RESTAURANTES

Un tasco que no cabe en el mapa

En la calle Toribio Etxeberria de Eibar se sigue fraguando la leyenda del Casino./FOTOS MORQUECHO
En la calle Toribio Etxeberria de Eibar se sigue fraguando la leyenda del Casino. / FOTOS MORQUECHO

Institución con solera creada en 1912 en Eibar para el disfrute de la ciudadanía

DAVID DE JORGE

En todas las localidades con solera existe un Casino que refleja aquel tiempo de 'autos locos', en el que los lugareños con posibilidades y abundante parné se dejaban ver en sana competición, los hermanos Macana, Piedro y Roco, los Tenebrosos, el Científico Loco, el Barón Hans Fritz, Penélope Glamour o Pierre Nodoyuna y Patán, ¡terribles villanos de pacotilla!, cruzaban meta a bordo de increíbles coches a reacción, ¡menudo disparate! Cuando aterricen en la ilustrísima villa armera, no pregunten por la Dolores, que andará por Calatayud, pero sí por el Casino Artista Eibarrés para que todas las voces les guíen hasta esta distinguida institución creada en 1912 por un grupo de amigos con la sana intención de edificar un lugar que sirviera de encuentro, ¡eso sí!, para lograr fines solidarios, de recreo y sólida e inquebrantable camaradería.

Así que aunque ahora mismo piensen en una pandilla sentada entre mesas de ruleta y chandríos del 'rien ne va plus' meneando con monóculo y en círculos una copa balón, más cierto es que este grupo de artistas se liaron la manta a la cabeza como alternativa a las sociedades políticas de entonces, asunto de vital importancia pues aún hoy recogen en sus estatutos su 'no posicionamiento político ni religioso', asunto que llevan al dedillo para mantener la armonía entre socios, pues discuten de fútbol o pelota, de las témporas o de si son mejores nécoras las asturianas o gallegas, dejando politiqueo y catecismo para las merendolas de Ana Pastor, Ferreras, Ana Rosa Quintana, Griso y Jesús Cintora, los nuevos gurús 'revienta audiencias' de una televisión en la que antes reinaban Josemaría Iñigo, Félix Rodríguez de la Fuente, Espinete, José Luís Balbín o Gabi, Fofó, Miliki y Fofito, ¡vaya pesadilla!

En sus viejas actas se recogen datos interesantísimos de su actividad altruista y recaudatoria con objeto de ayudar a los heridos de guerra, colaborando con las fiestas de la ciudad o ayudando a la banda de música municipal a realizar sus concurridos conciertos. Crearon una completa biblioteca que en 1914 llegó a contar con más de doscientos volúmenes, con un valor estimado en la época de dos mil pesetas, una barbaridad teniendo en cuenta que la santa trilogía del café, copa y puro alcanzaba el irrisorio importe de veinticinco céntimos de 'vellón'. En aquellos tiempos sin transistor, ni televisor ni las mandangas de la conectividad que tanto entretienen y aturden, el local reunía a empresarios y a todo tipo de obreros alrededor de la charla distendida o encendida, el piano, las partidas de naipes y el aristocrático billar, siendo lugar abierto a individuos capaces de comportarse en el respeto a las ideas, aunque no se compartieran.

Han pasado algunos años, cayeron las hojas de los árboles y los hijos de los fundadores adquirieron un local en Toribio Etxeberria en el que continuaron fraguando la leyenda del Casino con actividades de gran aceptación como el bingo, pero los problemas con el vecindario terminaron con los inconvenientes de la línea mal cantada por la culpa de tres, cuatro o cinco anises a palo seco. Hoy, la institución cuenta con más de cuatrocientos socios locales y repartidos por toda la geografía, Málaga, San Sebastián o Rioja, pues aunque algunos no vengan ni a cobrar, el sentimiento del Casino aún perdura en muchas familias que lo vivieron a todo trapo en tiempos pasados. Por eso fue un alegrón la llegada de Koldo y Carlos, haciéndose cargo del establecimiento para adaptarlo a las exigencias de los nuevos tiempos, mucho más dispersos y centrados en el café descafeinado, el pincho, la lectura de los diarios, alguna que otra partida de tute, el pequeño restorán y el cuidado del local, para que no se lastime y continúe al menos con el cuidado del cubierto y la atención a ese cliente que se acerca a comer de jueves a domingo las especialidades simples y suculentas elaboradas bien de mañana en una cocina diminuta, que ofrece esos platillos que apetecen a todo pichichi, embutido y chacina, pimientos verdes fritos, champis, croquetas, morcilla o lacón.

Nunca nadie vendió tanto 'jamónjabugo' como el antiguo Mesón del Jamón irunés, ni tanto champagne como en aquella calle Fuenterrabía con automóviles aparcados en doble y triple fila, aunque a puros habanos 'Montecristo' y brandy 'Carlos I' nadie superó las plusmarcas mundiales del Casino Artista Eibarrés, cuyos camareros cobraban hasta mil pesetas de la época por cada hora extra que empleaban en el servicio de algunas mesas en las que se prolongaban más de la cuenta las partidas de póker a puerta cerrada. Había mucho alpiste, mucho trabajo, mucho taller, y uno o el único lugar de asueto fue siempre este Casino en el que hoy reina el revuelto de bacalao, la ensalada mixta, la sopa de pescado, la merluza plancha, los chipis tinta, el bacalao a la vizcaína, la chuleta de ternera gallega, el confit de pato, el escalope, los huevos fritos y una carta de vinos chiquita pero matona con etiquetas que muestran la inquietud de la propiedad por dar de beber 'ribeiros', 'somontanos', 'riojas', 'bierzos' y 'toros' distintos y apañados a esos feligreses que rematan sus jamadas con panchineta, flan, chuchos, queso, mucho membrillo y helado mantecado.