Cuando los grifos no existían

Hubo una época en la que beber agua era una aventura y un acto social. Vayamos tras las huellas físicas de dos manantiales donostiarras cuyo recuerdo no se ha extinguido

GONTZAL LARGO INFO@GONTZALLARGO.COM
La escultura que recuerda a la predecesora de la actual fuente de la Salud./
La escultura que recuerda a la predecesora de la actual fuente de la Salud.

La fuente de la Salud no es, en realidad, la fuente de la Salud. Nos referimos a la de Amara Viejo, en la plaza Easo, con tres leones y, cada uno de ellos, con un refrescante caño. No es la auténtica ni la genuina, sino un sucedáneo, una hermana pequeña que poco tiene que ver con la original. No descubrimos nada nuevo: lo saben muchos donostiarras y lo saben los vecinos del barrio, sobre todo aquellos que peinan canas, pero ¿es posible rastrear aquel manantial primitivo?

Situémonos primero. Caminemos hasta una de las esquinas de la plaza Easo, junto a la calle Amara, donde se levanta la fuente en cuestión. Es difícil que pase desapercibida porque viste un contundente abrevadero de piedra, amén del trío de fieras antes citado. Las bocas de las tres manan agua fresca. Junto a ella, se ubica una curiosa escultura: un grifo, esta vez capado y seco, que está aupada en lo alto de una vistosa roca. ¿Es ella, acaso, la fuente de la Salud original? Tampoco. Se trata de la segunda generación. La que mana líquido en la actualidad sería la tercera. Entonces, ¿dónde está la primigenia y pionera? No está: estuvo pero ya murió. Muy cerca de aquí, además. Lo sabemos porque lo leímos en un artículo extraído de la revista San Sebastián Ilustrada publicado en 1935. Lo firmaba Ángel Gorrochategui y él, como nosotros, se propuso dar con los restos de aquellas fontanas con fama mágica y curandera.

Vayamos por partes. El nombre 'de la Salud' que ostentaba no era gratuito: existía la creencia de que sus aguas tenían 'propiedades' beneficiosas para el organismo, como si fuera una sucursal más modesta y campechana de Lourdes. El Ayuntamiento no lo creyó así y en 1905 dictó la sentencia de muerte contra el popular grifo: existía el peligro de que sus aguas se viciaran con los desagües de los caseríos cercanos, por lo que se procedió a inutilizarla. La fuente -cuyo aspecto no difería demasiado de la actual, salvo que tenía tres caños espigados en vez de tres leones- perdió su utilidad y, pocos años después, comenzó la urbanización del barrio, construyéndose entre 1906 y 1923 la primera quincena de números de la calle Autonomía.

Según leemos en el libro de Fermín Muñoz 'El agua potable en la historia de San Sebastián', antes de que se levantaran los edificios, el emplazamiento original de la fuente de la Salud era un rincón idílico de Amara Viejo, «a orillas del Urumea, en un paseo bucólico rodeado de árboles». Recordemos que, antes de su canalización, el río se despatarraba por casi todo el ensanche moderno de la ciudad. Los chorros se encontraban a los pies de un pequeño cerro próximo al de San Bartolomé que recibía -y todavía algunos pocos donostiarras lo llaman así- el Monte Pela o Monte Peseta, en referencia a unos presuntos servicios de prostitución a muy bajo precio que allí se ofertaban a principios del siglo XX. Lo poco que queda del monte Pela se puede apreciar al final de la calle de la Salud, junto a la rotonda en la que los vehículos dan la vuelta.

¿Qué buscó Ángel Gorrochategui en 1935? El hilillo de agua que, veinte años después de su inutilización, todavía manaba del manantial de la Salud. Levantado el edificio y el muro de contención de la colina, la fuente desapareció pero no las arterias de agua que siguieron llevando líquido elemento colina abajo. Gorrochategui encontró la reliquia líquida en el número 15 de la calle Autonomía, «en el almacén de carbones de don Pedro Cámara», cuya pared todavía supuraba líquido elemento. para pesadilla del propietario y de la comunidad de vecinos, imaginamos. Una vez allanada la búsqueda por Gorrochategui, nos desplazamos hasta el citado lugar esta misma semana para ver qué podía quedar de todo aquello. Del surtidor original, obviamente, no quedaba absolutamente nada: ni la agencia de viajes ni la peluquería que, actualmente, ocupan los bajos comerciales tienen problema alguno de humedades, así que se confirma la no-resurrección de la fuente. Sí que perviven, en cambio, los recuerdos de algunas personas.

Cuando nos recibieron en la Papelería Casbara situada en el número 11 -aunque durante años tuvieron un almacén en el local del 15 al que Gorrochategui se refiere en su escrito- sus palabras no pudieron ser más elocuentes: «Si hubieras venido 80 años antes, habríamos podido ayudarte», comentaron con la sonrisa en la boca. Efectivamente, ocuparon el local del 15 de Autonomía pero ya en su época no quedaba rastro de la fuente, aunque sí algunas secuelas: «Hace años, descubrimos una estalactitas calcáreas en el almacén actual -en el 11 de Autonomía-, que debían ser fruto de un goteo constante durante años. Eran tan singulares que les sacamos fotos y llamamos a la Sociedad de Ciencias de Aranzadi».

También nos atendió la octogenaria Eladia Gubia, vecina del 15 de Autonomía que lleva viviendo en él desde el año 1939 y moviéndose por el barrio desde su nacimiento en 1924. Ella no llegó a beber de allí, pero es capaz de evocar todos los acontecimientos: cómo caía agua por el muro de los profundos patios que se pueden apreciar desde la calle de la Salud, cómo fue instalada una pequeña fuente en la calle Amara -la que hoy ha sido reconvertida en una escultura- y cómo hace unos años se homenajeó al abrevadero original creando la fontana de los tres leones que se puede apreciar.

El agua blindada

Un siglo atrás, los puntos de abastecimiento de agua y los abrevaderos donostiarras se podían contar con los dedos ambas manos. El cronista donostiarra Siro Alcain escribió que durante la Primera Guerra Carlista, en 1935, se cortó el suministro de agua al San Sebastián amurallado. ¿A dónde acudieron los ciudadanos para saciar su sed? A un lugar de Urgull fácilmente visitable.

Visto desde el exterior parece un fortín de arenisca, uno de los muchos que salpicaban las laderas del monte fortificado. En los últimos meses, han sido varios los lectores que, como Ander Intxausti, se pusieron en contacto con nosotros para saber qué es exactamente esta construcción emplazada junto al aparcamiento del Paseo Nuevo, vecina a los modernos evacuatorios. No es un cubo defensivo, ni un polvorín, sino la llamada fuente de la Atalaya o de Bardocas y se tiene constancia de su existencia desde principios del siglo XVII. Si luce ese aspecto tan aparatoso -mucha pared para tan poco caño- es porque se fortificó para que los proyectiles enemigos no dañaran el surtidor de agua. El hontanar nunca ha dejado de manar líquido elemento, aunque desde hace décadas no está garantizada su salubridad, hecho que ya era avisado con un rótulo que desapareció hace años. Su acceso se nos antoja sencillo, lo que nos obliga a recordar que durante siglos llegar al manantial de Bardocas era una pequeña epopeya a través del primitivo Urgull: el Paseo Nuevo que tan cómodamente nos deposita en este lugar no se hizo realidad hasta 1919.

La curiosidad de los que nos leen no se quedó en los muros y ellos, como nosotros, se cuestionaban qué guarda en el interior la fuente tras esos barrotes oxidados y carcelarios. La verdad: no esconde ningún tesoro ni los restos siquiera de, quién sabe, un soldado carlista, pero algo tiene. Colando la cámara fotográfica a través de los barrotes pudimos fisgonear las entrañas de Bardocas. Llama la atención que, a pesar del tejado a dos aguas, su interior está abovedado como si fuera una ermita románica, y en él crecen varias plantas -agua no les falta, claro-, serpentea una tubería primitiva y destaca un graffiti que reza 'Texeira' que vaya usted a saber cuándo pudo ser dibujado.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos