El político que quería que le recordaran por acabar con ETA

Alfredo Pérez Rubalcaba, en una imagen de archivo./EFE
Alfredo Pérez Rubalcaba, en una imagen de archivo. / EFE

Suyo fue el mérito de idear la 'vía Nanclares', que terminó por acelerar la desaparición de la organización terrorista

Melchor Sáiz-Pardo
MELCHOR SÁIZ-PARDOMadrid

«A estas alturas, después de 25 años en esto, me da igual lo que digan de mí… que si 11-M, que si Faisán... Lo que sí quisiera es irme de este ministerio habiendo acabado con esta pesadilla, con ETA, para siempre. Y, por primera vez, creo que lo podemos conseguir. Pero hay que ser discretos. Muy discretos». Fueron casi exactamente sus palabras en aquel despacho de la sede del Ministerio del Interior del palacete de Castellana 5 una tarde-noche de otoño de 2009.

Alfredo Pérez Rubalcaba, hundido en aquellos enormes sofás color crema, parecía cansando ese día. En realidad, desde que en abril de 2006 aceptara la propuesta de José Luis Rodríguez Zapatero de volver a la primerísima línea dirigiendo Interior, el enjuto político siempre parecía agotado.

Pero ese día, además, se le veía preocupado. Era como si todo el peso del Estado, con mayúsculas, cargara sobre sus estrechísimas espaldas. Solo algunas horas antes, algunos medios habían empezado a publicar que Rubalcaba había puesto en marcha una arriesgadísima maniobra para golpear a ETA en donde más le dolía, en sus presos, con la intención de acelerar el fin de la banda que todos decían que estaba más próximo que nunca pero que jamás llegaba. Entonces en los periódicos a esa estrategia todavía no se le daba el nombre por el que luego pasó a la historia, 'vía Nanclares'. Pero era eso.

Pérez Rubalcaba había ordenado semanas antes personalmente el acercamiento discreto a las 'cárceles-laboratorio' de Zuera, en Zaragoza y Villabona, en Asturias, de un puñado de presos de ETA que habían dado señales de querer, al menos, alejarse de la disciplina de la banda. Unos reclusos terroristas a los que, siempre por indicación del ministro, se les había insinuado la posibilidad de, incluso, llegar a ser trasladados a prisiones de Euskadi, como la ya desaparecida Nanclares, en Álava, si permitían que se hiciera pública su disidencia.

Madera de estratega

«Ni mucho menos en Instituciones Penitenciarias están todos de acuerdo conmigo, pero estoy convencido de que estos movimientos van a acelerar el fin de ETA. Ya solo les quedan los presos y si cada vez más nombres importantes rompen con la cúpula… pero todavía no es el momento de hacer públicos esos nombres. Todavía no», rogaba Pérez Rubalcaba mientras garabateaba identidades de terroristas… Urrusolo, 'Txelis', 'Tigresa'…

En la cabeza del ministro, del que todos sus conocidos destacaban su capacidad de estratega (y sus enemigos de confabulador), se movían los etarras, como fichas de ajedrez, de un lugar para otro por la geografía carcelaria española. «Esto les va a hacer mucho daño», garantizaba Pérez Rubalcaba.

El ministro todavía entonces, casi tres años después, seguía más que resentido con los terroristas por el atentado de la T4 en Barajas que en diciembre de 2006 echó por tierra, sin previo aviso, la tregua de ETA y las esperanzas de una rápida disolución para la que él mismo había sido nombrado como ministro para gestionar.

«Me nombraron para certificar el fin de ETA y tengo que conseguirlo», llegó a confesar en una segunda charla informal ya a finales de 2010 con la 'vía Nanclares' como argumento central, una vez más.

Y lo consiguió. La tarde del jueves 20 de octubre de 2011, casi dos años exactos del disgusto por el hecho de que se hiciera pública la existencia de su 'vía Nanclares' en la prensa, ETA anunciaba «el cese definitivo de su actividad armada». Rubalcaba ya no era para entonces ministro del Interior. Había dejado el cargo en julio de ese año para convertirse en candidato del PSOE a las elecciones generales que se celebraron en noviembre de 2011.

Pero ese día, el día del 'cese definitivo', su teléfono no paró de sonar para felicitarlo. «Me basta con que alguien se acuerde que pusimos nuestro granito de arena para terminar con ETA», dijo con humildad al teléfono aquella jornada histórica. Eso sí, sabía, aunque no lo dijera, que ese 20 de octubre de 2011, el esperado anuncio de ETA había puesto una guinda insuperable a una carrera política casi sin paragón en la historia de la España moderna.