El Juli, protagonista con tres orejas

Negros fueron los dos de El Juli. Julián López prepara, con su derecha y su conocimiento del toro, el camino hacia la Puerta Grande. / Usoz

Un generoso botín premia dos faenas distintas del matador madrileño, imperativa la de un excelente quinto de la seria corrida de Garcigrande

BARQUERITO

Al público brindó El Juli los dos garcigrandes de Garcigrande que le deparó un sorteo de solo cuatro toros. El primer brindis, marcado al cielo, compartido con algún difunto. Ajeno a los azares del sorteo, Pablo Hermoso solo tuvo que decidir qué toro se echaba por delante de los dos despuntados de El Capea. Los toros de rejones cuentan cuando se juegan de seis en seis. No tanto en la fórmula hibrida del dos por cuatro. Dos para torear a caballo y cuatro para todo lo demás.

Los dos de El Capea fueron pura contradicción. El primero galopó de salida, que no es habitual en el encaste Murube-Urquijo. Se fijó y enceló antes incluso de recibir castigo, pero, después de dos farpas, remoloneó paradito. Los banderilleros de Hermoso se emplearon a fondo. Ni así. Para cobrar el rejón de muerte Pablo tuvo que cercar y rodear. El rejón, trasero y perpendicular, provocó un aparatoso vómito.

El cuarto en juego, exageradamente desmochado, salió muy abanto, que es lo propio, pero, una vez fijado, rompió con excelente son y templado celo. Hermoso no se prodigó con el uno, pero sí con el otro. En banderillas, clavadas certeras, galopes medidos y caracoleos. Entradas por dentro y un servirse de su cuadra solo para torear: entrar, dejar llegar mucho al toro, cuadrar o cuartear y salir de suertes. Con el primero se había lucido en ligeros aires de doma.

En el segundo turno, o cuarto de corrida, los banderilleros se emplearon a fondo en cada uno de los cambios de montura. Las transiciones, como todas las de la corrida, gratuitas las que mediaron entre toro y toro, fueron llamativamente lentas. Los capotazos del peonaje suplieron una carencia: el toro había recibido poco castigo de salida y se había venido arriba. Tanto que no dejó a Hermoso pasar para clavar el rejón de muerte. Cuatro pinchazos antes de enterrar una entera de muerte lenta. No solo no contaron los dos toros de rejones -ni una palma en el arrastre para el excelente cuarto- sino que Hermoso pareció cansado y mecánico. Su salida de escena pasó desapercibida. No el color coral de una casaca barroca de seda portuguesa.

Fue después de cada una de las apariciones de Hermoso cuando tomó la palabra El Juli. Y después de El Juli, Pablo Aguado, que debutaba en San Sebastián. Su nombre estaba en boca de una sensible minoría. Los testigos de sus triunfos de mayo en Sevilla y Madrid. En versión demoledora y casi arrolladora, El Juli se encargó de relegar a Pablo Aguado a segundo plano.

Solo en el quinto toro, que fue el mejor de la corrida, se animó Aguado a salir en su turno al quite. Cuatro verónicas bien tiradas y traídas por delante, y media clasicista. El Juli, que se estiró de salida en sus dos toros con lances cortos de más ajuste que vuelo, prefirió no replicar al quite tan sencillo de Aguado. Sería porque el toro, que se dolió en varas y hasta se escupió de la segunda, pareció entones de los de poco durar.

Solo lo pareció, pues fue como si Julián, con un as en la manga, y conocedor a fondo de la ganadería de Garcigrande, supiera de antemano lo que nadie sabía: que el toro iba a ser de mucho darse, venirse pronto y repetir con toda la alegría que cabe dentro de un toro de casi 600 kilos. Y una nobleza nada común. El segundo brindis fue prueba de su seguridad, su olfato, su oficio y su talento. Y sus muchísimas tablas.

Aunque pareciera improvisada, la faena no lo fue, sino todo lo contrario: algún marcial paseo para dar aire al toro una vez que lo tuvo en la mano y un alarde de técnica en los toques y las soluciones, muy abundantes porque la faena fue maratoniana. Tal vez jugara El Juli con la posibilidad de provocar el indulto. El final, con circulares cambiados, muletazos frontales y un par de trenzas, y un desplante casi provocador, tuvo teatralidad. La estocada, ligeramente desprendida, fue letal. Dos orejas. Botín sustancioso. Del primero de los garcigrandes, que se abrió mucho y flojeó sobre una pista pesada por exceso de arena, ya se había llevado Julián una oreja de solo discreto valor.

No es la primera vez que Pablo Aguado se echa por delante el toro feo y se deja para el postre el más goloso de los dos en el escaparate. El tercero de la tarde, del hierro de Domingo Hernández, tuvo más plaza y cuajo que ningún otro. Amplísimo galán, derribó en el primer puyazo y se enceló fiero con el caballo caído. Es probable que la pelea, y un segundo puyazo de mucho sangrar, dejara secuelas porque, a pesar de haberse encampanado en los medios después de picado, resultó codicioso y hasta pegajoso y picante. Llegó a abrirse de manos y despatarrarse a mitad de faena. Se acostó por la mano derecha. No lo llevó metido en el engaño Aguado, que solo a última hora firmó con la diestra una tanda de caro primor. Largo el trajín: le dieron al pasodoble dos vueltas.

Y casi igual de largo el trasteo con un sexto de excelentes hechuras -castaño lombardo, armónicas armadura- que derribó en el caballo y empujó de bravo en las dos varas. Sacó el caballo hasta casi los medios. Y eso que pagó con sangre. Y con ella, un desganado empleo, rebrincado, la cara entre las manos, claudicaciones en el arenal. Aguado firmó detalles buenos. Lo largo del metraje los difuminó.

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