Cosas más importantes que la marca

Antxon Blanco
ANTXON BLANCOSan Sebastián

La Behobia San Sebastián ofrece cosas que la hacen muy diferente a otras carreras. No solo por ese pelotón gigante que año tras año se da cita en un asfalto entrañable donde brotan miles de historias humanas que van tejiendo amistades, complicidades, afectos, camaraderías. Con el tiempo ha ensanchado el escenario para dar visibilidad a esas personas que pelean por mejorar la sociedad a través de diversas iniciativas. Este nuevo 'mecenazgo' engancha a esa otra población no deportiva que desea convertirse por unas horas en seguidor, que con su presencia y aplauso intenta devolver, de esta forma tan simple, la generosidad que aprecia desde esas acciones o desde la organización.

El calor que desprende la Behobia llega a los atletas, incluso a los profesionales. No son los pocos los casos que han renacido a la vera del aplauso sincero. Han retomado su trayectoria después de sanarse con un podio de la Behobia. Están tan agradecidos que regresan ya en su jubileo. Chema Martínez, cuatro txapelas, es un ejemplo. Ahora 'acompaña' a colegas o vips. Ayer le vimos con el cantante donostiarra Mikel Erentxun. O es brutal ver las lágrimas de Carles Castillejo, ganador de 2015 a 2017, que tras una grave lesión ayer volvió a sentirse corredor (1h15 su tiempo) y en su dorsal rotuló la frase 'Gracias Behobia'. Castillejo no podía contener la emoción en meta. No imaginaba que el público le animaría con la misma fuerza que cuando otros años iba en cabeza. Y así fue.

Pero no fue menos emocionante ver al protagonista Jaume Leiva, otro hombre que ha bebido del cáliz de la casi inmortalidad que otorga esta carrera, cómo renunciaba a batir el récord prefiriendo agradecer al público, transmitir su felicidad, lanzar besos, chocar palmas... mientras los segundos caían en el Boulevard y se esfumaba la plusmarca. Pero como él dijo: «Me quedo con la gente antes que con las marcas».

Igual de gratificante resultó compartir minutos con la heroína del maratón de Boston 1967, Katherine Switzer. Se ganó a todos con su cercanía y empatía. Aplaudió como la que más. Ayudó. Se hizo decenas de fotos. Siempre sonriente. Y la vencedora Aroa Merino le regaló el trofeo de la farola de La Concha. Todo un detalle.

 

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