Un váter mirando a la Meca

Un váter mirando a la Meca

Piden el traslado de los baños de la Mezquita Catedral de Córdoba fuera del oratorio islámico. El cabildo se niega

INÉS GALLASTEGUI

Se imaginan el altar mayor de la Catedral de Burgos convertido en una cafetería para turistas? ¿La capilla real de la de Sevilla, en una tienda de souvenirs? ¿O la pila bautismal de la Seu de Valencia, en el chiringuito de las audioguías? Pues algo así ocurre en la Mezquita de Córdoba, construida como templo musulmán en el siglo VIII y consagrada al culto católico a partir de 1236: los servicios públicos para los visitantes están en el muro de la quibla, uno de los elementos más importantes desde el punto de vista arquitectónico y más sagrados desde la óptica islámica, ya que señala la dirección de la Meca y, por tanto, el sentido del rezo. Los baños llevan ahí al menos dos décadas, pero ahora se han convertido en símbolo de la «invasión abusiva» que la Iglesia, propietaria del edificio desde que en 2006 lo inmatriculó por 30 euros, ejerce en esta joya del arte andalusí. «Tal vez haya un lugar mejor para el retrete», reflexiona José David Luna, representante de la plataforma ciudadana que lucha por restituir la gestión pública del monumento.

Seguro que los arquitectos del Emirato que en el año 785 pusieron la primera piedra del segundo templo más grande del Islam -solo por detrás de la Meca y, desde 1588, la Mezquita Azul de Estambul- no imaginaban que el oratorio, en vez de señalar hacia la ciudad natal de Mahoma, iba a servir para aliviar la vejiga. El secretario de la Junta Islámica de Córdoba, Janif Escudero, se muestra diplomático. Es verdad que la quibla es un lugar especial, resalta, pero su religión no sacraliza los espacios: cualquiera es bueno para rezar. «Colocar unos baños en la quibla es de mal gusto. Para algunos, incluso ofensivo», reconoce, antes de apresurarse a recordar que se trata de un edificio de gestión privada. Escudero aventura que quizá tenga algo que decir la Unesco, que declaró el monumento Patrimonio de la Humanidad en 1984 por ser «uno de los mejores ejemplos de arquitectura religiosa del Islam» y símbolo de la «civilización del Califato».

Para la Plataforma Mezquita Catedral, la ubicación del excusado es el ejemplo más elocuente de la insensibilidad del cabildo hacia este monumento y sus valores protegidos. Pero no es su único motivo de queja. La semana pasada la asociación presentó ante la Junta de Andalucía, competente en la protección del patrimonio histórico, una petición respaldada por 390.000 firmas para que «impida que el Obispado prosiga con su operación de desnaturalización del universal monumento omeya». Así, junto al famoso mihrab de Al Hakam II, en el muro de la quibla, el cabildo ha ubicado un conjunto escultórico dedicado a San Juan de Ávila y un facistol -una especie de atril gigantesco- cuyo «lugar natural es el coro». El gobierno del templo expone de forma «desmedida y desconsiderada» cristos y vírgenes «de escasa calidad artística y nulo sentido de la oportunidad». Otra afrenta, según el informe, es la instalación de belenes navideños en el emblemático bosque de columnas. Y para publicitar sus actividades litúrgicas o culturales, «atornilla» con frecuencia carteles a su milenario muro exterior.

La Iglesia se siente atacada

La denuncia se produce en medio del último tira y afloja en torno a la mezquita. El Ayuntamiento de la ciudad andaluza, gobernado por PSOE e IU, acaba de constituir una comisión histórico-jurídica presidida por el exdirector de la Unesco Federico Mayor Zaragoza para estudiar la posibilidad de que el monumento sea de dominio público. Tanto la plataforma como la Junta Islámica lo consideran un paso positivo.

El cabildo lo ve de otra manera. Primero, el conjunto monumental «nunca ha pertenecido al Estado y es propiedad de la Iglesia católica desde 1236», y así se lo han reconocido, asegura, el Gobierno central y la Justicia. Segundo, su labor de conservación ha sido tan buena que la agencia de Naciones Unidas «elevó la categoría a bien de valor universal excepcional». Y tercero, la creación de esa comisión es «un ataque a la catedral y a la comunidad católica de Córdoba».

«No estamos contra el culto cristiano -replica Miguel Santiago, portavoz de la organización ciudadana-. Pero no queremos que el uso litúrgico se coma el significado histórico, cultural y patrimonial». En cuatro años la única victoria de la plataforma ha sido lograr que el cabildo vuelva a utilizar la denominación Mezquita Catedral, en vez de Santa Iglesia Catedral que antes empleaba en sus folletos. La próxima batalla es que el váter no apunte a la Meca.