«Estamos vivos de milagro»

Hugo Puigdefabregas, piloto de la avioneta que se estrelló ayer en Irun, relata el accidente tras salir ileso. El aparato cayó en barrena, se activó el paracaídas y se posó junto al peaje

ARANTXA ALDAZ| IRUN.
«Estamos vivos de milagro»

DV. «Volábamos a 2.500 pies en plenas maniobras de aproximación cuando un golpe de viento desestabilizó la avioneta y entramos en barrena, en espiral hacia el suelo. Conseguí enderezar el aparato en el primer giro, pero en el segundo ya no pude hacerlo y activé el sistema de paracaídas. En unos segundos, la avioneta había caído de morro. La hélice se quedó a sólo dos palmos del suelo. Estamos vivos de milagro». Lo cuenta, horas después del accidente y con una sangre fría pasmosa, Hugo Puigdefabregas, piloto de la avioneta siniestrada ayer en el barrio de Ventas de Irun, cuando intentaba tomar tierra junto a dos amigos en el aeropuerto de Hondarribia. El aparato, un modelo Cirrus SR22-G3 GTS, se posó a escasos cincuenta metros del peaje de la autopista sin que ninguno de sus ocupantes sufriera heridas, ni siquiera un rasguño. El aparato, «una joya de la aviación», sufrió escasos daños materiales. Fue un milagro aéreo.

La jornada de sábado había empezado 35 minutos antes en el aeródromo de Huesca, donde Hugo, experimentado piloto con 14 años de profesión, recogió a dos amigos para pasar una bonita mañana de asueto en Hondarribia. «Nos habían hablado muy bien de la Casa del Pescador. Íbamos a tomar un café, poco más», relataba ayer tarde este empresario jacetano de regreso a Irun, en coche, para supervisar el traslado de su avioneta privada.

Hacia las 11.27 horas, según el plan de vuelo facilitado, despegaron de Huesca. Por delante, 45 minutos en el aire en una jornada calurosa, con fuerte viento sur. «El trayecto fue bien», asegura. Los problemas, sin embargo, comenzaron cuando iniciaron las maniobras de descenso. Sobrevolaban el barrio de Ventas. A 2.500 pies, unos 700 metros de altitud, la avioneta empezó a dar bandazos por las fuertes turbulencias. «Era muy difícil sacarlo de esa situación -describe-. Cuando no hay altura, en cada giro que das, se pierde muchísimo. Si eso te pasa volando a 8.000 metros, puedes lograr salvar la situación».

Pero no fue el caso. En un visto y no visto, el aparato perdió altura y se precipitó hacia el suelo. Fueron momentos terroríficos. «Lo único que dije fue un taco. ¡Joder! y una expresión muy típica en cabina. ¡A tomar por culo!», bromea, aunque con voz seria. A lo que sí le dio tiempo fue a activar el paracaídas balístico -la Cirrus es una de las únicas avionetas que cuentan con este sistema de seguridad-. Y eso les salvó. ¿Suerte? ¿Pericia? «No lo sé. Ha sido un milagro», repetía Hugo quien tuvo la destreza de desviar la avioneta de cualquier lugar habitado, en zona de difícil orografía, lo que complicó aún más la delicada maniobra. El aparato se posó de morros y quedó enganchado entre unos arbustos, a escasos cincuenta metros del peaje de la autopista, muy cerca del centro comercial Alcampo. Los trabajadores de las cabinas pensaron en lo peor.

Las fotos

Para cuando llegaron los primeros equipos de emergencia -bomberos, una ambulancia, Ertzaintza- y los periodistas, Hugo y sus dos amigos ya habían salido por su propio pie de la cabina. Esperaban sentados en el arcén, con gesto sobrio y no mucha cara de canguelo. Con la camisa apenas arrugada, como si hubieran bajado tranquilamente de un taxi. «Sí, casi casi», se ríe cuando se lo comentamos. «La verdad es que no salí realmente aturdido. Fue un chute de adrenalina a tope. Fue luego, al darle vueltas, cuando nos vino el 'bajón'».

La zona se llenó en unos minutos de curiosos y medios de comunicación que revoloteaban al otro lado del cordón policial. La Ertzaintza cerró al tráfico la entrada al centro comercial en sentido Irun. Algo aturdidos, el piloto y sus dos colegas se dejaron fotografiar amablemente por el fotógrafo de este periódico, como para quitarle hierro al asunto y cerciorarse de que se habían salvado de una buena. En esos intensos minutos, apenas cruzaron palabras. Se montaron en un taxi y salieron pitando del lugar, atestado de gente.

De lo que pudo ser y no fue, prefieren casi ni pensarlo. Hugo sí quiere especificar las causas del accidente, porque en un primer momento se especuló con que la avioneta había quedado suspendida de un cable del tendido eléctrico. «Eso no fue así. Cuando vimos que no había forma de controlar el avión, activamos el paracaídas. Pero no tocamos ningún cable. De hacerlo, hubiese sido fatal», corrige.

Comida de celebración

Pasado el susto, los tres ocupantes de la avioneta regresaron en coche hasta Huesca. Llamaron entonces a sus familias para tranquilizarles. «Al ver tantos medios de comunicación y que iba a haber imágenes, avisé a mi casa. Si no, prefiero casi no preocuparles», se sincera Hugo.

De camino a casa, respiraron hondo y repasaron el episodio. «La conclusión que saco es que hoy en día hay aviones muy seguros que permiten salvarte de un accidente», concluye Hugo. Para el año que viene ya han hecho planes. «Hemos decidido juntarnos cada 11 de octubre para celebrar que estamos bien. Iremos a comer, pero no cogeremos el avión, te lo aseguro», se despide con sorna. aldaz