«Felipe González era el líder mundial favorito de Gorbachov»

Felipe González (i) conversa con Mijaíl Gorbachov. /Juan Ferreras (Efe)
Felipe González (i) conversa con Mijaíl Gorbachov. / Juan Ferreras (Efe)

El historiador norteamericano William Taubman indaga en la figura del político que desmontó el sistema soviético

Álvaro Soto
ÁLVARO SOTOMadrid

Parafraseando las palabras de Churchill sobre Rusia, Mijail Gorbachov (Stávropol, 1931) es un acertijo envuelto en un misterio: un hombre amable y culto que dirigió una dictadura; alguien que condenó la Primavera de Praga, pero cuyo mejor amigo de la universidad era un checo; un comunista convencido que desmontó el gran estado comunista; un ruso universal del que su pueblo ahora reniega. El historiador norteamericano William Taubman (Nueva York, 1940) publica 'Gorbachov. Vida y época' (Debate), una biografía sobre la figura protagonista de los grandes cambios del final del siglo XX.

¿Cómo el régimen soviético eligió a un hombre que sería su enterrador? «Gorbachov ascendió a la secretaría general del Partido Comunista porque los líderes del partido pensaron que era el mejor hombre que podría producir el sistema soviético: brillante, erudito, encantador, honesto...», explica Taubman, ganador de un Pulitzer por otra biografía, la de Nikita Kruschev. Aquel nuevo jefe de Estado soviético, dice el historiador, creía sinceramente en el comunismo, pero se propuso construir uno con rostro humano y cambiar el mundo. La transparencia y la reforma de su país y los grandes acuerdos con Estados Unidos son mérito de Gorbachov, que se codeó con los grandes líderes europeos tras años de aislamiento de Rusia. «Su favorito era Felipe González. Le encantaba hablar con él, sentía que compartían valores y que era alguien de su clase. Lo consideraba un igual», cuenta Taubman.

En sus primeros años de gobierno, Gorbachov gozó de popularidad en el país, pero todo cambió cuando las cosas comenzaron a ir mal. «La gente comenzó a sufrir escasez de víveres y el país perdió el estatus de imperio y de superpotencia. A partir de ahí, el pueblo comenzó a señalar sus defectos», continúa.

El derrumbe soviético de 1991, acelerado por sus pésimas relaciones con Boris Yeltsin, convirtió a Gorbachov en un paria en su propia tierra. «La gente le acusaba de 'escuchar demasiado', 'cambiar de opinión' o 'ser un soñador'. Su figura se está rehabilitando poco a poco, pero no más de un 25% de los rusos tiene hoy en día una buena opinión de él. Sobre todo lo aprecian los jóvenes de las ciudades, pero tengo la esperanza de que, poco a poco, lo haga más gente», cuenta Taubman. Todo lo contrario de lo que ocurre en el extranjero, donde el prestigio de Gorbachov sigue creciendo.

La relación entre Gorbachov y Vladímir Putin, el hombre que guía con mano de hierro el destino de Rusia, es ambivalente. El antiguo dirigente no se ha separado completamente de Putin porque «aún desea conservar cierta apariencia de influencia en su país, aunque no sea una realidad». «Lo apoyó en el 2000 y en el 2004, porque pensó que podría aportar 'ciertas dosis de autoritarismo', en sus propias palabras, tras el caos de Yeltsin, y que era un demócrata, pero ya no le respaldó en 2012, y sus críticas contra él se hicieron cada vez más duras, sobre todo, por su acoso hacia la prensa, pero aun así, habla bien de Putin. También quiere que Putin le respete. Antes lo hacía, pero ahora no», argumenta Taubman, que para este libro se ha encontrado con Gorbachov en ocho ocasiones y ha hablado con sus principales colaboradores. El jefe de un imperio es ahora un viudo que sufrió muy duramente la muerte de su mujer, Raísa, y que vive con estrecheces económicas y problemas de salud, aunque aún mantiene un carácter afectuoso y su sentido del humor. «Cambió el país y el mundo, pero no tanto como hubiera querido. Nadie más en Rusia hubiera sido capaz de hacer lo que él pudo hacer, es un caso extraordinario. Tenía poderes totales y sin embargo, desmontó el régimen. La historia del chico que en el instituto dio un discurso alabando a Stalin y luego enterró el comunismo es muy grande», culmina Taubman.

 

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