Picachilla, una leyenda negra para los naufragios

Picachilla se adivina desde las faldas del monte Ulia a una milla de la costa, donde rompe la espuma del mar. / LUIS MICHELENA
Picachilla se adivina desde las faldas del monte Ulia a una milla de la costa, donde rompe la espuma del mar. / LUIS MICHELENA

La roca sumergida en el mar ante Ulia ha provocado a lo largo de la historia multitud de accidentes. El último, el del pesquero 'Berriz Patxiku'

ELENA VIÑAS PASAIA.

El pesquero 'Berriz Patxiku', que la madrugada del lunes a punto estuvo de hundirse mientras faenaba ante los acantilados de Ulia, es el último de una interminable lista de barcos que a lo largo de los siglos se han accidentado en Picachilla, una roca situada en las proximidades de Mompás a la que los hombres de mar le tienen siempre respeto. No es de extrañar. Aseguran que es «traicionera» y especialmente peligrosa para los buques de mucho calado.

Resulta casi imposible verla a ras del agua, pero se adivina por la espuma de las olas que rompen en medio del mar, a poca distancia de tierra. «Con la bajamar y si hay algo de mar de fondo, puedes acabar sobre ella», afirma Xabier Agote, presidente de la asociación Albaola, quien alerta de este punto negro, el equivalente vasco de la Costa da Morte. «Hay que estar atento para no pegar con ella, la única existente en nuestro litoral más cercano, no como en Bretaña, donde hay montones de 'Picachillas' y eso obliga a ser prudente», señala.

Xabier Anatol, un arrantzale pasaitarra ya jubilado, conoce como nadie esa zona maldita para cuantos viven de la mar, no en vano ha visto a lo largo de su vida multitud de barcos accidentados en dicho punto. En algunos de ellos incluso llegó a intervenir para ayudar a recuperar los buques embarrancados, coincidiendo con el tiempo en que trabajó para una empresa de remolcadores marítimos. «Es bastante peligroso», asegura, refiriéndose al gran brazo de roca situado en las inmediaciones de Mompás y la cala Murguita.

«Lo cierto es que en ese sitio se han perdido bastantes barcos y otros muchos han tocado el fondo, porque se trata de una roca muy pronunciada que, con las bajamares y si hay un poco de ola, queda casi al aire, pero el resto del tiempo no se ve. En días de niebla, ahí también se han perdido embarcaciones que, de camino a Pasaia, viniendo de San Sebastián, han solido pegar en ella. Es lo que le pasó hace muy pocos años a un barco que acabó embarrancando en la playa de La Zurriola», explica.

La lista de nombres de naves que han sufrido accidentes en Picachilla es interminable. Anatol hace memoria de uno de los casos que más le impactó, el protagonizado por el pesquero 'Luis Adaro'. Aún recuerda cómo este pegó en la roca y fue a embarrancar a la entrada de la bancha oeste del puerto de Pasaia, en Senekozulua. «Ocurrió a principios de los años cincuenta y fue muy conocido, ya que el salvamento resultó bastante difícil. Hubo que poner cables a tierra», cuenta.

Otros hundimientos son recordados con cierto halo de leyenda, como aquellos dos o tres barcos de guerra que se malograron, lo mismo que un submarino alemán que «pegó ahí». «También recuerdo un barco con un cargamento de carbón de Gijón -comenta-. Tuvimos que ir a sacarlo a bordo del 'Ondartxo'. Si tienes la suerte de que no se encuentra profundamente embarrancado, solo tienes que pegar el tirón aprovechando un poco la marea. Eso sí, con mucho cuidado. Luego hay que llevarlo directo al dique».

A su memoria vuelven las imágenes algo más recientes de los tres veleros que corrieron la misma suerte que el 'Berriz Patxiku'y hubieron de ser rescatados. «Todo el mundo escapa de la Picachilla. Es un bajo que todos los patrones de pesca de cerco conocen muy bien», afirma.

Pero si este punto de las faldas del monte Ulia es tan peligroso, ¿por qué los barcos continúan frecuentándolo? «Porque es una zona buena para los barcos de bajura. Todo el pescado come en las rocas, como la lubina y otras especies. Si los barcos quieren comer, tienen que arriesgar. Además, entre 1945 y 1950 este era también un sitio de contrabando enorme», señala el arrantzale retirado.

Un pecio de hace siglos

Picachilla es como «un cuchillo que permanece escondido bajo el agua», una roca «muy larga y muy fina, cuyas paredes caen directamente hasta los treinta metros de profundidad». Así la define el arqueólogo marino Manu Izaguirre, quien ha buceado en sus fondos para estudiar los secretos que encierra.

Según explica, «quedan algunas piezas muy deterioradas de un barco de vapor alemán perteneciente a la Segunda Guerra Mundial, como su caldera. También hay restos de otros, como un ancla del almiraztango, que puede ser del siglo XVIII, y de dos pesqueros malogrados en los últimos diez años que estaban enteros, pero que ya han ido desapareciendo a consecuencia del efecto del mar».

El auténtico tesoro que esconde Pichachilla es un barco de madera de unos dieciséis metros de eslora que dataría del siglo XVII o del XVII. «Es difícil saberlo con exactitud. Salió hace unos ocho años de la arena que está en la base del cuchillo y que sube y baja con las corrientes», indica Izaguirre, refiriéndose al pecio de un mercante que llevaba en sus bodegas un cargamento lleno de flejes de hierro de ferrería para barricas. Esa mercancía le lleva a suponer que podía tratarse de una embarcación procedente de Orio, «donde había una concentración importante de ferrerías y cuyo puerto estaba muy vinculado al comercio de hierro».

Bajo la carga asoman en la actualidad las cuadernas, el equivalente a las costillas del esqueleto de la nave, «que cada vez están más erosionadas». Las corrientes submarinas amenazan con hacer desaparecer el barco, lo mismo que el 'teredo navalis', un molusco alargado y con forma de gusano que se alimenta de la madera.

Izaguirre y sus compañeros trabajan a contrarreloj para «sacar el mayor número de datos». No es tarea fácil. Han de desplazarse desde el puerto de Pasaia a Picachilla en una zodiac, que fondean en la cresta de la roca. «Solo podemos hacer inmersiones de veinte minutos de duración, un tiempo extremadamente corto», lamenta.

Quizá la arena tenga reservadas nuevas sorpresas y en el futuro revele la existencia de otros buques que desaparecieron en esta suerte de Triángulo de las Bermudas que se alimenta de leyendas negras y naufragios condenados a repetirse.

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