invocación a la convivencia

El Rey pronuncia el tradicional mensaje de Navidad./EFE
El Rey pronuncia el tradicional mensaje de Navidad. / EFE
ANTONIO PAPELLMadrid

El discurso de Nochebuena del Rey ha prescindido por completo de los elementos retóricos que en el pasado enfundaban la intervención del jefe de Estado en un ámbito conocido de rutina y reiteración. Como va ya siendo habitual en las intervenciones regias que realiza Felipe VI, el monarca va al grano, a pesar de los condicionantes que le impone su neutralidad política, lo que le obliga a mantenerse en un terreno más abstracto que el que sin duda inspira sus intervenciones.

En esta ocasión, don Felipe ha sido monotemático y, sin mencionar expresamente a Cataluña ni el gran conflicto abierto —no ha querido añadir tensión alguna a una situación ya bastante crispada—, se ha limitado a manifestar su honda preocupación por el deterioro de nuestra convivencia —en línea con lo ya expresado en su discurso del día 7, en conmemoración del aniversario constitucional—, por la pérdida de los grandes valores fundacionales en las generaciones que lograron asentar el modelo de que disfrutamos, y por la ausencia de la necesaria pedagogía para explicar a los más jóvenes la proeza realizada y reclamarles que preserven los valores que preponderaron hace cuarenta años, cuando hubo que edificar un nuevo régimen sobre las cenizas de la dictadura. En aquel entonces, «los ideales que animaron y unieron a los españoles durante la transición política y que han sido el fundamento, la base de nuestra libertad y de nuestro progreso de esos últimos 40 años» fueron «la reconciliación y la concordia; el diálogo y el entendimiento; la integración y la solidaridad».

En el arranque del nuevo régimen, el objetivo era «muy claro: la democracia y la libertad en España; definir unas reglas comunes que garantizaran nuestra convivencia. Y lo lograron». Es preciso por tanto que «esos principios no se pierdan ni se olviden, para que las reglas que son de todos sean respetadas por todos».

El mensaje es inteligible para quienes fueron protagonistas o testigos de la transición, pero debe explicarse a los jóvenes para que puedan entender «por qué y cómo España ha conseguido el cambio más radical de su historia; por qué y como ha avanzado y prosperado tanto nuestra sociedad desde entonces». El Rey ha querido detenerse —ha sido el único circunloquio del mensaje central— en esa pletórica juventud para reconocerle que tiene talento, cree en la paz, está abierta al mundo porque es y se siente europea, es solidaria, está comprometida con causas sociales, con la lucha contra el cambio climático y la defensa del medio ambiente…, y a pesar de ello tiene problemas. Sobre todo los derivados de una formación insuficiente, indispensable para encontrar el encaje adecuado en la vida. La mención a esta deuda de la sociedad para con la juventud es muy pertinente en esta hora, en que resulta tan hiriente la dificultad de las generaciones jóvenes para integrarse en esta sociedad posterior a la gran crisis.

Tras este rodeo, el monarca ha regresado a su mensaje central, para explicar que la convivencia se basa en la consideración y el respeto a las personas, a las ideas y a los derechos de los demás; que requiere que cuidemos y reforcemos los profundos vínculos que nos unen; que es incompatible con el rencor y el resentimiento, porque estas actitudes forman parte de nuestra peor historia; que, en fin, «exige el respeto a nuestra Constitución; que no es una realidad inerte, sino una realidad viva que ampara, protege y tutela nuestros derechos y libertades».

El monarca piensa que la convivencia —«que siempre es frágil, no lo olvidemos»— es «el mayor patrimonio que tenemos los españoles». Y por ello, «debemos evitar que se deteriore o se erosione; debemos defenderla, cuidarla, protegerla; y hacerlo con responsabilidad y convicción». En definitiva, debemos ser conscientes de la nueva realidad que nos impone el siglo XXI y ser capaces de alcanzar consensos cívicos y sociales que aseguren el gran proyecto de modernización de España».

En el fondo, el Rey ha interpretado cabalmente su papel, que es el de referente del gran contrato social que todos firmamos originalmente basándonos en una serie de valores positivos y permanentes y que algunos han vulnerado con hiriente frivolidad hasta meternos a todos en un atolladero cargado de riesgos. Con toda probabilidad, el monarca cosechará criticas por esta lección magistral de democracia pero es difícil que alguno encuentre verdaderos argumentos para censurar que quien encarna la centralidad de esta convivencia proclame a los cuatro vientos que este modelo democrático que emula a los grandes sistemas occidentales es lo mejor que tenemos y carece de opción alternativa.

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