Casi la mitad de los municipios de Gipuzkoa perdieron población el año pasado

Un vecino de Belauntza, uno de los pueblos pequeños guipuzcoanos que más población ha perdido, recorre su huerta./LOBO ALTUNA
Un vecino de Belauntza, uno de los pueblos pequeños guipuzcoanos que más población ha perdido, recorre su huerta. / LOBO ALTUNA

Los más pequeños se quedan sin habitantes en favor de las ciudades y pueblos más poblados El conjunto del territorio volvió a sumar vecinos en 2018 gracias a la inmigración, que también apuesta por las localidades grandes

Aiende S. Jiménez
AIENDE S. JIMÉNEZSAN SEBASTIÁN.

El pasado fin de semana Madrid fue testigo de la ya conocida como 'Revuelta de la España vaciada', en la que miles de vecinos de zonas rurales exigieron al Gobierno central un «pacto de Estado» para frenar la despoblación que desde hace años sufren sus territorios. Entre las medidas que reclaman para reactivar esas poblaciones están la dinamización de sus economías, la mejora de las infraestructuras, -en especial de las conexiones-, y contar con unos servicios públicos comparables a los de las ciudades.

Si bien es precipitado afirmar que el entorno rural guipuzcoano tiene riesgo de asomarse a esa despoblación, muchas pequeñas localidades, especialmente las que se encuentran en zonas montañosas del interior, están experimentando un gradual pero imparable descenso de habitantes desde hace años. La estadística del padrón continuo que publica anualmente el INE, -Instituto Nacional de Estadística-, arroja un dato revelador: 41 de los 88 municipios que hay en Gipuzkoa perdieron población el año pasado.

Esa disminución se concentra especialmente en los pueblos más pequeños, los que tienen menos de 1.000 habitantes, donde la pérdida de vecinos tiene consecuencias más importantes que en las grandes urbes, en las que los números bailan año a año sin que apenas se note en la vida diaria. En cambio, en un municipio pequeño, cuesta mucho dejar de ver una cara conocida.

Gipuzkoa tiene 32 pueblos con menos de mil habitantes y la mitad perdió población

Gipuzkoa tiene 32 municipios en los que habitan menos de 1.000 personas. Algunos de ellos son Aduna, Alkiza, Elduain, Gabiria, Ikaztegieta, Mutiloa o Lizartza. Y casi la mitad de ellos perdieron población en 2018. La localidad que sufrió un descenso más acusado fue Ezkio, con 34 vecinos menos que en 2017. Hay municipios que en los diez últimos años han sufrido una importante pérdida de habitantes. Beizama, por ejemplo, ha pasado de 180 vecinos en 2008 a 151 en 2018. En Belauntza, hace una década residían 319 personas, mientras que el año pasado eran 239.

En el lado opuesto se sitúan las ciudades y pueblos guipuzcoanos más grandes. Un total de 21 municipios del territorio tienen más de 10.000 habitantes y de ellos 15 aumentaron su población el año pasado. Unas cifras que confirman la tendencia migrante de muchos guipuzcoanos desde las zonas rurales hacia las más urbanas. Ganaron habitantes Arrasate, Azkoitia, Azpeitia, Beasain, Donostia, Elgoibar, Hernani, Irun, Lasarte, Oiartzun, Ordizia, Pasaia, Tolosa, Zarautz y Zumaia. Otros seis los perdieron: Andoain, Bergara, Eibar, Errenteria, Hondarribia y Oñati.

Los expertos señalan que en el caso de Euskadi, y más concretamente de Gipuzkoa, la causa de la despoblación se debe menos al abandono de los espacios rurales y más al declive demográfico que afecta a todo el territorio. La baja natalidad y el aumento de esperanza de vida encaminan a Gipuzkoa a una sociedad cada vez más envejecida. «No podemos hablar en términos de despoblación al nivel que sucede en otras regiones. Vivimos en una gran zona periurbana, con infraestructuras como la N-I, que conectan a cualquier población con su núcleo urbano más cercano en 20 minutos», señala Eduardo Malagón, evaluador de políticas de desarrollo rural y profesor de la UPV. Asimismo, considera que entre los vascos existe «un fuerte sentimiento de pertenencia al territorio, y ese arraigo cultural va a permitir que los espacios rurales sigan siendo un valor que se mantenga en el tiempo».

El foco está puesto sobre los jóvenes. La globalización, el acceso a la información o el mayor abanico de oportunidades provocan que muchos formen sus vidas en zonas más urbanas, donde por lo general hay mayores y mejores servicios. «La clave es que existan infraestructuras que respondan a los intereses de las familias, empezando por la vivienda, la más importante, la educación o el transporte público», señala Malagón.

El efecto de la inmigración

A pesar del descenso de población en casi la mitad de las localidades del territorio, Gipuzkoa volvió a ganar habitantes el año pasado y continúa así una línea ascendente que se remonta al año 1996, desde que el INE tiene registro. La pérdida de población autóctona se ha visto compensada con la llegada de inmigrantes, cuyo porcentaje ha ido ganando enteros en los últimos años. Actualmente, el 9,4% de la población guipuzcoana es de origen extranjero, según datos del Observatorio Vasco de Inmigración, Ikuspegi. Desde el año 2000, el número de inmigrantes que residen en Gipuzkoa se ha multiplicado por seis. No obstante, cabe recordar que el INE contabiliza en su padrón a las personas extranjeras con nacionalidad española como parte de la población autóctona.

Los más de 2.000 extranjeros que se empadronan de media anualmente en Gipuzkoa tampoco contribuyen al aumento de la población en los municipios más pequeños. La mayoría elige los pueblos y ciudades más grandes. Arrasate, por ejemplo, sumó 100 inmigrantes el año pasado, y ya cuenta con casi 1.500 habitantes de origen extranjero, -sin contar con los nacionalizados-. En total, los 32 municipios guipuzcoanos de menos de 1.000 habitantes sumaron el año pasado 63 extranjeros a sus padrones municipales. Un mínimo porcentaje del total de empadronados el año pasado, que fue de 2.582.

Para Malagón, experto en desarrollo rural, la inmigración es «un activo» para cualquier lugar, «porque contribuye a la reactivación del mismo». Y cita un ejemplo. «Hace unos años conocimos una experiencia que se llevó a cabo en Suecia con la llegada de refugiados. Los alcaldes de las localidades más pequeñas hacían cola para solicitar su cupo de inmigrantes, porque sabían que con ellos podían rejuvenecer demográficamente sus municipios, revitalizarlos económica y socialmente y mejorar así determinados servicios públicos».

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