Calor, lluvia y una gran fiesta

Así fue el Alarde tradicional. / Foto: F. de la Hera / Vídeo: TeleDonosti
San Marcial 2018

El Alarde tradicional celebró el día grande de Irun con «honradez, formalidad y alegría». La coincidencia en sábado elevó en cerca de medio millar el número de participantes respecto a otros años hasta alcanzar los 8.227 soldados

IÑIGO MORONDO

El Alarde tradicional comenzó su recorrido a las 7.40 horas de ayer con 8.227 soldados y 19 cantineras. Lo hizo, como procede, a las órdenes del comandante, Asier Etxepare, que con su sable indicó a Jon Agudo, el cornetín de órdenes, que diera los toques de Arrancada. Los hacheros, al paso marcado por su cabo, Juanjo Martínez, abrieron entonces la marcha al son de la música que interpretaba la Tamborrada, la primera unidad que desfila tras la escuadra de zapadores. Centenares de personas, llenando los márgenes de la calle San Marcial, aportaron calor y color al momento, aplaudiendo con fuerza el paso de cada una de las 19 cantineras.

Ése es el rito con el que cada 30 de junio el Alarde tradicional se pone en marcha. En realidad, toda esta jornada en la que Irun celebra la festividad de San Marcial es una sucesión de pequeños ritos que trascienden el desfile propiamente dicho.

Cada 30 de junio, antes de la mencionada hora de Arrancada, ya se han cumplido decenas de tradiciones. Algunas, parte importante del programa, como la Diana de Villarrobledo que la Banda de Música interpreta delante del ayuntamiento, cuyas primeras notas suenan con las campanadas de las seis y que reúne a muchísimos madrugadores irundarras que llenan la plaza de San Juan. O como la Diana de la Tamborrada, ayer, bajo la dirección de Gonzalo Fernández de Casadevante, que suena a continuación. Otras tradiciones son propias de cada compañía; cada una dispone de sus propios rituales y protocolos para reunirse, para incorporar a la cantinera, para acudir a la concentración de tropas de la plaza Urdanibia... Por último, están las puramente particulares: desayunos en familia tras las dianas o almuerzos en cuadrilla antes de acudir a formar con la compañía a base de huevos, txistorra y cerveza. ¿Eso a las siete de la mañana? El de San Marcial es un día diferente en todos los sentidos.

Muy buenas descargas

En esa sucesión de ritos es donde se desencadenan los sentimientos y la pasión por esta fiesta; no para todos en la misma parte ni por las mismas razones ni con igual intensidad.

Todos los pasos se van dando, todos los rituales se van cumpliendo. Ayer, ese proceso estuvo muy marcado desde primera hora por un sol brillante y unas temperaturas que para las ocho y media de la mañana ya hacían pasar calor, especialmente a las cantineras, vestidas con pololos bajo la gruesa falda y una guerrera de terciopelo negro. «No importa el sol, ni el calor, ni si acaba lloviendo o no», decía a esa temprana hora de forma premonitoria Uxue Oyarzun, cantinera de Belaskoenea.

Estaba en la plaza de San Juan, donde el general, Paco Carrillo, acudió para coger el mando que hasta ese momento había ostentado el comandante. Entró sin excesos, en un galope suave, y ordenó al cornetín que llamara a capitanes. Al toque de corneta, se acercaron los máximos responsables de cada una de las 20 unidades y compañías a los que Carrillo dio una orden clara. «Honradez, formalidad y alegría para hacer el Alarde que el pueblo de Irun quiere y se merece».

La bandera de la ciudad se incorporó al Alarde a través de la compañía Bidasoa y en manos del teniente Jesús Iriarte. En ese momento, por primera vez en el día, sonó el Himno de San Marcial. Esta parte del rito continuó con las preceptivas tres descargas de fusilería, que ayer rozaron la perfección: potentes y sin tiros retardados. Esto no siempre se cumple.

Con los hacheros abriendo camino, el Alarde se dirigió a la plazoleta de la parroquia del Juncal, donde se incorporó el pendón del santo y se repitieron tres buenas salvas de escopetas, menos contundentes que las anteriores, eso sí. La razón es que muchos de los soldados cumplían en ese momento con sus propias tradiciones, ya fuera en bares, en coches cercanos cargados de comida y bebida o en garajes o casas de la zona. Esto forma parte de esos otros ritos de los que está plagado también el 30 de junio irunés.

Un final lluvioso

El caso es que toda vez que se habían incorporado los símbolos del cabildo eclesiástico y el cabildo secular, el Alarde estaba en disposición de cumplir con la que, en un sentido estricto, es la parte fundamental del día. El desfile reemprendió la marcha para dirigirse de nuevo hacia el punto de partida y romper filas muy cerca de la plaza Urdanibia, en la calle que marca la dirección al monte de San Marcial. Allí, a mediodía, se realizó el voto prometido en 1522, ofrecido por la ciudad al santo por la ayuda que se entiende prestó para derrotar una alianza de tropas invasoras labortanas y alemanas.

La renovación del voto

Ya estaba cumplido lo que había que cumplir, pero quedaban ritos por completar. El Alarde debía aún devolver las cosas a su lugar. Para eso sirve el desfile vespertino, que repite en sentido inverso las paradas de la mañana para dejar el pendón en la iglesia y la bandera de la ciudad en el ayuntamiento.

Buena parte de ese recorrido se completó ayer bajo la lluvia, por momentos más suave, por momentos muy intensa. No fue, desde luego, una situación deseada, pero casi cabe dar gracias porque durante la mitad del día se hubiera firmado tregua y hubiera brillado el sol. También porque el cierre del desfile y las horas posteriores se disfrutaran en seco.

En cualquier caso, ni siquiera los chaparrones más potentes, que fueron, además, escasos y cortos, aguaron el fin de fiesta del Alarde tradicional, esa bajada por la calle Mayor de la ciudad hacia el ayuntamiento. Se trata de un momento especial porque supone el último tramo de desfile, pero, sobre todo, por las personas que atestan las aceras y la convierten en túnel de aplausos y gritos de ánimo que ayer, de nuevo, disparó hasta las lágrimas las emociones de las cantineras.

Arriba, la bajada a la iglesia, uno de los momentos más intensos. A la izquierda, los txilibitos, que ponen música a cada compañía del Alarde. A la derecha, Arantzazu Telleria, la cantinera de Caballería. / F. DE LA HERA

Una jornada muy especial, sobre todo para las cantineras

«Me lo estoy pasando súper bien. Todo se me hace raro, todo es nuevo y por momentos casi no sé si por dónde voy, pero me parece súper divertido». Son palabras de la cantinera de Uranzu, Itsaso Aranburu, tras el recorrido matinal. El día 30 tiene un gran significado para los irundarras, pero si para alguien es realmente especial, es para las cantineras de cada año. Para ellas todo el mes de junio está lleno de emociones, pero es en el día de ayer cuando el camino que han recorrido (ensayos, presentación, revista...) cobra todo su sentido.

«Te imaginas un montón de cosas porque llevas toda la vida viendo el Alarde, pero lo que vives lo supera todo», aseguraba Izaskun Salgado (Lapice). Contaba también una anécdota que refleja algo que también es parte de esta fiesta. «El primer día de ensayo vino una niña con un dibujo enorme para mí. Me emocionó que me lo regalara, que me hubiera dedicado tanto tiempo y esfuerzo sin conocerme de nada. Hoy me he encontrado con ella en una de las paradas y nos hemos podido hacer una foto juntas. No sé si le ha hecho más ilusión a ella o a mí».

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