Koldo Aguirre, adiós al rojiblanco total

Koldo Aguirre. /M. Cecilio (El Correo)
Koldo Aguirre. / M. Cecilio (El Correo)

Con su muerte a los 80 años el Athletic pierde a una de sus últimas leyendas, un hombre que lo fue todo en el club durante sesenta años: jugador, capitán, entrenador, coordinador de Lezama y embajador

Jon Agiriano
JON AGIRIANOBilbao

Futbolista entre 1957 y 1969, capitán del equipo, entrenador durante tres temporadas, responsable de Lezama a principios de los noventa, embajador del club... Koldo Aguirre (Sondika, 27 de abril de 1939), que acaba de fallecer a los ochenta años tras una larga enfermedad, lo fue todo en el Athletic. Y todo lo hizo bien, a su manera, con una mezcla muy particular de talento, visión de futuro, entusiasmo y un delicioso escepticismo irónico que hubiera debido patentar como remedio contra grandilocuentes y maximalistas. Su muerte deja en el club un vacío que sólo podremos llenar recordándole como se merece. Se va uno de los grandes, una de las últimas leyendas que queda de una época gloriosa del Athletic. Y desde luego se va, con el respeto y la admiración de todos los que le conocimos, un auténtico hombre de fútbol que supo escribir la historia de su club durante más de sesenta años.

Cada generación de aficionados rojiblancos recuerda a Koldo desde una perspectiva diferente. Para los más viejos, siempre fue el chavalín de 19 años que formó parte de los 'once aldeanos', los héroes de la Copa de 1958. Para quienes rondan ahora la edad de jubilación fue ese centrocampista de clase que dio lustre al Athletic durante buena parte de la década de los sesenta. En sus mejores tiempos, de hecho, San Mamés le conocía como 'el fielato' porque todo el buen fútbol del equipo pasaba necesariamente por sus botas. Para los que estamos en la cincuentena fue el entrenador de las dos finales de 1977, es decir, el autor intelectual de uno de los equipos que mejor ha jugado al fútbol en la historia del club. Para el resto fue el coordinador de Lezama que acabó siendo también embajador rojiblanco por todas la peñas del mundo. Y es que, como a su amigo José Ángel Iribar, a Koldo Aguirre también le tocó trabajar haciendo de Koldo Aguirre.

Su historia comenzó en Sondika, en los años de la postguerra. Los niños jugaban entonces en la carretera general que cruzaba el pueblo, donde los coches pasaban muy de tarde en tarde. Había dos equipos, el de la herrería y el de la estación. Koldo jugaba en el primero. Era el del negocio familiar. Pronto comenzó a destacar y a convertirse en lo que siempre fue, por mucho que la palabra que mejor le definió como futbolista tardara años en inventarse: un jugón. Tras verle en un torneo de Acción Católica con el Sondika, un ojeador del Getxo le propuso hacer una prueba. Koldo se presentó al cabo de unos días. Sólo jugó un tiempo, pero fue más que suficiente. Le preguntaron si quería fichar y contestó que sí.

Tomaba las decisiones por su cuenta, sin consultarlo a nadie. Siempre tuvo las cosas muy claras. De hecho, tampoco pidió opinión en casa cuando fichó por el Athletic. Fue uno de los días más felices de su vida. Se presentó en las oficinas de Bertendona con un directivo del Getxo y firmó su contrato. Era la ficha estándar por cinco años que el club ofrecía a las nuevas incorporaciones. En los dos primeros pagaba 70.000 pesetas, más un sueldo mensual de 5.000. Pasado ese tiempo, a los jugadores que pasaban la criba les subían a 125.000. Algo bueno debieron de ver los técnicos en Koldo Aguirre porque le hicieron esa subida nada más acabar el primer año.

Le vieron clase, determinación...

on toda seguridad, le vieron clase, determinación y esa intimidad con la pelota que sólo muestran quienes están enamorados de ella. Si queremos valorarlo como se merece debemos tener en cuenta, además, que aquel chico de Sondika no había aterrizado en un Athletic cualquiera. Todo lo contrario. Ingresó en un equipo mítico que acababa de ganar un doblete y cuyo once inicial se había aprendido de memoria media España. Todavía hoy puede hacerse la prueba. Repite usted en voz alta en una calle de Madrid los nombres de Carmelo, Orue y Garay y cualquier aficionado mayor de setenta años le recitará de corrido el resto de los jugadores hasta acabar en Gainza. No era fácil entrar en ese vestuario de leyendas andantes, pero Koldo Aguirre lo hizo con naturalidad. A los pocos días, ya parecía que llevaba allí toda la vida. De hecho, más allá de tener que ocupar los asientos traseros del autobús y atiborrarse a biodraminas para evitar los mareos en aquellos trayectos eternos, no tuvo que pagar más peajes ni novatadas.

Bien mirado, tampoco hay que extrañarse. Los grandes futbolistas tienen un sexto sentido para descubrir a los escogidos que son de su especie. José Luis Artetxe tardó muy poco en entender que podía tener un gran aliado en aquel chaval cuyo descaro con la pelota llamaba la atención. En una larga entrevista que le hicimos en EL CORREO en 2011, Koldo explicaba muy bien la verdadera razón de esa seguridad en sí mismo que siempre le distinguió. Él, sencillamente, disfrutaba del fútbol como un niño. En el fondo, a lo largo de su vida no dejó de jugar un mismo partido eterno con el equipo de la herrería contra el de la estación. «Yo no he estado nervioso por jugar nunca. Por no jugar algunas veces, pero por jugar nunca. Me encantaba. Yo eso de la presión del futbolista me lo tomo a cachondeo. ¡Qué presión ni qué leches!».

Pueden parecer palabras un poco exageradas, con un cierto poso de petulancia. En el caso de Koldo Aguirre, sin embargo, tienen todo el sentido y la mayor sinceridad. Debemos de tener en cuenta que la final de Copa de 1958 fue su noveno partido oficial como rojiblanco. Vamos, que quedó curado de espanto muy pronto. De hecho, no volvió a jugar un partido de una semejante entidad. En todo caso, los vivió como entrenador, consumido entonces sí por los nervios en el banquillo, en las finales perdidas de la UEFA y la Copa de 1977. Pero el título de Copa en el Bernabéu lo supera todo por la grandeza del rival –el Real Madrid campeón de Europa de Di Stéfano– y por las circunstancias que lo rodearon. Como ya es de sobra conocido, por orden de las autoridades franquistas hubo que jugar la final en Madrid y la Federación ofreció el Metropolitano. Los jugadores rojiblancos, sin embargo, pensaron que el campo del Atlético se quedaba pequeño para su afición y decidieron que, puestos a ganarle al Madrid, mejor hacerlo en su propio estadio.

Koldo Aguirre tuvo que rememorar infinidad de veces aquella gesta. «Estaba muy tranquilo, pero como era el jovencito del equipo el presidente y los directivos pensaban que tenían que tranquilizarme y no paraban de entrar al vestuario para decirme que no estuviera nervioso. Y de tanto decírmelo me empezaron a poner nervioso. De hecho, tuve que decirle al míster que no les dejase entrar. Luego, al saltar al campo, recuerdo que me impresionó nuestra afición. Ves a toda esa gente, todas esas banderas, y piensas que no les puedes defraudar. Piensas mucho más en ellos que en ti mismo. Ganamos bastante fácil, la verdad. Metimos el primer gol pronto y luego manejamos bien el partido. Yo marcaba a Di Stéfano por delante y Etura por detrás. Recuerdo que, en un momento del partido, se acercó a mí y me dijo: 'Pibe, deja de marcarme, que tú juegas bien al fútbol'».

Era un placer escucharle

Escucharle contar aquellas historias era un placer que a algunos periodistas nos hizo sentir unos privilegiados. Koldo Aguirre fue siempre un gran narrador, con una forma muy peculiar de enfrentarse a la memoria. De un modo natural, inconsciente, se prohibía a sí mismo cualquier exceso de nostalgia o presunción. Y no se trataba de descreimiento. Él nunca dejó de amar el fútbol. A Messi le admiraba como un colegial y, ya con la salud deteriorada, era capaz de verse cuatro partidos un sábado por la tarde. Tampoco se trataba de falsa modestia porque nunca le faltó el orgullo de los buenos jugones. A este respecto, hay una anécdota impagable. Un futbolista de los años noventa –dejémoslo en el anonimato– se acercó a él un día para informarle, muy ufano, de que ya había jugado más partidos que él en el Athletic. Koldo le dedicó una mueca irónica y le dejó planchado con su puntualización. «No. No te confundas. Tú sales al campo. Jugar, jugaba yo».

Esta era su personalidad. Nunca le faltó una especie de lucidez irónica que, probablemente, le viniera de su padre, del que nunca, ni siquiera cuando llegó a internacional, escuchó un elogio y sí, en cambio, bastantes comentarios mordaces. O tal vez fuera que Koldo nunca olvidaba la naturaleza azarosa del fútbol, un juego tan lleno de casualidades y paradojas como para que él, tras haber ganado su primer título en su noveno partido con el Athletic ya no volviera ganar otro más en el campo, aunque pudo celebrar la Copa de 1969. O como para que su acierto al elegir el color de una moneda le diera la clasificación a su equipo en un histórico partido europeo contra el Liverpool en Anfield.

Durante su carrera en el Athletic, que deja una primera radiografía de 296 partidos y 64 goles, le tocó vivir una de las transiciones más duras de la historia del club. Y lo hizo con resignación y paciencia. Eso sí, un día no pudo disimular su hastío por el mal juego del equipo y se ganó una multa del club por imitar que disparaba con una escopeta a un balón que le pasaba de nuevo volando por encima de la cabeza. Recordando aquellos primeros años sesenta, Koldo solía reírse de lo mal que jugaban fuera de casa y celebraba que entonces no hubiera televisión. Pero fue feliz en el Athletic, desoyó un par de ofertas del Real Madrid y se acabó convirtiendo en la figura paterna de las jóvenes promesas que acabaría dando de nuevo vuelo al equipo: Txetxu Rojo, Fidel Uriarte, Antón Arieta, Clemente... En 1969, dejó el club. Vivía un momento malo. La grave enfermedad de su hermano Iñaki, tercer portero del Real Madrid, le estaba consumiendo. Ya no era titular y quiso cambiar de aires. Fichó por el Sabadell, pero sólo jugó tres partidos. La leucemia acabó con su hermano y él colgó las botas. Volvió a casa y se casó.

Alguien con su carácter y su visión del fútbol estaba condenado a ser entrenador. Y no uno cualquiera sino uno de esos que contagian su estilo y su buen gusto a sus equipos. Empezó con el Erandio y siguió con el Villosa de Llodio y el Alavés en Tercera División. Luego entró en Lezama. En 1975 dirigió al Bilbao Athletic y al año siguiente cogió al primer equipo.Aquel Athletic de las finales perdidas de 1977 fue su gran obra, la cima de una carrera como técnico que continuó en el Hércules y en el Valencia. «Siempre tuve la intención de que mis equipos jugaran bien. Fue una pena que no lográramos algún título porque yo no he visto nunca jugar al Athletic como jugamos aquel año», dijo una vez. Tenía toda la razón. Y siempre le dolió la injusticia de los títulos esquivos, una pena íntima que revivió en la primera temporada de Bielsa. Cuando le hablabas del partido de vuelta contra la Juventus nunca dejaba de acordarse de Linemmayer, el árbitro. Años después se lo encontró comiendo en un restaurante de Bilbao –había venido como delegado de la UEFA– y no pudo contenerse. Se levantó de la mesa y le dijo exactamente lo que pensaba de él.

Koldo Aguirre regresó al Athletic en 1990 como responsable de Lezama. Estuvo cuatro años y vio nacer a una nueva generación de jugadores. Luego regresaría como embajador del club. Durante años, hasta que la enfermedad le retiró, el y su amigo José Mari Argoitia han representado al Athletic en innumerables actos y han visitado infinidad de peñas. A Koldo, rojiblanco total donde los haya, nunca dejó de emocionarle el amor a los colores de los peñistas de fuera. A nosotros, a todos los que le conocimos y apreciamos, a tantos y tantos que nos acercábamos a él como uno se acerca a un maestro, nos emociona ahora recordarle.