Cuando 'La Zona' entró en coma

¿Por qué mueren algunas calles de San Sebastián? San Bartolomé, la vía que irradiaba ruido y juventud hace más de una década, es el mejor de los ejemplos

GONTZAL LARGOSAN SEBASTIÁN.
Cuando 'La Zona' entró en coma

DV. . La calle está casi desierta. Apenas dos o tres almas. Alguien ha pintado estas tres palabras en el exterior de un antiguo bar de la calle San Bartolomé. El local se encuentra, hoy en día, cerrado, sin actividad aparente. No es el único: esta vía donostiarra es una suerte de cementerio hostelero, una necrópolis en la que los toldos y los neones no anuncian la existencia de un bar, sino la muerte de éste. Se llama , se llamó y fue uno de los epicentros de la, cada vez más, extinta juerga donostiarra. Hoy en día, apenas sobreviven cinco locales de los casi veinte que llegaron a funcionar a todo gas hace diez años. no es lo que era, pero ¿qué ocurrió? ¿Por qué, en ocasiones, se muere el tejido de una parte de la ciudad y éste no se regenera?

Los orígenes lúdicos de este rincón de San Sebastián se hunden en los últimos años de la dictadura. Lo que comenzó siendo una zona de marcha adulta evolucionó a un ambiente más juvenil en los años ochenta. Ese carácter se acentuó y confirmó en los años noventa, cuando alcanzó su cenit, el paroxismo al que le seguiría la inevitable caída. Tan dorada fue la última década del siglo XX que, incluso, se planteó tímidamente la posibilidad remota de peatonalizar San Bartolomé, a raíz de un experimento llevado a cabo en el verano de 1994, cuando el Ayuntamiento autorizó a varios bares a instalar terrazas en la rúa cerrada al tráfico.

En los noventa, los bares abiertos alcanzaron la veintena, algunos de corte tradicional como el Juanito; otros de corte gay como El Trígono, pasando por locales que cambiaban de nombre y gestores con agilidad (Yabba Dabba, Kopa's.); algunos que aparecían y desaparecían al poco tiempo (T.K.C.), nombres míticos que duraron años (El Moro, Rash, Zakro, Bogart, Twickenham...) o unos pocos que todavía mantienen el tipo y las puertas abiertas como el Kuttun, Pachá o Kentucky. De entre todos, hubo uno que destacó por muchas razones: por su tamaño, por su éxito social, por el perfil que se asociaba a su clientela habitual y porque llegó a actuar como catalizador y locomotora del ambiente festivo de la calle San Bartolomé. Se trataba de El Cine.

Éste fue iniciativa de Adolfo Pantigoso, histórico de la noche donostiarra y paladín de otro rincón mítico, también asociado al mundo del celuloide: el Hollywood de Blas de Lezo. Pantigoso adquirió el local de El Cine en 1981. Primero funcionó con el nombre de Rainbow y, luego, con el de Trocadero, a la vez que uno de sus rincones se habilitaba como hamburguesería, de nombre La Prima Puri. Finalmente, en 1988, lo rebautizaron como El Cine, nombre bajo el cual siguió funcionando hasta su cierre definitivo en 2004. ¿La razón de su ocaso? Tal y como nos explica el propio Pantigoso, contaban con licencia de bar y la escasa altura del local les impidió obtener la de pub, única categoría viable para un espacio de esas características. Durante el tiempo que estuvo funcionando, El Cine no sólo fue el más amplio -casi 200 metros cuadrados- de todas las tabernas modernas de La Zona, sino el más frecuentado, llegando a emplear hasta 14 personas para atender las barras en las noches más multitudinarias. Así, cuando éste cerró, muchos le siguieron irremediablemente.

Los mismo ocurrió con otros locales que poco tenían que ver con el copeteo y se alimentaban de la gente que iba y venía a la citada calle como la bolera SB -situada en una entreplanta- o la Bodega Blas de Lezo, -ubicada en la calle homónima y conocida popularmente entre la chavalería como -, que los fines de semana daba un giro de 180 grados a su clientela habitual: de los jubilados que lo frecuentaban de lunes a viernes, pasaba a los adolescentes que allí acudían a tomar una ronda -o dos, o tres. o doce- de claretes con gas, convirtiéndose en un sitio popularísimo. El contraste estaba servido: allí convivían lolitas y adolescentes vanidosos con el flequillo a capas, con barricas de vino peleón, mesas de madera, un suelo carcomido y una decoración antediluviana.

Paralelamente al éxito de San Bartolomé, crecieron las presiones vecinales, lógicas si se tiene en cuenta el ruidoso embudo que se creaba las noches de los viernes y los sábados, además de las inconveniencias propias del cóctel alcohol-juventud. El desgaste llegó al límite a principios de esta década: la San Bartolomé ya estaba herida. Perdía plasma. Las costumbres generacionales habían mutado y, para colmo, una nueva zona de marcha había visto la luz: los bares situados en el Complejo de Ocio de Illumbe. Lo que nació como una propuesta lúdica para toda la familia, poco a poco fue mutando hasta convertirse en una suerte de barrio juerguista soñado por todo Ayuntamiento: estaba alejado del casco urbano y era gestionado por el sector privado, algo muy similar a los polígonos industriales de copeteo que triunfan, por ejemplo, en el extrarradio de Madrid. El consistorio se podía lavar las manos: no había vecinos, ni la problemática asociada a mezclar la juerga con el descanso.

Ello, sumado a los cambios de hábitos de la juventud - «ya no alternan, ya no saltan de bar en bar», nos dice un hostelero-, la proliferación de locales alquilados, los botellones multitudinarios y el cierre de El Cine en 2004 acabaron por puntillear definitivamente la vía, convirtiéndola en una especie de geografía muerta. Si a San Bartolomé -el santo- le arrancaron la piel en vida, San Bartolomé -la calle- sufrió un proceso similar y, como las serpientes, hizo la muda, se despojó de su epidermis, de su reputación de lugar estruendoso y juvenil para convertirse en un rincón imberbe, silencioso, casi siempre desértico, ensimismado y al margen de la rutina diaria de San Sebastián. La situación actual no llamaría en absoluto la atención -en la ciudad hay todo un abanico de callejas llamémoslas - si no fuera por aquel pasado halagüeño que muchos recuerdan y se encuentra a la vuelta de la esquina del túnel del tiempo: ¿cuánta gente se enamoró, por vez primera, en ese lugar?.