La derecha, una bomba de relojería

La irrupción de Vox moviliza al electorado en los últimos días de campaña: se prevé una participación superior el 70%

Simpatizantes de Vox. /EP
Simpatizantes de Vox. / EP
Alberto Surio
ALBERTO SURIOSan Sebastián

Si todas las elecciones encierran una sorpresa, el 28 de abril guarda unas cuantas. La primera es bien previsible, pero aún se desconoce qué magnitud puede tener. Es la irrupción de Vox, un terremoto cantado. Se ha convertido en el fenómeno de moda, en el factor rupturista y antisistema en la derecha española. Recibe nuevo voto joven conservador y una franja sociológica de la tradicional familia popular está a punto de embarcarse en la nueva aventura que la fractura en canal. Ya lo advirtió alguna vez Mariano Rajoy en un entorno privado: «No se valora el enorme esfuerzo que está haciendo mi partido por contener el nacionalismo español». Pues así es, este nacionalismo sale en tromba generacional y con ganas de revisar el sistema político constitucional del 78.

En el Gobierno, a día de ayer, se calculaba una relevante movilización, superior al 70% e incluso a la alcanzada en 2016. También se observa una consolidación del voto, pero la otra cara de ese aumento es arriesgada y puede reflejar una entrada en escena espectacular de Vox, mayor de la que se espera. Como todo tiene consecuencias, esta pulsión refuerza el eje derecha-izquierda, que, al parecer, resiste la tromba identitaria.

El probable vuelco de Vox se produce, además, en un contexto en el que el PP y Ciudadanos libran una batalla fratricida por la futura recomposición del centro-derecha. Albert Rivera respondió ayer a las críticas de Pablo Casado. El duelo aporta una fuerte dosis de acidez a lo que parecía una luna de miel entre ambos. Los mensajes de ayer intentan blindar una futura coalición de gobierno. Pero este compromiso solo se activaría, lógicamente, en el caso de que el centro-derecha sumase y, en todo caso, necesitara los escaños de Vox para gobernar. Si no, saltaría por los aires. Toda una bomba de relojería.

El pulso ha tenido como botones de muestra el fichaje del expresidente de Madrid, Ángel Garrido, convertido en el episodio final de la última temporada de una serie televisiva. De la caída de Cristina Cifuentes a la 'venganza' urdida en silencio. Un trama perfecto para el mejor guionista. El abandono de la militancia en el PP de Beatriz Marcos, concejal de Bilbao durante dos décadas y crítica con el giro conservador del partido, es el último retrato vivo del malestar acumulado entre los populares vascos con la línea de Casado.

Pero las sorpresas no se intuyen solo en el centro-derecha. La amenaza política que representa Santiago Abascal puede provocar de rebote un revulsivo en la sociología del centro-izquierda para evitar, precisamente, que se repita la desmovilización andaluza. El PSOE cruza los dedos. El último manifiesto de intelectuales y artistas reclamando la movilización electoral «contra los odios de las mentiras reaccionarias», sin pedir el voto a ninguna sigla, es la punta del iceberg. Que este texto lo firmen algunos escritores que en su día apoyaron a Rivera resulta cuando menos llamativo. Toda una crónica de desamor.

Mientras tanto, Pablo Iglesias cree que su remontada va a ser la gran sorpresa, «a pesar de los poderes económicos», e insiste en criticar a Pedro Sánchez porque, reitera, está más cerca de Ciudadanos que de un gobierno de izquierdas. Iglesias ha encontrado en esta recta final un filón de ataque para cortar la corriente de voto útil. Los futuros pactos sirven como última munición en estas horas finales. Presagian semanas de pasión y fuego cruzado. La nueva campaña, a la vuelta de la esquina.