Rubalcaba recibe un adiós multitudinario y emocionado

Los reyes Juan Carlos y Sofía, Felipe González, el PSOE casi al completo y miles de ciudadanos lloran al exlíder socialista en la segunda jornada de luto en el Congreso

Paula De las Heras
PAULA DE LAS HERASMadrid

Una pregunta recorría este sábado las conversaciones de socialistas de distintas generaciones, reunidos en el palacio del Congreso de los Diputados para despedir a Alfredo Pérez Rubalcaba. «¿A quién vamos a llamar ahora?». El exvicepresidente del Gobierno, exsecretario general del PSOE y exministro del Interior y de Educación, entre otros destacados cargos, era para muchos un referente en el partido, pero un referente cercano, accesible, siempre dispuesto. «El médico de guardia, el 112, el teléfono de la esperanza», resumía consternado el presidente de Extremadura, Guillermo Fernández Vara.

El fallecimiento, este viernes, de un hombre al que prácticamente nadie duda hoy en describir como «de Estado» ha dejado un potente sentimiento de orfandad en su partido, pero también fuera de él. El expresidente del Gobierno, Felipe González, que lo incorporó a todos sus ejecutivos, lo describió bien. «Tengo esa sensación de perder a un amigo y que de pronto se rompa una conversación que merecía la pena continuar, como en los últimos 40 años», dijo con los ojos empañados por las lágrimas. «Lo echo de menos ya y estoy seguro de que lo voy a echar de menos».

Los rostros de los reyes Juan Carlos y Sofía, que acudieron a honrar su memoria a la capilla ardiente instalada en la Cámara baja, después de que el viernes lo hicieran don Felipe y doña Letizia, fueron también elocuentes. El exlíder de los socialistas siempre tuvo hilo directo con el antiguo Monarca y su papel en la oposición para que la abdicación en Felipe VI se produjera sin incidentes fue crucial, tanto como la del entonces presidente, Mariano Rajoy. El agradecimiento, este sábado, fue palpable. Claramente emocionado, el exjefe del Estado expresó su pésame a Pilar Goya, mujer del exlíder socialista y, tras pasar cinco minutos de respetuoso silencio sentado frente a su ataúd, se despidió de él con una inclinación de cabeza.

Los más cercanos a Rubalcaba -autor de la Logse, muñidor de acuerdos clave en el Gobierno y la oposición, actor sustancial en el final de ETA- aseguran que él jamás habría imaginado que a su muerte le rendirían semejantes honores. Y mucho menos que miles de personas harían cola alrededor de la Cámara baja o que irrumpirían en un sonoro y largo aplauso al ver pasar su coche fúnebre. «Siempre había que decirle: 'la gente te quiere más de lo que piensas'», recordaba este sábado la que fuera su número dos y gran amiga Elena Valenciano. «Algo así con alguien que no ha sido presidente, como Adolfo Suárez, sólo lo recuerdo con Tierno Galván», apuntaba otro veterano.

Unidos por un día

Quizá sea un espejismo o flor de un día, pero lo cierto es que el experimentado político, dedicado ya en los últimos años a su otra gran pasión, la enseñanza, logró este sábado lo que no pudo conseguir en vida, la unidad de su formación. Porque apenas faltó un socialista en el Congreso. Que aún hay heridas abiertas entre el PSOE clásico, al que Pedro Sánchez se enfrentó en la batalla por la secretaría general, es obvio. Por eso este sábado también fue posible oír un sentido lamento: «Esto certifica el fin de una época y de una forma de entender la política». Sin embargo, incluso los más críticos admitieron que no es posible poner un 'pero' al comportamiento de la actual dirección en estos días.

El viernes, Pedro Sánchez decretó 28 horas de luto oficial, suspendió por el mismo tiempo todos los actos de campaña para las elecciones del día 26, hizo colgar de la sede de Ferraz una gigantesca fotografía de Rubalcaba con un «gracias, Alfredo» y habilitó un libro de condolencias. Este sábado, de nuevo, se mantuvo en todo momento, como otros miembros destacados de su ejecutiva y su Gobierno, en el Salón de los Pasos Perdidos, donde la jornada anterior se había instalado el féretro de su antecesor cubierto por la bandera de España y la del PSOE.

El jefe del Ejecutivo en funciones incluso se acercó a saludar específicamente a dos veteranos que de manera evidente habían buscado esquivarle, Alfonso Guerra, que en no pocas ocasiones ha expresado sus recelos hacia la política de Sánchez con Cataluña, y Manuel Chaves, que, convocado por la exportavoz del Gobierno Rosa Conde, acudió junto a un nutrido grupo de ministros de González -Pedro Solbes, José Barrionuevo, Joaquín Almunia, Matilde Fernández, José Luis Corcuera, Consuelo Rumí, Narcis Serra, Luis Atienza y Ángeles Amador- a despedir a su excompañero.

Estaban distanciados, pero Sánchez era perfectamente consciente de la valía de Rubalcaba y por eso el pasado diciembre le llamó para proponerle ser el candidato del PSOE a la alcaldía de Madrid. «No, gracias», fue su respuesta. «Era el mejor y había que intentarlo», justificaban días después en la dirección socialista. No habría sido raro, por otro lado, que a la larga hubiera habido reconciliación. En su carrera, el veterano político tuvo muchos enemigos internos que luego acabaron siendo amigos y que acudían a él para pedirle consejo. Fue el caso, por ejemplo, de la expresidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz, con quien estuvo enfrentado en los congresos de 2012 (el que él ganó a Carme Chacón) y 2014 (el que Sánchez ganó a Eduardo Madina) y con la que ahora mantenía largas conversaciones telefónicas.

Los reyes Juan Carlos y Sofía, junto a la presidenta del Congreso y el presidente del Gobierno en la capilla ardiente de Rubalcaba. / EFE
«Soy el presidente, acompáñeme»

No era fácil para Alfredo Pérez Rubalcaba pasar desapercibido, pero él lo intentaba. En los restaurantes solía pedir el lugar que le dejara de espaldas a la mayor parte del local y si la mesa estaba en un lugar reservado, mejor. No quería episodios desagradables, aunque rara vez sufrió alguno. Era más habitual que los comensales o aquellos que se cruzaba por la calle se le acercaran a felicitarlo. Al menos, en los últimos años. Lo mismo ocurrió este sábado en la segunda jornada de su capilla ardiente en el Congreso. Casi 8.000 personas pasaron por el Salón de los Pasos Perdidos para firmar en los libros de condolencias o dejar rosas junto a su ataud. Y entre todos ellos, una única salida de tono. «No me muevo de aquí hasta que no venga el presidente del Gobierno o la ministra de Defensa», dijo un hombre a voz en grito en mitad del velatorio tras arrojar unos papeles al aire. Fue el jefe del Ejecutivo, Pedro Sánchez, el que, antes de que la Policía tuviera tiempo de reaccionar, tomó cartas en el asunto. Se levantó de su silla y con tono amable dijo: «Soy el presidente del Gobierno, acompáñeme». Sin forcejeo alguno, ambos se dirigieron, acompañados de seguridad, a una sala cercana. Y el asunto quedó en incidente sin consecuencias.

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