la iglesia. «Hay mucha gente del barrio y he querido llevar uno que a un lado tiene el escudo de Santiago y al otro, una imagen de la calle Santiago».

Son los abanicos la herramienta de las cantineras para saludar a todo el mundo. «Bueno, intentas saludar a todo el mundo, pero es imposible», admitía Izaskun Salgado (Lapice). «No son sólo las aceras repletas. Intentaba mirar también a los balcones porque hay mucha gente ahí aplaudiendo y animando». Por momentos saludó incluso mirando hacia atrás y sin perder el paso. «¡Los ensayos me han venido genial!», decía entre risas. «Lo que te puedo asegurar es que no he practicado en casa yo sola, no le veía sentido. Todo el mundo me decía que fuera natural y es lo que he querido hacer».

Mucho calor y algo de lluvia

En comparación con los chaparrones del año pasado, la lluvia vespertina de ayer no fue casi nada. Las cantineras disfrutaron de un día bastante luminoso. «El tiempo nos está acompañando», comentaba Maitane San Sebastián (Ventas) en la ofrenda del monte. Hasta ese momento, la climatología sólo había pecado de algún momento caluroso por demás. «Es verdad que ha empezado a hacer calor muy pronto, pero no me ha parecido que fuera un problema», afirmaba Amaia Bereciartua (Buenos Amigos) que también comentaba que había pasado el día «como si fuera un photocall. ¡Y encantada, eh! Esto es impresionante».

Impresionante fue, para Cecilia Charro (Artillería), subir al monte a caballo. «Era algo que me apetecía muchísimo. Pero todo el día ha sido una pasada, cómo grita la gente, cómo aplaude en todas las calles por las que pasamos. Desde primera hora he estado con la lagrimilla ahí», reconocía.

«El cariño de la gente me llevaba en volandas», aseguraba Elda Etxebeste

El día más intenso fue también el más largo, pero ninguna quería que terminara. «Arrancada, bajada de la iglesia, rompan filas... Se pasa todo volando. Hay que disfrutar cada paso que das», apuntaba Maialen del Río (San Miguel) y de forma parecida se expresaba Irati Formoso (Olaberria): «que vaya todo un poco más lento. Está pasando súper rápido...». «Que se alargue todo lo posible...», coincidía Arantzazu Tellería. Más de 24 horas dieron para cientos de emociones y momentos que las cantineras atesoraron dentro de sí: «lo he aprovechado al máximo, cada detalle... Saber que esto es único, que es una vez en la vida, lo hace todavía más especial», afirmaba Miren Sánchez.

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