Miles de civiles huyen de la batalla por Trípoli

Miles de civiles huyen de la batalla por Trípoli
Efe

Los combates se intensificaron al sur de la ciudad y el Ministerio de Sanidad elevó a 35 las personas fallecidas y a más 40 las heridas

MIKEL AYESTARAN Corresponsal en Jerusalén

Las armas hablan y los civiles huyen de Trípoli. Se escuchan explosiones, de momento alejadas del centro, donde «las calles están vacías, no hay casi ni colas ante las gasolineras, pero a diferencia del cierre general del domingo, algunas tiendas, bancos, cafeterías y escuelas están abiertos», relata la investigadora Hala Bugaighis, directora del Jusoor Center for Studies and Development, desde el centro de la capital de Libia, en el punto de mira de las tropas del mariscal rebelde Jalifa Haftar desde el jueves. Los combates se intensificaron al sur de la ciudad y el Ministerio de Sanidad elevó a 35 las personas fallecidas y a más 40 las heridas.

La agencia de la ONU para los refugiados (Acnur) expresó además su «preocupación» por las más de 2.800 personas que se han tenido que desplazar fuera de sus hogares debido a la intensidad de una lucha que, por el momento, se concentra en el sur de la ciudad. El organismo internacional pidió a los beligerantes «garantizar la seguridad de todos los civiles» así como un acceso humanitario «permanente» en una jornada en la que, debido a la gravedad de la situación, informó de que sopesa la posibilidad de suspender la conferencia nacional que tenía previsto organizar el día 15 para acordar una hoja de ruta entre las dos partes en conflicto.

«Está claro que la parte que logre controlar a todos los grupos armados de Trípoli tendrá el control del país, pero no creo que esta sea la última de todas las batallas que nos esperan. Trípoli no es Bengasi, el poder y el dinero están aquí y convierten a esta lucha en una lucha existencial», apunta Bugaighis, para quien la gran pregunta es «cuánto durará esta operación y cuál será el precio a pagar en vidas humanas y propiedades» y que pide «apoyo sincero a la comunidad internacional, no solo mensajes políticos que no respetan ninguna de las partes».

La ONU respalda al débil Gobierno de Acuerdo Nacional (GNA), del primer ministro Fayez Serraj, que militarmente depende de una amalgama de milicias entre las que destacan las de ciudades como Misrata o Zawiya para la defensa de la capital. Haftar, excoronel del régimen de Muamar Gadafi que en la década los ochenta fue reclutado por la CIA y devino en su principal opositor en el exilio, está al frente del autodenominado Ejército Nacional Libio (ANL) y por primera vez desde el inicio de la ofensiva empleó la aviación. Uno de sus cazas atacó el aeropuerto de Mitiga, el único operativo en la capital, cuando había aviones con pasajeros en la pista. Fuentes militares citadas por el canal Al-Ahrar informaron de que los ataques aéreos se dirigieron al perímetro del aeropuerto y no al interior de las instalaciones. Las autoridades de Trípoli decretaron su cierre de forma indefinida y suspendieron todos los vuelos.

«Este bombardeo es toda una señal porque Haftar sabe que quien controle el aire tiene esta guerra ganada», piensa el analista libio Mohamed Elganga, quien recuerda que el mariscal cuenta con el respaldo militar de Egipto, Arabia Saudí o Emiratos Árabes Unidos. Para Elganga, «no se puede olvidar que Libia se ha convertido en un campo de batalla político y religioso entre estos tres países que respaldan a Haftar, y los Hermanos Musulmanes, apoyados por Catar y Turquía, que cuentan con varias milicias en Trípoli a su servicio». Una guerra en la que los libios son peones en un tablero delicado en el que la inestabilidad amenaza a la exportación de petróleo o puede alentar la emigración hacia Europa, las dos grandes preocupaciones de la comunidad internacional.

El poder de las milicias

Desde el derrocamiento de Gadafi en 2011, los libios viven en un país controlado por mil grupos armados diferentes. Faraj Al-Jarih, periodista local y activista, opina que «lo más importante es pensar en el futuro de este país sin milicias, con instituciones que puedan trabajar sin la presión del chantaje o la amenaza de las armas, que puedan restaurar la seguridad y a la estabilidad económica como pasos previos que faciliten un clima político sin miedo». Al-Jarih dibuja la situación en Trípoli como la de una ciudad «controlada por un centenar de grupos armados extremistas que solo son fieles a la persona que les paga, no al país».

Este es el argumento que emplean los medios próximos al ANL para justificar el asalto a la capital, una operación que avanza pese a los llamamientos de alto el fuego lanzados por Estados Unidos o la Unión Europea y la petición de una tregua humanitaria por parte de la ONU. El propio Haftar presentó su ofensiva como «el momento de limpiar la capital de terroristas y mercenarios».