Silvestre Rivas (Mecánico): «Vine al taller con catorce años, pero los coches ni existían para mí»

Así veremos a Silvestre a partir de ahora, después de despedirse del Taller Erlaitz, sin buzo ni grasa en las manos.
/FOTOS: F. DE LA HERA
Así veremos a Silvestre a partir de ahora, después de despedirse del Taller Erlaitz, sin buzo ni grasa en las manos. / FOTOS: F. DE LA HERA

Después de cincuenta años, medio siglo, entre bujías, motores, faros y gasolina, nuestro protagonista se quita el buzo y cierra la persiana

YLENIA BENITO BIDASOANDV@GMAIL.COM

2 de julio de 1968. El joven Silvestre sale corriendo de casa casi sin despedirse. Es su primer día de trabajo en un taller de mecánica y no quiere llegar tarde. Está nervioso. El verano pasado ya le tocó trabajar, lo hizo en una charcutería del barrio. Esta vez será diferente porque, aunque poco o nada sabe de mecánica, le gusta 'salsear' arreglando cachivaches eléctricos. Consigue llegar al taller antes que el jefe. Le espera en el portal de al lado. Pasan unos minutos y, por fin, aparece un hombre que lo saluda dándole la mano y lo invita a cruzar la puerta. «Bienvenido al Taller Erlaitz», le dice ese hombre que es su jefe y acabará convirtiéndose en su socio. Y es que a sus 14 años, Silvestre aún no sabe que ese taller será casi su casa. Hasta hoy, que cruza esa misma puerta para decir adiós.

-Cincuenta años han pasado...

-Se dice pronto, pero sí. Han pasado más de cincuenta años desde la primera vez que entré por esa puerta de ahí.

-¿Tanto te gustaba la mecánica como para querer trabajar un verano aquí?

-¿La mecánica? (Risas) Ni la conocía, ni los coches existían para mí.

-Entonces, ¿fue un castigo por no aprobar curso?

-¡No, que va! Para mí existía la electricidad, que era lo que estudiaba en el colegio. Yo entonces vivía por Pío XII e iba mucho a una tienda de lámparas, que había debajo de casa, a comprar piezas y material para arreglar cachivaches. Siempre andaba salseando en casa con cables e historias, haciendo chapucillas. El dueño de esa tienda fue el que me dijo que su primo abría un taller y que fuera a hablar con él.

-Ay, la fuerza del destino y la casualidad...

-El verano anterior había trabajado en una charcutería. Eran otros tiempos, íbamos a la escuela pero... ¡había que trabajar también! Así que, aquel 2 de julio, me planté aquí.

-¿Recuerdas cuál fue la primera 'chapucilla' que te encargaron?

-Imagínate, ¡no sabía hacer nada! Lo primero que hice, durante mucho tiempo, fue limpiar piezas. Al tiempo, el jefe me encargó encontrar el cortocircuito de un trailer.

-Espera, ¿un trailer? ¿Un camión?

-¡Sí! Es que antes sólo trabajábamos con camiones, excavadoras y vehículos de ese tipo. No había turismos. En aquel entonces no había prácticamente coches, estaba el coche del panadero, el del tapicero de ahí al lado y poco más. Yo casi ni sabía lo que era un coche. (Risas)

-Tuviste que aprender primero qué y cómo era un camión.

-Así es. Ese primer día supongo que tardé hasta dar con la avería, pero así se aprendía entonces: a base de porrazo, porrazo y porrazo.

-Porrazos y horas, ¿verdad?

-¡Qué de horas hemos echado aquí! Hemos trabajado mínimo doce horas al día, sábados y domingos incluidos.

-Pues sí que daban trabajo los camiones...

-Bueno, las jornadas se alargaban porque los camiones trabajaban hasta las seis. Al terminar su ruta, venían con la avería y nosotros teníamos que trabajar hasta arreglarla. El camión tenía que estar listo para volver a currar a las cinco de la mañana. Nos ha tocado pasar muchas noches, hasta altas horas, en el taller.

-¿El aumento de los turismos, aumentó las noches de trabajo?

-(Risas) No. La verdad es que cuando empezó a haber más coches, dejamos de trabajar con camiones.

-¿Por qué?

-Cambiamos de rumbo cuando comenzaron los 'problemas' en la aduana. Empezó toda la movida con empresas que se fusionaban y no sabías quién era el dueño, luego nadie se acordaba de pagar... Mira, sobre esta mesa había una pila de papeles así de grande. Eran todo facturas sin pagar. No cobraba nadie, así que el socio dijo: «Se acabó. Se acabaron los camiones. A partir de ahora coche arreglado, factura cobrada». Y 'taca', así fue.

-Has dicho socio, para entonces ya no eras el chico nuevo, ¿verdad?

-Eso es. Yo me hice socio en el 82 y me quedé al frente del taller hace 14 años, cuando se jubiló mi socio. Desde entonces he estado trabajando con la ayuda de otro mecánico que anda por ahí abajo.

-Por aquí no ha pasado coche ni camión que no hayas visto tú, ¿no?

-Bueno, los que entraron antes de que yo llegara en julio. El taller se inauguró el 2 de mayo de 1968. Salió en el periódico y todo. Ponía que habían inaugurado un taller que hacía mucha falta en el barrio.

-Has visto crecer el taller y construir el barrio, ¿verdad?

-Sí, esta manzana se hizo en 1967. De aquí para abajo no había nada. Todo eran huertas, un maizal y un embarcadero. No hemos visto cambiar el barrio, lo hemos visto nacer.

-Más vecinos, más coches, ¿más trabajo?

-Claro. Aquí estábamos cuatro portales y ahora son setecientos vecinos. Y con el tiempo, yo me he convertido en uno más. Yo no soy el mecánico del barrio, soy Silvestre. Uno más del barrio, un vecino. No sabes qué cantidad de gente me está llamando para despedirse...

-¿Te han pedido que no te vayas?

-(Risas) Un poco, pero todos se alegran de que lo haga. La gente pasa por aquí o llama diciendo: «Me fastidia que te vayas, pero cuánto me alegro por ti» . De hecho, ¿sabes una cosa? Yo creía que al decir que me iba a jubilar, iba a tener menos trabajo... ¡Pues no! Todo lo contrario.

-La estrategia de tus clientes es darte mucho trabajo para que no te vayas...

-Hoy he decidido que no cojo ningún coche más. Tengo dos aquí abajo, otros tres fuera... Tengo que cerrar la persiana habiendo terminado todo esto, ¡que me voy de vacaciones! (Risas)

-¿Ha sido difícil tomar la decisión de jubilarte, Silvestre?

-No. He cumplido 65 años y he trabajado suficiente. Ni mucho, ni poco. Desde el primer día he cotizado y el único tiempo que no he estado aquí ha sido cuando he estado en la mili.

-¿Y no lo vas a echar de menos?

-No creo. Digamos que la gasolina no ha entrado en mí. Yo sí en la gasolina, pero sólo por motivos de trabajo. A mí me dicen: «¡Mira qué coche» Y yo lo único que veo son cuatro ruedas y trabajo.

-Con la de coches que habrás visto y ninguno ha conseguido cautivarte...

-(Risas) Nada, ni a mí ni a mis hijos. Mira, a mi hijo Roberto, cuando se fue a estudiar a Italia, le regalé un coche y me dijo: «¿Para qué? Si yo en bici me muevo la mar de a gusto». Y sí, por aquí ha pasado de todo: coches de ricos y de pobres.

-¿Coches de lujo también te ha tocado reparar?

-Sí, sí. Aquí hemos reparado coches de actores y artistas. En aquellos años, Hondarribia estaba muy de moda y venía gente muy conocida. Por ejemplo, me acuerdo mucho del escritor Miguel Mihura. Venía mucho, siempre con sus 'chóferas'.

-¿Chóferas?

-Sí, las que conducían eran mujeres. Era un hombre muy simpático.

-La llave inglesa no te la llevarás, pero un buen puñado de recuerdos sí.

-¡Eso sí! Veremos si alguien vuelve a abrir la persiana del taller Erlaitz. Yo, de momento, me quito el buzo de trabajo y por fin mis amigos dejarán de tomarme el pelo. Ahora podré ir a todas las cenas. (Risas)

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