Cinco años sin Txantxillo

Santiago Hernández se convirtió en el más popular personaje de la vida donostiarra, recorriendo las calles mientras pedía «una pesetita, por favor»

ELENA VIÑAS| SAN SEBASTIÁN.
Txantxillo paseando con sus enseres por las calles de Gros. /MICHELENA/
Txantxillo paseando con sus enseres por las calles de Gros. /MICHELENA

DV. Su imagen permanece grabada en la memoria de los donostiarras que durante décadas le vieron deambular por las calles de la capital guipuzcoana acarreando bolsas y carros de la compra, con quién sabe qué extrañas pertenencias en su interior; su xilófono, compañero inseparable de viaje; y, en tiempos más recientes, un órgano eléctrico con el que interpretaba, sin miedo ni pudor, La Internacional, La marcha de San Ignacio y cualquier otra melodía aprendida de oído. Bajo la boina negra que acostumbraba a calarse hasta las orejas, unos viejos pantalones y el abrigo raído, sujeto con ayuda de un cinturón, se escondía Santiago Hernández Redondo, Txantxillo.

La figura menuda y entrañable desapareció hace cinco años del paisaje de la ciudad. En apariencia incombustible, su existencia se apagó en septiembre de 2003. Tras ella, no hubo homenajes ni tampoco calles bautizadas con su nombre. Su muerte dio lugar a un recuerdo callado, como lo fue su vida, que se resiste a borrarse de la mente de los habitantes de San Sebastián. Así se fue uno de sus más populares personajes. Aquel que gustaba de recorrer la Parte Vieja pidiendo «una pesetita, por favor» a cuantos deleitaba con su faceta de músico callejero.

Nacido en el seno de una humilde familia procedente de los pueblos salmantinos de Valero y San Esteban de la Sierra, Santiago Hernández aprendió el oficio de sus padres. Primero, el de vendedor de arena de las rocas de Ulía, que las mujeres de Gros empleaban para lavar la ropa en el lavadero del barrio. Más tarde, el de vocero de prensa en las inmediaciones del cine Trueba.

En aquel entonces ya era conocido por su apodo. Se lo debía a su abuela. Cuando era apenas un niño y vivía en Sagüés, ésta solía llamarle desde la ventana para que dejara de jugar y subiera a comer. «¡Chiquillo, sube ya!», le decía. Y el «chiquillo», a fuerza de repetirse, pasó a ser Txantxillo, nombre con el que le reconocerían quienes le vieron ir de aquí para allá, tirando de trastos y viejos enseres sin valor aparente, aunque, sin duda, cargados de significado para su poseedor.

Durante años buscó la animación de las fiestas. La Semana Grande, los Caldereros y sus favoritas, los Carnavales. Acompañado de su amigo Fernando, fiel cómplice de aventuras, salía a la calle disfrazado de mariachi, de salsero y hasta de niño. Su vis cómica no pasó inadvertida para los responsables municipales que en 1993 le convirtieron en protagonista del cartel anunciador de estos festejos. Lo representaron con su habitual atuendo y cargado de bolsas llenas de dinero. Se hacían de este modo eco de esa leyenda urbana que algún malintencionado hizo circular entre la ciudadanía de que Txantxillo tenía infinidad de riquezas. Pese a los rumores, nunca nadó en la abundancia. Vivió siempre en Gros, en la casa que sus padres le dejaron al morir en la calle General Artetxe, un quinto sin ascensor que durante más de treinta años tuvo que subir a pie tirando, de mil y un bultos. Sólo abandonó el inmueble en sus últimos días de vida, cuando problemas de salud le obligaron a ingresar en el centro gerontológico de la Cruz Roja. Fue en esta residencia donde celebró su último cumpleaños. DV estuvo con él cuando apagó las 76 velas de una tarta de chocolate que ni siquiera pudo probar. Pesaba 28 kilos y su vida se agotaba. Echaba de menos sus salidas sin rumbo por San Sebastián y tocar su xilófono. «El primero me lo dio Orbegozo, en la calle Usandizaga, cuando era pequeño», recordaba.

Ésta y otras de sus pertenencias le aguardaban en casa, la misma a la que esperaba volver tras el estreno de un ascensor que casi no pudo a utilizar. Pero el regreso nunca se produjo. Los donostiarras se despertaron un domingo con la noticia de la muerte de Txantxillo escrita en las páginas de este periódico. Su partida dejó un vacío en la ciudad. Ya nadie volverá a pedir una moneda como él lo hacía ni a hacer sonar el xilófono en la Parte Vieja. Tal vez cuando paseemos por sus calles nos parezca oír el familiar tintineo de metal. Será una jugarreta de nuestra mente que se resiste a que Txantxillo caiga presa del olvido.

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