Votar lo que te recomienda un algoritmo y enamorarse de un robot

Votar lo que te recomienda un algoritmo y enamorarse de un robot

Algoritmos, robots y la lucha contra la protección de datos centran la actualidad de los últimos días en el ámbito de la 'vida cyborg', nuestro yo digital

JESÚS FALCÓN

Robots y algoritmos están cobrando cada vez mayor protagonismo en nuestra sociedad. Unos están presentes ya en la industria y en los hogares mientras otros influyen tanto como para ayudar a convertir a una persona en presidente de Estados Unidos. Martin Hilbert explicaba esta semana en una interesantísima entrevista en 'The clinic' cómo se las gastan los algoritmos y quienes los definen. Además de las inquietantes consecuencias que puede tener el estudio masivo de nuestros datos para la democracia, Hilbert cuenta cómo estos "conjuntos de instrucciones programadas" se adentran en nuestra personalidad solo con escucharnos o leernos, algo muy útil para empresas de todo tipo.

Programación y big data conforman una mezcla tan preciada y explosiva como la dinamita, útil para darnos servicios y peligrosa por los riesgos que presenta para nuestra privacidad. La utilidad la nota a la primera cualquiera, sin necesidad de poseer grandes destrezas tecnológicas, pero los riesgos no son tan evidentes. ¿Qué pasará el día en el que nuestros datos puedan predecir nuestras acciones futuras? Quizá no estemos tan lejos. En Australia, según anunciaban sus autoridades hace unos días, se va a implantar ya el pasaporte biométrico que dejará a los de papel para la historia y a nuestra cara en bases de datos radicadas a saber dónde.

Un ordenador y una cámara se encargarán de dar paso a los viajeros que entren al país, que serán recnocidos gracias a la singularidad de su rostro, iris y huellas. La base de datos ya se está construyendo, y no solo en nuestras antípodas. Para 2020 el 90% de los pasajeros cruzarán su frontera sin que un humano intervenga. Los trabajadores que queden en la zona de migración se dedicarán a reforzar la seguridad centrándose en viajeros que puedan ser problemáticos. ¿Cómo lo sabrán? Sin duda el 'big data' contribuirá a crear perfiles de turistas potencialmente peligrosos, dependerá de quién los defina pero sería fácil establecer, por ejemplo, que quienes procedan de un determinado país y pertenezcan a una raza concreta pasen a esa fila controlada por funcionarios.

La sensación de dar mayor seguridad a la ciudadanía siempre es la puerta de entrada de estas tecnologías, pero difícilmente se detendrán ahí estas tecnologías. La tentación de explotar información tan personalizada a nivel comercial será muy fuerte, una idea que ya pudo sentir en su propia piel el personaje interpretado por Tom Cruise en 2002 en la película 'Minority report':

En Estados Unidos las herramientas de evaluación de riesgos se utilizan con frecuencia y cada vez son más sofisticadas, incluso para establecer perfiles de delincuentes. Propublica ha denunciado esta semana su sesgo racial. Las denuncias de ciudadanos afectados que surjan tendrán que pegarse durante un tiempo con leyes que no se adaptan tan rápido a los cambios.

Lo bueno de la inteligencia artificial es que aprende con autonomía. También lo malo, ya que podría superar a la humana y por lo tanto, volverse incontrolable. Que aspectos fundamentales de nuestra vida privada y pública los predefinan humanos capaces de aumentar el potencial de sus deseos a través de la programación nos inquieta desde hace muchos años, aunque también ha dado para muchas horas de entretenimiento literario, televisivo y cinematográfico. Sin embargo la ciencia-ficción está perdiendo ese apellido para traernos lo que hace poco parecía extraordinario a nuestra cotidianidad. Y al despacho más poderoso del mundo.

El robot simplón que nos ayuda a limpiar la casa o que juega con nuestros hijos es el primer eslabón de una cadena impredecible. La investigación para darles más funciones y cualidades no para. Las disquisiciones entre dónde acaba la 'humanidad' y empieza la máquina son uno de los ejes argumentales de la serie 'Westworld' en la que los robots son tan completos que los límites se confunden y que quizá veamos en la realidad algún día.

De momento un estudio recién publicado y realizado por investigadores estadounidenses e israelíes asegura haber demostrado que hablar con robots puede ser bueno para nuestro estado sentimental. Dicho de otra forma, interactuar con máquinas inteligentes puede influir en nuestras emociones y convertirse en una "fuente de consuelo y seguridad".

El objetivo era averiguar si los humanos cambian su comportamiento en función de la respuesta "emocional" de un robot. Y la respuesta fue positiva. Los participantes en la prueba tenían que contarle a un robot llamado Travis momentos positivos que habían vivido durante una cita con otra persona. Después Travis transmitía una reacción positiva o negativa sobre lo que 'escuchaba'. La segunda parte del experimento consistía en filmarse mientras hablaban como candidatos a una posible cita romántica trantando de venderse bien para ello. Quienes recibieron reacciones positivas del robot se mostraron con mayor seguridad y más dignos de acceder a dicha cita.

Un pequeño paso más hacia las profundidades filosóficas y éticas de nuestra relación con los robots que no es nueva. Sin ir más lejos, el cántabro Javier Hernández lleva varios años estudiando 'computación afectiva' en Estados Unidos. Sus investigaciones dan para más de una reflexión cuando suelta ideas como que nuestros teléfonos inteligentes pueden "enriquecer y facilitar las relaciones personales, por ejemplo si detecta cuándo estoy triste y me sugiere hablar con mi hermana, alguien que siempre sabe cómo animarme". Psicología más procesadores y programación pueden producir más derivadas de las imaginables. Hernández apunta algunas utilidades más, como que un coche detecte el cansancio de su conductor y se pare o que una película o un vídeojuego presenten tramas diferentes en función de nuestras reacciones anímicas. Quizá el mundo imaginado por 'Westworld' no esté tan lejos.

Por si acaso las autoridades europeas ya estudian si deben pagar impuestos como los humanos. El objetivo es no perder lo que los estados ingresan por los trabajadores humanos que cotizaban y a los que están sustituyendo a un ritmo creciente.

¿Y si una máquina puede influir en nuestras emociones y además aprender cómo somos, clasificarnos y tomar decisiones en función de dichos datos? No está de más que seamos precavidos con nuestros datos, que a veces compartimos sin ser conscientes. Este sábado se celebraba el Día de la Protección de Datos en Europa, instaurado en 2006 y que quizá debiéramos ampliar a un mes vista la exposición de nuestra privacidad a los ojos de terceros. Si crees que no es para tanto puedes cumplir la sugerencia de Martin Hilbert y pinchar en este enlace. Podrás ver (si estás logueado con tu cuenta en Google) lo que la todopoderosa empresa sabe de tus movimientos por el mundo: www.google.com/maps/timeline.

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