De la Bauhaus a la Fura

¿Seremos nosotros los que estamos ungidos de este simulacro simbiótico para creernos simultáneamente clásicos y ultramodernos?

Álvaro Bermejo
ÁLVARO BERMEJO

Ya el lugar elegido para su estreno parisino tenía algo de híbrido: un cruce entre el Nautilus y el Arca de Noé varado en medio del Sena. Hoy, tras su paso por la Seine Musical, la Fura dels Baus vuelve a la Quincena de San Sebastián con el gran oratorio de Haydn, La Creación, reinterpretado según las mismas pautas. Los textos del Génesis fundidos con una estética presuntamente transgresora, también con la inevitable carga de moralina en forma de crítica social.

Todo comienza con la aparición de la palabra Caos. La palabra es engullida por un agujero negro, estalla el Big Bang. Una galaxia de espermatozoides atraviesa el espacio. Aparece un grupo de sin papeles en busca de una tierra de promisión. El leit motiv de La Fura resulta evidente: fundir macro y microcosmos. La visión cósmica de Haydn y nuestra mala conciencia. El resultado es una suerte de película de ciencia ficción bastante kitsch, donde la música del empelucado vienés no acaba de salvarse del tumulto.

En su debut en la Seine Musical ya se censuró que el dispositivo multimedia enturbiara las voces de los solistas -«la evocación del caos inicial es verdaderamente caótica»-. No fueron más indulgentes al valorar su lectura de la creación de los océanos. Un hombre en chaleco salvavidas se ahoga en una piscina. El barítono lo resucita por medio de un masaje cardiaco entre bandadas de medusas proyectadas en video. Se oyeron risas a cuenta de sus cabriolas. Aunque también hubo aplausos para los globos de helio que proyectaban, ahora el baile de los planetas. Ahora las esperanzas de los refugiados perseguidos por los sobresaltos de una orquesta forzada a redoblar los fortíssimos de esta epopeya bíblica.

No cabe llamar provocación a lo que ya resulta absolutamente previsible. No basta la apelación a las «grandes causas» para amordazar cualquier crítica de su derivada circense. Un siglo después de la Bauhaus, el experimentalismo de la Fura dels Baus no es más que retrovanguardia.

¿Quién necesita a quién? ¿Haydn a la Fura? ¿La Fura a Haydn? ¿O tal vez seremos nosotros quienes estamos urgidos de este simulacro simbiótico para creernos simultáneamente clásicos y ultramodernos, exquisitos y solidarios, lo más de lo más?

Este cóctel es tan contradictorio como participar en una carrera contra el hambre en el mundo llevando zapatillas cosidas por un niño birmano en condiciones de esclavitud. Pero nuestro mundo es así. Un planetario donde se pelean lo ínfimo y lo sublime. Lo grandilocuente y lo insignificante.