Así se gestó Fyre Festival, el peor festival del mundo

El público asistente, al descubrir que las tiendas no eran precisamente de lujo./
El público asistente, al descubrir que las tiendas no eran precisamente de lujo.

Un documental relata la creación y caída en desgracia de la que iba a ser «la experiencia cultural de la década»

Iker Cortés
IKER CORTÉSMadrid

El sueño terminó con una fotografía remitida por C. Spike Trotman en su cuenta de Twitter. El supuesto catering de lujo que había organizado el Fyre Festival para su público consistía en dos rebanadas de pan sin tostar, dos lonchas de queso para fundir, dos rodajas de tomate y un poco de lechuga. Aquello, desde luego, no era el paraíso que unos meses atrás varias modelos e 'influencers' habían vendido por las redes sociales.

Ahora un documental, 'Fyre: The greatest party that never happened' ('Fyre: la mayor fiesta que nunca tuvo lugar'), desvela cómo el joven empresario Billy McFarland, que acabó siendo condenado a 6 años de prisión, y el rapero Ja Rule gestaron este festival en el que la música nunca llegó a sonar. En realidad, la idea surgió de uno de los empleados de la que iba a ser la próxima aventura empresarial de McFarland, Fyre, una app a través de la cual los usuarios iban a poder contratar a artistas para todo tipo de eventos. Con la aplicación ya a punto, surgió la necesidad de promocionarla y a alguien del equipo se le ocurrió patrocinar o montar un pequeño festival.

En qué momento... McFarland, entusiasmado, dobló su apuesta y comenzó a levantar un festival en un entorno paradisíaco, las islas Bahamas. El Fyre iba camino de convertirse, en palabras de Ja Rule, en «la experiencia cultural de la década». Dicho, pero no hecho.

Detrás de la cinta, disponible en Netflix, se encuentra el director Chris Smith, responsable de películas como 'American Movie'. El realizador trata de dar respuesta a una pregunta: ¿fue realmente una tomadura de pelo? Para ello Smith inicia su relato de los hechos explicando los orígenes de McFarland, un joven entusiasta que había hecho relativa fortuna con Magnises, una exclusiva tarjeta de crédito -era metálica-, destinada a la gente joven y adinerada estadounidense, que funcionaba también como puerta de entrada a un exclusivo grupo de pijos. Fyre Festival apuntaba al mismo sector de la población, quería llegar a la clase alta y ofrecer una experiencia en la que codearse con la élite y los artistas en un emplazamiento de lujo.

Ja Rule y Billy McFarland.
Ja Rule y Billy McFarland.

Se celebraría durante dos fines de semana en 2017, en Cayo Norman, una isla propiedad de un narco llamado Carlos Lehder. Además de varias bandas importantes (Blink 182, Major Lazer, Disclosure, Migos), el público podría alquilar tiendas de campaña de lujo, yates, cruceros e incluso cabañas y el catering lo iba a servir el restaurador Stephen Starr. Con estas ideas en la cabeza, a los organizadores no se les ocurrió otra forma de venderlo por las redes sociales con sugerentes imágenes de varias top model -Bella Hadid, Hailey Baldwin y Alessandra Ambrosio, entre ellas-, disfrutando de las cristalinas aguas del entorno. Y el público respondió de forma más que positiva. Los abonos, algunos por valor de 12.000 dólares, se agotaron casi inmediatamente. La campaña, realizada por Jerry Media, sedujo incluso a público de clase media que no dudó en dejarse los ahorros de media vida en la que iba a ser la fiesta de la década.

Pronto, sin embargo, comenzarían los problemas. Por la cámara de Smith desfila público asistente, residentes en la isla y exempleados del festival que, poco a poco, van desgranando los problemas que fue afrontando la organización. Así, tuvo que cambiar el emplazamiento original dado que, pese a que se le había prohibido desvelar la conexión de la isla con el narcotráfico, no se lo pensaron dos veces a la hora de publicitar el festival con un «siéntete como Pablo Escobar». Casi mejor, porque no hubiese habido espacio para tanta gente. Tuvieron que mover el evento a la isla Gran Exuma, que en aquellos momentos celebraba una de sus regatas más importantes. Allí alquilaron un solar a medio construir, lleno de gravilla. El concepto de paraíso comenzaba a perder fuelle, aunque aún quedaban los nombres de Blink 182 o Major Lazer como reclamo. No por mucho tiempo.

Lo cierto es que la mayor parte de los testimonios apuntan en una dirección: no había intención de estafar al público, sino un exceso de entusiasmo y optimismo mal gestionados y el desconocimiento absoluto de lo que significaba montar un festival de tal calibre. Para muchos de los que allí estaban trabajando, era la primera vez que afrontaban un evento de tal envergadura. En cambio, sí que se puede decir que McFarland obró de mala fe cuando vio que aquello no podía prosperar y siguió vendiendo aquel desastre a inversores y público. Marc Weinstein, uno de los contratistas que trabajaba para la organización, llega a decir que estaba fuera de sí y que McFarland «era incapaz de ver la realidad».

Las entrevistas, por otro lado, no hacen sino apuntalar lo que ya muestra el documental, que contiene imágenes de las disparatadas fiestas en la playa de la isla que McFarland y los suyos organizaban con las modelos mientras trataban de avanzar en la construcción de un evento que cada vez contenía más exigencias por parte de McFarland.

Billy McFarland, en una moto acuática.
Billy McFarland, en una moto acuática.

Es una pena, sin embargo, que el documental no explore con tanta profundidad lo que ocurrió cuando llegaron los asistentes y se encontraron todo el pastel, aunque quizá es también la parte más conocida de la historia. Porque no, el festival nunca llegó a anunciar su cancelación. Después de unas lluvias torrenciales, centenares de personas aterrizaron en Gran Exuma. Ninguna de ellas estaba preparada para lo que debería afrontar en las horas venideras. Para empezar, no había cabañas y las tiendas de campaña no eran de lujo -es espeluznante el momento en el que los visitantes llegan en un autobús puesto por la organización y le piden al chofer que dé la vuelta-, eran, de hecho, las que se utilizaron para socorrer a las víctimas del huracán Matthew. Los colchones inflables -no, no había camas tampoco- estaban mojados por la lluvia. Además no había tiendas para todos, así que llegado el momento hubo que pelear por las mismas. El agua y los alimentos también escasearon y se vivieron auténticas escenas de pánico durante la noche. Mientras tanto, el resto del mundo asistía, entre atónito y divertido, a la retransmisión en tiempo real que los afectados hacían a través de sus cuentas de Twitter. Afectados que, además, no podían salir de la isla por la falta de medios de transporte.

Más allá del público

Pero Smith no sólo se detiene en las penurias que sufrió el público estafado. También ahonda en las historias de aquellos trabajadores nativos que, después de dar miles decenas de horas extras, ni siquieran recibieron sus salarios, o en los proveedores que llevaron todo tipo de servicios al festival y tampoco recibieron el dinero acordado. Faltan, eso sí, las voces de los principales protagonista. Pese a ello, 'Fyre: la mayor fiesta que nunca tuvo lugar' se configura como un documental sumamente interesante. Pero con esta historia de fondo, ¿cómo no iba a serlo?

 

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