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Triste aniversario

La Constitución celebra hoy 40 años bajo serias amenazas regresivas

Alberto Surio
ALBERTO SURIO

La espectacular llegada de Vox al escaparate público expresa con extrema crudeza la aparición en el paisaje político español de una ultraderecha anticonstitucional que intenta combatir algunos de los principios claves de la Carta Magna, que un día como hoy, hace precisamente 40 años, fue aprobada en referéndum, abriendo una dilatada etapa democrática. El rechazo de Vox al Estado de las Autonomías y al Concierto Económico vasco constituye una de las piezas más visibles de una marea regresiva, un retroceso de efectos imprevisibles. Pero en absoluto es la única.

Bajo el paraguas de un nacionalismo español reactivo al independentismo catalán se estimulan respuestas viscerales y patrioteras de muy difícil gestión. La ruptura emocional, la polarización identitaria y la inflamación de los nacionalismos llevan a la negación del 'otro', y de ahí media solo un paso al lenguaje del odio. La radicalización del secesionismo catalán representa un ingrediente esencial en este proceso, y habría que atribuir responsabilidades a quienes por acción o por omisión alentaron ese fuego de las identidades, de todas, en aras a fortalecer sus respectivas estrategias políticas o a tapar sus carencias o sus problemas. La estelada o la rojigualda, por ejemplo, para encubrir la corrupción. La vieja coartada.

Salvando siempre las evidentes distancias en el espacio y en el tiempo, quienes en su momento conocieron la descomposición de la antigua Yugoslavia saben que los primeros elementos en saltar por los aires fueron los lazos creados en torno a la liga federal de fútbol. El ambiente de exaltación en los estadios se convirtió en prácticamente irrespirable y se tardó poco en que todo eso derivase en una dinámica de violencia incontrolable. Solo falta que entre nosotros alguien acerque la cerilla a la mecha junto al bidón de gasolina y que todo prenda fuego y los puentes salten por los aires. Voluntarios para hacerlo no faltan desde luego.

La negación de la diversidad

La negación de la diversidad territorial de España conecta con una vieja mentalidad de regreso a una única identidad castellana, uniforme, exclusivista y católica tradicional, que deja fuera a muchas sensibilidades y al país moderno surgido de la democracia de 1978. Exhibe también la fuerza de un machismo que permanecía agazapado pero que ante la marea feminista del 8 de marzo está saliendo de su madriguera para atacar las reivindicaciones de las mujeres y deslegitimar su causa. Y refleja también la vuelta activa de una homofobia que sigue muy presente en determinados ámbitos y que pone en cuestión todas las iniciativas del colectivo LGTB asumidas desde la mayoría de las instituciones. Algunas conquistas progresistas -que empezaban a ser interiorizadas desde la derecha liberal, a regañadientes, eso sí- y que parecían irreversibles, no lo son tanto. Pensábamos que la vieja caspa reaccionaria había desaparecido. Pues no, encima ha vuelto envalentonada y con nuevos bríos al calor de los miedos de una clase media desorientada ante los profundos cambios sociales.

Vox, ciertamente, no es un partido fascista al uso clásico, según el imaginario de los años 30. Pero sí representa una amenaza y un problema para quienes creemos en una democracia liberal moderna y adaptada a los nuevos tiempos. No es la ultraderecha franquista, pero sí un populismo extremo de nuevo cuño con un potencial muy desestabilizador en la medida en la que condiciona la estrategia de los demás, en especial, de la derecha democrática.

Cuidado, por ejemplo, con ese sentimiento de rechazo a la clase política, convertido ya en segundo problema de España, según la última encuesta del CIS conocida ayer. Porque sabemos perfectamente que esa corriente de aversión hacia la política, por comprensible que resulte la indignación con ciertas élites de poder, también fabrica un caldo de cultivo idóneo para la propagación de las ideas de la extrema derecha.

Quizá habíamos hecho un diagnóstico erróneo de la situación. Pensábamos que los discursos contrarios a la igualdad o a la ideología de género no tenían tanto predicamento. Ahora nos percatamos de que la realidad que se vive es diferente a la que a veces se percibe en la política o en el mundo de los medios de comunicación. Que el rechazo al inmigrante puede crecer como la espuma, incluso, en un sector de las generaciones que se han educado en la España constitucional.

Lo grave y alarmante de todo esto no solo es el hecho en sí de que aflore esta corriente de intolerancia subterránea, que también. Lo más alarmante es que el PP y Ciudadanos den carta de naturalidad democrática a un acuerdo parlamentario con Vox. Lo más bochornoso es que para forzar el 'cambio' en Andalucía y el final del 'régimen' socialista, la derecha democrática vaya a legitimar una opción que está lejos de los estándares democráticos europeos. Como ocurrió en Austria. Que a Pablo Casado no le importe sacrificar unos principios en aras al tacticismo de llegar al poder cuanto antes y como sea resulta bien revelador. Al despreciar el 'cordón sanitario' establecido, por ejemplo por la derecha francesa con el Frente Nacional de Marine Le Pen, los populares también asumen riesgos muy serios. El reproche que se hacía a Pedro Sánchez por ser presidente a toda costa, incluso con el voto de los independentistas catalanes, vuelve al PP con efecto bumerán. Claro que también resulta peligroso abrir en este momento nuevos frentes -como el que pone en cuestión la Monarquía constitucional- que pueden aventar las brasas de los más extremistas. Una cosa es exigir transparencia y otra dar bazas a quienes quieren desestabilizar a toda costa.

Lo patético es llegar a una conclusión: los mismos que reivindican la Constitución se la saltan o se la pasan por el arco del triunfo. Triste aniversario constitucional.

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