Diario Vasco

El legado de Agirre 80 años después

La hija de José Antonio Agirre, Aintzane Agirre, recibe de manos de la presidenta de la Cámara vasca, Bakartxo Tejeria, la insignia de parlamentario en homenaje a su padre.
La hija de José Antonio Agirre, Aintzane Agirre, recibe de manos de la presidenta de la Cámara vasca, Bakartxo Tejeria, la insignia de parlamentario en homenaje a su padre. / DV
  • Tres historiadores de la UPV analizan la vida política del que fuera el primer lehendakari

  • Este 7 de octubre es por primera vez festivo en Euskadi en recuerdo a la fecha en que se constituyó el primer Gobierno Vasco

Las huellas del pasado, sin quererlo, dejan pisadas imborrables en un camino que llega hoy hasta nuestros días. El legado de quienes apostaron hace décadas por un «modelo nuevo de país» para Euskadi ha dejado una memoria histórica que representa la identidad de nuestro presente. Y esa herencia tiene nombre y apellido: José Antonio Agirre.

La conformación del primer Gobierno Vasco, con Agirre como lehendakari, celebra hoy su 80 aniversario con una fecha marcada en rojo en el calendario de Euskadi; una efemérides fundamental en la vida política vasca al ser el día que se constituyó aquel primer gabinete. El simbolismo especial en torno a esta fecha no ha pasado desapercibido en el Ejecutivo actual con Iñigo Urkullu a la cabeza, que ha fijado este día en el calendario festivo de 2016 para homenajear la constitución en Gernika de aquel proceso de institucionalización del País Vasco.

Más allá de la relevancia de lo que fue la vanguardia de la constitución del autogobierno, el alcance de la figura de José Antonio Agirre fue -y sigue siendo- trascendental para comprender el espíritu de unidad política que siempre respaldó la personalidad del primer presidente vasco, capaz de aglutinar todas las fuerzas y sensibilidades políticas de la época en un único Gobierno. ¿El objetivo? Ganar autonomía con el fin último de lograr el máximo autogobierno. Estamos en 1936.

1931- 1936: El Estatuto frustrado y Agirre como alcalde de Getxo

Sin duda alguna, José Antonio Agirre (Bilbao, 1904-París, 1960) fue el político revelación de Euskadi. Licenciado en Derecho por la Universidad de Deusto, comenzó desde muy temprano en la lucha por los derechos históricos de Euskadi. En 1931, apenas instaurada la Segunda República española y a los 27 años de edad, fue elegido alcalde de Getxo por el PNV. Habían pasado siete años sufriendo la dictadura de Primo de Rivera, donde el nacionalismo estuvo perseguido y parcialmente ilegalizado, pero las esperanzas volvieron a florecer nuevamente con el Estado republicano para alcanzar la tan ansiada restauración foral del País Vasco.

El Partido Nacionalista Vasco, -con Aguirre interviniendo decisivamente- llevó a cabo los intentos fallidos de redacción de un Estatuto vasco entre 1931 y 1932, en los que se planteaba la autonomía e incluía a Navarra, pero la falta de sincronía política con el Gobierno de Madrid frustró el primer intento de redactar la norma autonómica. ¿El motivo? El Gobierno central estaba compuesto por representantes de centro-izquierda; el PNV, sin embargo, aún abrazaba mayoritariamente la derecha, siendo un partido profundamente católico y aliado con el mayor y más duro enemigo de la República, el tradicionalismo carlista. «Aquello, simplemente, no avanzaba», reconoce el historiador Ludger Mess.

Agirre, jurando como lehendakari en 1936.

Agirre, jurando como lehendakari en 1936. / SABINO ARANA FUNDAZIOA

Fue a partir de 1934 cuando se produjo un replanteamiento estratégico dentro del PNV impulsado sobre todo por José Antonio Agirre y Manuel Irujo, con un perfil más liberal y abiertos a cooperar con las fuerzas republicanas de izquierdas. El Partido Nacionalista Vasco, entonces, se desvinculó de su alianza anterior con el tradicionalismo y buscó la cooperación con el nuevo Gobierno del Frente Popular. Aunque el logro no fue sólo de Agirre. Contó con un gran aliado -a la vez que adversario político- para por fin llevar a cabo el texto del Estatuto de Autonomía del País Vasco: el socialista Indalecio Prieto. Ambos negociaron conjuntamente el escrito en la Comisión de Estatutos del nuevo Parlamento con Prieto como presidente y Agirre como secretario.

Pese a los obstáculos puestos por los representantes más extremos de la derecha nacionalista y los socialistas más intensos, el acuerdo llegó en 1936, con una Guerra Civil española que había estallado meses antes y que aceleró la aprobación del primer texto del Estatuto Vasco, ya sin la participación de Navarra, y que fue aprobado oficialmente por las Cortes el 1 de octubre de 1936. A cambio, los vascos y especialmente los nacionalistas -pese a ser católicos-, se tuvieron que comprometer a defender la República. El PNV, entonces, envió a un representante al Gobierno central como señal simbólica de que, efectivamente, ellos apoyarían la República frente a los sublevados. Manuel Irujo fue proclamado ministro sin cartera.

Según cuenta el historiador José Luis de la Granja, el logro de alcanzar la primera norma autonómica vasca se debió al carácter pragmático y flexible de Agirre, que pasó de respaldar un primer intento de Estatuto «antirepublicano y clerical» en 1931, a convencer al resto de militantes nacionalistas de la necesidad de redactar un texto de mínimos en el 36. Y no solamente por su brevedad (tuvo 14 artículos), sino porque buscó obtener una región autónoma con una serie de competencias. «Y punto». «Hay una inversión total de las alianzas del PNV de Agirre por su pragmatismo», explica De la Granja, «en el 31 con el carlismo y contra la República, y en el 36 con el Frente Popular de Prieto a favor de la República y contra los sublevados».

Hoy, 80 años después, aquel primer Estatuto cobra vigencia en nuestro presente. A partir de aquel momento ya se habló de la cooficialidad del euskera y se adoptó la ikurriña como bandera de Euskadi, además de blindar los derechos sociales más básicos para proteger a los más desfavorecidos y para mejorar, a través del intervencionismo de las instituciones públicas, las condiciones laborales. Más importante si cabe, en el 36, las tres provincias formaron la región autónoma vasca, principal antecedente histórico de la actual Comunidad Autónoma del País Vasco.

El camino, entonces, estaba ya libre para que Agirre y su equipo formaran su primer gobierno.

Octubre 1936 - Junio 1937: El primer Gobierno Vasco: el Ejecutivo plural de coalición

Fue el 7 de octubre de 1936 cuando se conformó el primer Gobierno Vasco con José Antonio Agirre como lehendakari. No hubo dudas. En un acto «solemne» celebrado en Gernika, el político bilbaíno fue respaldado por un consenso excepcional por parte de todos los concejales de los distintos partidos políticos.

Efectivamente, fue la capacidad de entenderse no solo con sus correligionarios lo que llevó a Agirre a copar las más altas esferas de la política vasca. Prueba de ello es que varios consejeros no nacionalistas -como el republicano Ramón María Aldasoro, el socialista Santiago Aznar o el comunista Juan Astigarrabia- fueron tildados de 'agirristas' e incluso fueron expulsados de sus partidos. Aquel Gobierno fue, sin precedentes, el de la coalición, el de la pluralidad multipartidista, integrado por todas las fuerzas políticas de la década: dos partidos nacionalistas, el PNV y Acción Nacionalista Vasca (ANV); dos partidos republicanos, Izquierda y Unión Republicana; el Partido Socialista (PSOE); y el Partido Comunista de España (PCE). «Aquel Gobierno representó claramente la alianza de todos los demócratas vascos por encima de diferencias políticas», reconoce Santiago de Pablo, historiador de la UPV. «No estaría mal aprender hoy de aquella lección de unión. Hoy nos pueden separar ideas políticas, pero en aquella época estaban casi casi en las trincheras unos en frente de otros. Ese sí que es un gran legado», recuerda el historiador.

Aquel gabinete unió sus fuerzas para frenar el golpe contra la República, amenazada por el bando nacional franquista que no estaba dispuesto a reconocer «la realidad plurinacional del Estado». El Estatuto vasco, entonces, también estaba en peligro de extinción. «Fue un símbolo de solidaridad que todos los demócratas vascos defendieran el autogobierno», continúa De Pablo. Y es que aquel Gobierno, que reflejaba el pluralismo de la sociedad vasca, hizo un «gran esfuerzo» por superar las diferencias ideológicas para defender dos fines esenciales que estaban por encima de los planteamientos y de las siglas de cada partido: la defensa de la democracia frente al alzamiento franquista, y la defensa del autogobierno.

En 1941, durante el exilio, Agirre consiguió una nueva identidad como el doctor Álvarez Lastra; se dejó bigote y se puso gafas para pasar desapercibido.

En 1941, durante el exilio, Agirre consiguió una nueva identidad como el doctor Álvarez Lastra; se dejó bigote y se puso gafas para pasar desapercibido. / SABINO ARANA FUNDAZIOA

Así, el avance militar de los rebeldes, -más aún cuando el golpe de la sublevación triunfa en Navarra y en buena parte de Álava-, no supuso más que la reafirmación del PNV de abrazar la legalidad republicana. Todo por mantener vigente la autonomía del País Vasco. Aunque aquel gozo no les duró demasiado tiempo.

1937-1960: Dos gobiernos en el exilio y una muerte repentina

Apenas llevaba 9 meses vigente el Ejecutivo autónomo cuando en junio de 1937 los franquistas conquistan Euskadi entrando por Bilbao. El Gobierno Vasco, entonces, solo tenía dos opciones: o quedarse y arriesgarse a ser ejecutados -en el mejor de los casos, librarse de la pena capital y ser encarcelados- o huir.

Todos estaban amenazados de muerte, así que Agirre y su equipo establecieron su residencia provisional en Barcelona, capital de los tres gobiernos vigentes en la época: la Generalitat, el Gobierno Vasco y el Republicano. Pero en el invierno del 39 Barcelona también cae, y todo el Ejecutivo Vasco tiene que trasladarse a París.

Comienza así la etapa en el exilio de Agirre, obligado a vivir en el extranjero otra turbulenta época histórica: la de la Segunda Guerra Mundial. En España, la dictadura del general Francisco Franco se hace con el régimen, y el Partido Nacionalista Vasco, incluso el propio Agirre, entran en una fase de nacionalismo más radical porque, pensaron, «ya no tenían ataduras». Aquella postura provocó una de las mayores crisis en el Gobierno que, años después, llevó a Agirre a reflexionar que «aquello fue un error».

En 1940, en un viaje familiar a Bélgica, Agirre se quedó atrapado en la capital belga tras la invasión nazi, por lo que no pudo regresar a París. Empezó entonces su clandestinidad. Obligado a esconderse en unos monasterios, a través de la ayuda de un diplomático sudamericano, Agirre consiguió un nuevo pasaporte con una nueva identidad: el doctor Álvarez Lastra. Para pasar desapercibido, el lehendakari se dejó bigote y se puso gafas y, sin pensarlo, se metió en la boca del peor lobo posible de la época: Berlín. «Pensó que nadie sospecharía que estaba allí», reflexiona Ludger Mess.

Tras quince meses en la auténtica clandestinidad, Agirre y su familia logran escapar a través de Suecia a Sudamérica para luego establecerse en Nueva York, presidiendo la sede del Gobierno Vasco en el exilio. Desde 1941, hasta el 46, impartió clases de historia en la Universidad de Columbia, aunque decidió regresar a Francia tras la rendición de los alemanes. Aquel año se constituyó nuevamente el Gobierno Vasco en Bayona y Agirre luchó por mantener vivo el autogobierno vasco. Aunque, sin esperarlo, se topó con un muro infranqueable: la Guerra Fría, en la cual Franco fue rehabilitado y se convirtió en el nuevo aliado de los americanos y de las potencias democráticas occidentales. En 1952, el lehendakari preside su tercer y último Gobierno, aunque sigue sin lograr sus aspiraciones de conseguir la verdadera independencia del País Vasco.

Fue entonces cuando nació en Euskadi una nueva generación, «cansada y descontenta» por la poca actividad política que se llevaba a cabo desde el exilio. «Así que buscaron un compromiso más directo y una lucha directa contra el franquismo», dice Mees. Así fue cómo en 1959 nació ETA. Un año después, Agirre muere repentinamente por una angina de pecho «sin poder evitar la lucha armada».

Los tres gobiernos liderados por Agirre fueron los precedentes históricos de los ejecutivos de coalición entre nacionalistas y socialistas. Una relación que en este momento queda reflejada en el acuerdo de estabilidad institucional de PNV y PSE para gobernar en coalición en las tres diputaciones y 21 ayuntamientos vascos y servir de apoyo al Ejecutivo de Urkullu. «Si echamos la vista atrás, son muchos los detalles que hoy vivimos con normalidad, pero que tienen su precedente en lo que Agirre instauró», apunta Mees. Los tres historiadores, coautores del libro 'La política como pasión. El lehendakari José Antonio Agirre', no tienen ninguna duda: la figura integradora y humanista del primer presidente vasco le ha convertido en el político vasco «más importante, más popular y más respetado del siglo XX».

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