El legendario François Schuiten abandona la bande dessinée

Ilustración y detalle de François Schuiten./
Ilustración y detalle de François Schuiten.

El anuncio aviva el debate acercade la viabilidad del modelo actual |

Óscar Goñi
ÓSCAR GOÑISAN SEBASTIÁN

. Schuiten (26 de abril de 1956, Bruselas, Bélgica) no es un autor cualquiera entre los cientos que componen la plantilla del cómic actual en el mundo. Con dieciséis años publica su primer trabajo profesional en el número 704 de la edición belga de la revista 'Pilote'. Estudia en el instituto Saint-Luc, donde conocerá a su profesor y futuro colaborador Claude Renard, fundador del taller Atelier R por el que pasan artistas de la talla de Andréas, Sokal o Swolfs. Sin embargo, el momento decisivo de su carrera llega en 1977, cuando debuta en 'Métal Hurlant', una publicación en aquellos años revolucionaria, por cuyas páginas transitan Jean Giraud alias Moebius, Philippe Druillet, Dionnet, Enki Bilal...

Un año después, pasa a formar parte del equipo de 'À Suivre' (Continuará, en castellano), revista editada por Casterman y cuyo elenco artístico no es menos impresionante: Hugo Pratt, Jacques Tardi, Jodorowsky, Milo Manara, François Bourgeon, Guido Crepax, de nuevo Moebius... Allí es donde, en 1983, publica 'Las murallas de Samaris', primera entrega de la longeva serie 'Las ciudades oscuras' junto al guionista Benoit Peeters y que le proporcionará el prestigio definitivo. Sin embargo, Schuiten no solo se siente atraído por la bande dessinée, sino que su extraordinaria capacidad para el dibujo así como sus conocimientos urbanísticos y escenográficos le permiten diseñar el museo del tren Schaerbeek, el pabellón del Gran Ducado de Luxemburgo en la Expo de Sevilla, estaciones de metro de Bruselas, la estación Arts et Métiers para el metro de París, o el Pabellón de las Utopías de la Feria Mundial de Hannover en 2000, entre otras colaboraciones y carteles para convenciones de cómic, famosos por las complejas soluciones artísticas que siempre propone. Al fin, toda una obra que le supondrá el Gran Premio de Angoulême en 2002 y el Gaiman Award en 2012.

Sin embargo, poco tendrá que ver su trayectoria anterior con el trabajo que decide afrontar como homenaje a la histórica serie 'Blake y Mortimer', máximo exponente del estilo francobelga, claro está tras el Tintín de Hergé. Así, los últimos cuatro años suponen la dedicación al álbum 'Le dernier Pharaon' ('El último faraón') con la meticulosidad que cabía esperar en él, viajes a las pirámides egipcias incluidos, a fin de someterlas a las últimas tecnologías a la búsqueda de sus secretos, dentro del proyecto ScanPyramids.

Hoy, el trabajo de Schuiten en dicho álbum ha concluido, y con dicho telón, otro inesperado ha caído sobre el mundo del cómic: la retirada del creador.

El adiós

Al fin, la despedida responde a una razón compartida por muchos autores pero que, a diferencia de ellos, Schuiten puede llevar hasta la toma de una decisión tan radical. Cada año se publican en Francia, en la actualidad, más de cinco mil álbumes de bande dessinée. Las editoriales compiten con una ferocidad nunca vista, pero aunque los lectores franceses y belgas compran cómics con mayor avidez de la que consumen novelas o películas, resulta imposible que la industria genere suficientes ingresos para abastecer a tantos autores, a tantos como publican.

En consecuencia, los salarios descienden, las tiradas también lo hacen, y por cada título que triunfa, nueve no lo hacen en demasía. Y, tal y como ocurre con las producciones televisivas, cuando una lo hace, convendrá estirarla en el tiempo más allá de que tenga cosas que contar. Mientras, una cola interminable de nuevos talentos aguarda su oportunidad, ofreciendo su arte gratis si es preciso a cambio de ver sus viñetas bajo el sello de alguna editorial importante.

No queda tiempo para pensar, para construir. El tiempo de la poesía acabó. Por eso François Schuiten se va, por eso el cómic se queda sin uno de sus tótems. Imposible hoy dedicar no ya cuatro años sino la mitad a tallar la maravilla que no llegará. Así que quien puede permitírselo porque su situación financiera le concede la libertad, se va. Nada que demostrar a estas alturas. La reflexión destinada a la obra desaparece, ergo los focos se apagan, los actores se difuminan en un escenario oscuro y, como fichas de dominó, las malas noticias continúan.

Los autores intentan compensar su situación generando ingresos donde antes nadie buscaba. Su presencia en las convenciones, en los salones, en los festivales, pasa poco a poco a ser a cambio de remuneración económica así que, de nuevo, la poesía ve que ya no ha lugar.

Y Schuiten no será el último, aunque su sombra es en estos momentos tremendamente alargada. En cuestión no está su derecho a irse porque ya no le compense seguir, naturalmente, sino el modelo que paulatinamente se ha apoderado del mercado europeo. Las editoriales obligan a trabajar más rápido y, además, a invertir más tiempo en eventos promocionales para que cada álbum destaque en medio de centenares de títulos que ya no caben en las librerías. Solo importan los beneficios, aunque generarlos a semejante precio compense, al parecer, a quienes toman las decisiones.