El soldador que cruzó el Sáhara

Ousman Umar. /Pablo Cobos
Ousman Umar. / Pablo Cobos

Ousman Umar salió de Ghana con trece años y tardó cuatro en llegar a Europa, en un viaje en el que vio morir a 40 compañeros

Daniel Roldán
DANIEL ROLDÁNMadrid

La documentación de Ousman Umar dice que tiene 31 años. Pero puede tener 29 o 30. Lo desconoce. Sabe que nació un martes en la región ghanesa de Brong-Ahafo y que el pequeño corte que tiene en la mejilla derecha lo identifica como wala. Su madre murió en el parto. Fue un niño feliz que comenzó a trabajar con apenas nueve años en un taller. «Era muy buen soldador», explica Ousman. «Desde el punto de vista occidental, ver a un niño sin zapatos o ponerse tres o cuatro pantalones para tapar agujeros no es normal. Pero en mi pueblo lo era y no me sentía más pobre», explica.

El trabajo no le faltó en Techiman, Kumasi o Tema, ciudades de Ghana donde trabajó antes de lanzarse a la aventura de llegar a Europa. Soñaba con «ser blanco», hacer cosas de blancos como viajar en avión. Tenía trece años. Inicios del siglo XXI. En un camión atravesó su país y acabó en Niamey, la capital de Níger. Desde allí llegó a Agadez. «Es la puerta del camino al infierno», recuerda Ousman. Es la entrada al Sáhara, señala el joven, que ha plasmado su peripecia de cuatro años desde que salió de su país hasta que llegó a Barcelona en 'Viaje al país de los blancos' (Plaza Janés). «Había dado charlas sobre la superación personal, pero escribir el libro fue otra cosa», incide con emoción.

Se le quiebra un poco la voz. La parte fácil del viaje del pequeño soldador -solo trece años- ha terminado. Comienza una travesía de tres semanas por el desierto «con tan solo cinco litros de agua». «Conseguir mear y beberlo era un auténtico éxito», recuerda con los ojos brillantes. En Níger eran 46; a la frontera libia, ni siquiera al mar, llegaron seis. «Ver a los compañeros caer para morir no es fácil. Tener la fuerza de seguir, sin contar los cadáveres que nos encontramos, no es nada fácil», repite Umar. «Es mi historia pero a la vez es la historia de miles de personas. La tragedia de este viaje pertenece al continente africano», recalca.

Del sur de Libia se dirigió hacia Trípoli y después al este, hacia la frontera egipcia para trabajar. «Conseguí 1.800 dólares (casi 1.600 euros) en tres años», añade Umar. Es el peaje que tiene que pagar a las mafias para poder llegar a Argelia. Allí recibe el primer revés. «Nos detiene la policía y nos manda a la frontera con Malí. Pero en el viaje tengo que cambiar diez veces de nombre», explica. ¿Por qué? «Porque en 2004 Sarkozy daba una recompensa económica por cada inmigrante interceptado. Tuve que fichar desde aquí (señala el norte de Argelia en un mapa) hasta Malí diez veces con nombres distintos para cobrar diez veces», explica.

«Pero en vez de enviarnos con aviones a nuestros países como habían pactado con la Unión Europea, te dejan junto a la frontera, en tierra de nadie. Y allí viene la mafia, que casualmente, sabe dónde estamos, para volverte a subir al norte y cobrarte otra vez», incide Umar que tiene claro que el principal problema es la «corrupción». «¿A quién vas a denunciar? ¿A la policía?», se pregunta con ironía.

Desde allí atravesó Marruecos hasta Mauritania; después en cayuco a Fuerteventura y al CIE de Málaga. Sabía que se podía quedar, era menor. Le preguntaron dónde quería ir y dijo Barcelona: la primera vez que vio la televisión, emitían un partido del Barça. Allí fue acogido por una familia, aprendió inglés, catalán y español. Estudió, trabajó en una tienda de bicicletas, se graduó en Relaciones Públicas y tiene una ONG: Nasco Feeding Minds, que proporciona alfabetización digital a 11.000 niños de Ghana de 19 escuelas.