POR EL GUSTO DE DEBATIR CONTIGO

Muere a los 79 años el periodista Mariano Ferrer

Lourdes Pérez
LOURDES PÉREZ

Me entero de que te has ido por Twitter, que es como ahora nos enteramos los periodistas de las noticias de última hora, aunque estemos en redacción y aunque tú siempre pareciste recelar de las redes sociales y otras modernidades que hoy transforman nuestro viejo oficio. Ese viejo oficio del que te despegaste, amándolo tanto, cuando creíste hace unos años que ya bastaba. Que pasados los 70 -naciste en San Sebastián en el seno de una familia numerosa un año tan terrible e inolvidable como 1939- era tiempo de hacer otras cosas. Esas cosas que para 'los de la Prensa' son sinónimo de vivir dejando de ser 'yonkis' de la información, dejando de ser adictos a la curiosidad sin freno. Te reinsertaste en esa vida civil lejos del papel, de los micrófonos y de las cámaras, aunque no tanto como para que no regresaras de cuando en cuando a alguna mesa redonda o para que no le dedicáramos un rato a la política -fue solo un rato, y muy escéptico- la última ocasión en que compartimos un trayecto en coche. La última vez que hablamos fue hace algo más de un mes, cuando me avisaron de tu achuchón, que no parecía tan irreversible como ha acabado siendo. Luego nos cruzamos llamadas, sin éxito, un día por una cosa y otro día por otra. Y lo lamento, mucho, esta tarde en que me sobrecoge la noticia de tu muerte.

Tu biografía es tan conocida como la de todos aquellos que han consumido media existencia y algo más dando la cara, en el periodismo o por las causas en las que creías. Fuiste una referencia -también una mosca cojonera, no vamos a engañarnos a estas alturas- desde la atalaya en las ondas de Radio Popular, en periódicos que viajaron de 'Egin' a 'El Mundo' y en la radiotelevisión pública vasca, que fue donde nos cruzamos ya en la edad tardía -la tuya, no la mía, si me permites la chanza final- y donde nuestro primer contacto fue una discrepancia en antena sobre alguno de los monotemas recurrentes del país en aquellas tertulias de los viernes en las que Dani Álvarez nos emparejó junto a Pedro Ugarte. Te adornaba una de las mejores virtudes que puede llegar a alcanzar un periodista: había que escucharte incluso a sabiendas de que podía no gustar lo que ibas a decir. Fue un estímulo incomparable tenerte al lado o enfrente por el simple y epidérmico gusto de debatir contigo. Y en los momentos en los que las polémicas fueron tan francas como rotundas, quedó un lugar para un intercambio de sonrisas y ese café siempre pendiente que ya no nos tomaremos. Descansa en guerra, Mariano.