Un pecado capital

Un hombre coloca sacos de arena en un dique para reforzarlo, el 31 de mayo de 2008, en el norte de Yakarta (Indonesia). /EFE
Un hombre coloca sacos de arena en un dique para reforzarlo, el 31 de mayo de 2008, en el norte de Yakarta (Indonesia). / EFE
Alba Carballal
ALBA CARBALLAL

Que Indonesia haya decidido trasladar la capitalidad del país a una ciudad de nueva planta que comenzará a construirse a finales de 2020 resulta significativo si lo interpretamos en el contexto de una sociedad global de consumo y plexiglás. A diferencia de la Brasilia de los años cincuenta, cuyo objetivo era combatir 'el Brasil vacío' -que Sergio del Molino me perdone- atrayendo población hacia el interior del país, este proyecto es una huida hacia delante: borrón y cuenta nueva para escapar de la contaminación, la superpoblación y las inundaciones de Yakarta, que se hunde a razón de 20 centímetros anuales.

Las promesas de alivio para la vieja capital flaquean a la luz de los datos: la nueva ciudad tendrá capacidad para albergar a un millón y medio de personas -al poder administrativo y a los afortunados que puedan pagarlo-, frente a los treinta que pueblan el área metropolitana de Yakarta. Por supuesto, la capital sin nombre crecerá, pero no al ritmo necesario para salvar una urbe que se hunde en el mar de Java un metro cada lustro. Las ideas para mejorar una metrópoli ya inhabitable, más allá de esta supuesta descongestión, son más bien débiles: mejorar algunas infraestructuras y arreglar las tuberías. Ni siquiera existe un plan urbanístico verde, de esos que luego se quedan a vivir en la eternidad del papel. Nada.

Obviemos el hecho de que la nueva capital se vaya a levantar en una de las mayores reservas de biodiversidad del planeta, la isla de Borneo, que ya bastante tiene con los incendios forestales. Olvidemos también el coste ecológico de construir una ciudad desde cero. Quedémonos sólo con las declaraciones de las autoridades indonesias, que dan cuenta del cortoplacismo de la propuesta: «Queremos una ciudad moderna y ecológica que sirva como capital por al menos un siglo». Un siglo. Y ya se pillan los dedos.