La noche en que la 'italiana' quiso huir

Una escena del estreno de 'La italiana en Argel' en el Victoria Eugenia en 1992, con participación del Coro Easo. / USOZ
Una escena del estreno de 'La italiana en Argel' en el Victoria Eugenia en 1992, con participación del Coro Easo. / USOZ

La misma ópera de este año triunfó en 1992, pero el estreno estuvo a punto de naufragar | El exdirector de la Quincena, José Antonio Echenique, revela la crisis vivida hace 26 años con la dimisión del elenco de 'La italiana en Argel'

Mitxel Ezquiaga
MITXEL EZQUIAGA SAN SEBASTIÁN.

«Esa noche pensé que perdía el puesto: fue uno de mis peores momentos en mis más de treinta años como director de la Quincena». José Antonio Echenique rememora hoy con una sonrisa las dramáticas horas que vivió en 1992 con el montaje de 'La italiana de Argel' producido por la ópera de Montecarlo y dirigido por Pier Luigi Pizzi.

Al final la función fue un éxito y pasó a la historia como uno de los grandes momentos en la historia del festival donostiarra, pero Echenique aún se pone nervioso al recordar el momento, en vísperas del ensayo general, en que recibió la carta en la que todo el elenco artístico anunciaba que se iba de San Sebastián y dejaba a la Quincena compuesta y sin ópera con todo el taquillaje agotado. La 'italiana' se fugaba al completo.

Una comedia de enredo

Parece una de esas comedias de enredo que tanto gustaban al propio Rossini, autor de la partitura. Con fidelidad al epicúreo espíritu rossiniano, la crisis se solucionó con la gastronomía. «Una comida en Akelarre con el director musical, Bruno Campanella, y los oficios del recordado Elías Elorza, entonces gerente de la Orquesta de Euskadi, salvaron la ópera. La cocina de Pedro Subijana fue la receta mágica», enfatiza Echenique, director del festival durante tres décadas y hoy asesor y cronista de la historia viva de la Quincena.

Una comida en Akelarre con el director musical, Bruno Campanella, frustró la rebelión

Es un relato que sirve para calentar motores ante la nueva versión de 'La italiana en Argel' que vuelve a Donostia este sábado, 11 de agosto, y el lunes 13, como una de las grandes citas de la 79 edición. En esta ocasión se conmemoran los 150 años de la muerte en París del compositor Gioachino Rossini. En la Quincena de 1992 se celebraban los 200 años de su nacimiento en la ciudad italiana de Pésaro.

José Antonio Echenique recuerda bien aquel 1992. «Rendíamos homenaje al gran Francisco Escudero, que cumplía 80 años, y al enorme Rossini. Optamos por representar 'La italiana en Argel' con una estupenda producción del Teatro de Montecarlo dirigida por el veneciano Pier Luigi Pizzi, uno de los grandes de la dirección escénica en Europa. Fue una estupenda colaboración que se prolongó el año siguiente con una 'Traviata' en la que debutó Ainhoa Arteta».

Bruno Campanella, director musical del teatro Regio de Turín, llevaba la batuta del montaje de Donostia con un elenco de primer nivel en el que figuraban Simone Alaimo, Rockwell Blake o Martine Dupoy, «más la ejemplar aportación de los hombres del Coro Easo, dirigidos entonces por Xalba Rallo, tanto en su calidad vocal como escénica».

El Victoria Eugenia acogía la producción porque aún faltaba casi una década para que el Kursaal fuese una realidad.

Los ensayos transcurrían con aparente normalidad hasta que, solo unas horas antes del ensayo general, José Antonio Echenique recibió en su despacho una carta manuscrita con el membrete del hotel María Cristina y firmada por el propio Pizzi, Campanella y las principales voces. «En la misiva decían que se iban de San Sebastián y que abandonaban la ópera porque no estaban de acuerdo en las condiciones en que se estaba realizando». A Echenique se le cayó el mundo encima. «Al parecer, había desacuerdos con algunos músicos de la Orquesta de Euskadi. No es fácil tocar a Rossini y la OSE aún tenía solo diez años de existencia. En los ensayos algún músico se enfrentó a Campanella y el equipo artístico decidió que se iba».

Recuerda el exdirector de la Quincena que estuvo hasta la madrugada «dando vueltas con Elías Elorza, gerente de la sinfónica vasca, y el intendente de la formación, Jesús Aguirre, buscando una solución». «Yo pensaba que me echarían: sin ópera, solo días antes del estreno, con las dos funciones vendidas».

La mano de Subijana

Echenique y Elorza optaron por la solución gastronómica. «El día siguiente invitamos a comer en Akelarre a Bruno Campanella. Hasta le ofrecimos la posibilidad de que su orquesta de Turín actuase en Donostia en los años posteriores. Al final, quizás por el menú de Pedro Subijana, hubo acuerdo, los artistas se quedaron... y el resultado fue un éxito, hasta el punto de que se recuerda aquel montaje como uno de los grandes momentos en la historia de la ópera en la Quincena».

Es la 'dolce vita' de Rossini. Aquel año, también en memoria del compositor italiano amante de los placeres de la comida, los cocineros Juan Mari Arzak, Tatus Fombellida, Hilario Arbelaitz y el propio Subijana crearon un menú rossiniano inspirado en la música del autor. En una de las escenas de 'la italiana', cuando el coro canta eso de que la felicidad reside en «comer y dormir», los componentes del Coro Easo bailaban vestidos de cocineros. «San Sebastián es muy rossiniana», repetía Pizzi.

Solo hubo otro elemento que a punto estuvo de arruinar la ópera: el perro del tenor Blake, que campaba rebelde por los ensayos. Pero el espíritu de Rossini lo aguanta todo: gana la vida, gana la música.

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