Trump no es profeta en su tierra

Los neoyorquinos se vuelcan en arrebatar al presidente el único escaño al Congreso que tienen los conservadores en la ciudad

MERCEDES GALLEGOCorresponsal en Nueva York (Estados Unidos)

El voto será secreto pero en la ciudad de Nueva York las elecciones dejan pocas incógnitas. Hay conservadores y hasta trumpistas, aunque nunca los suficientes como para dar a los republicanos la satisfacción de pintar la ciudad con el rojo de su partido. Por algo la América Profunda ve a la Gran Manzana como Sodoma y Gomorra, una hoguera de las vanidades, liberal y progresistas, que, para su sorpresa, les ha dado un presidente conservador.

Donald Trump es el anticristo para la mayor parte de la ciudad. No le votaron ni sus vecinos de la Torre Trump, pero le quedó un reducto de fieles que ayer hacían piña para defender el único escaño del Congreso en el que se sienta uno de sus leales: Dan Donovan, el congresista de Staten Island que acompaña al presidente cuando visita la ciudad.

Los Bonanno, los Gambino, los Luchese, los Colombo… a los jefes de la mafia les gustaba afincarse en las orillas de esta isla frente al puerto de Nueva York para contemplar Manhattan desde lejos y ver venir a sus enemigos sin moverse de sus tranquilas casas victorianas. Abunda una media desproporcionada de bomberos y policías que cuelgan banderas en los jardines a los que han renunciado el resto de los neoyorquinos, amontonados en vertical.

Algo pasa que cuando se mudan a Staten Island en busca del sueño de la barbacoa en los suburbios se vuelven conservadores y Fred Maley todavía no sabe decir exactamente por qué ese hechizo no funcionó con él. Solo sabe que una fría noche de enero le tocó a la puerta para pedirle el voto un joven entusiasta que estuvo destacado en Afganistán. Al ver la energía que tenía y la pasión por un país rico «que debería ser capaz de darle seguro médico a todos sus ciudadanos» entendió que si alguien podía conquistar el último bastión republicano de Nueva York era él.

No está claro que Max Rose consiga su batalla, pero muchos de los que votaron ayer por él lo hacían con la intención de darle en las narices a otro neoyorquino para el que no tienen estómago: Donald Trump. «Nueva York ya sabe que es un mentiroso, hace mucho que le conocemos. El resto del país lo está descubriendo ahora», decía Fred.

Donovan no ha querido distanciarse de él porque sabe que sus vecinos burgueses que miran Manhattan desde lejos solo ven el brillo de sus rascacielos. El congresista ha tenido el apoyó explícito del presidente por Twitter y en persona el de su hijo mayor. Ha contado sin tapujos que cuando le ha pedido favores para alguien Trump le ha preguntado si ese alguien votó por él, porque Roma no premia traidores, ni él tampoco. Y aunque la batalla sea local, los que desafiaron ayer la lluvia cansina que barrió la jornada lo hicieron pensando en que «el país no puede seguir como va», decía Kristan Polizzotto. «Alguien le tiene que poner freno. Necesitamos un Congreso demócrata que equilibre el poder».

Había marcado su voto por todos los demócratas que aparecían en la papeleta para puestos locales y nacionales, sin que ese sea necesariamente su partido preferido. Ni siquiera Josh Herzberg, un judío que podía tener motivos religioso para agradecer al presidente su política hacia Israel, estaba dispuesto ayer a darle más aliados en el Congreso. «EE UU se está dirigiendo al pasado y no podemos dejar que el mundo vuelva a 1924». Sólo los que siguen deslumbrados con la fortuna del presidente y la promesa de nuevos recortes de impuestos le prometían lealtad sin tapujos, convencidos de que el magnate podrá tocarles los bolsillos y acercarlos todavía más a la Quinta Avenida.

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