La biografía de San Francisco de Asís quiere «llenar un vacío cultural»

Joseba Intxausti. / LOBO ALTUNA
Joseba Intxausti. / LOBO ALTUNA

El historiador Joseba Intxausti ha redactado su trabajo en euskera, y la publicación ofrece decenas de ilustraciones sobre el santo y la basílica de Asís

Félix Ibargutxi
FÉLIX IBARGUTXI SAN SEBASTIÁN.

El historiador Joseba Intxausti ha publicado en euskera una biografía de San Francisco de Asís: 'Asisko Frantzisko. Saiakera biografikoa'. Este estudioso de las religiones, y particularmente de los institutos religiosos del País Vasco, cree que esta obra «viene a llenar un vacío cultural» y que «Francisco y su mensaje han ganado en actualidad y vigencia».

El libro, publicado por Ediciones Franciscanas, de formato grande y casi 300 páginas, ofrece muchas ilustraciones, gran parte de ellas imágenes de obras de arte relacionadas con el santo. También hay fotografías de los lugares más representativos de Asís, realizadas por Iñaki Beristain, el franciscano de Arantzazu fallecido en septiembre del año pasado.

No se trata de una hagiografía, sino de una biografía rigurosa. Según comenta Intxausti en el prólogo, una de las virtudes del libro es que incorpora los avances historiográficos de las últimas décadas.

San Francisco es la persona que fundó la Orden de los Frailes Menores, los comúnmente llamados frailes franciscanos, que tanta presencia han tenido en Euskal Herria. Nació en 1181 ó 1182 en la ciudad italiana de Asís. Trabajó con su padre en el negocio familiar de telas, importadas desde Francia, pero diversos episodios personales lo llevaron a la conversión al evangelio, y cambió radicalmente su modo de vida a partir de 1206.

Todo eso ocurrió en una época de cambios profundos. Del feudalismo esclavizante se pasó a la libertad 'burguesa'. De humildes escuelas se pasó a esplendorosas universidades, como las de París, Oxford y Bolonia.

El joven Francisco se entregó a la soledad y la oración. Pero lo hizo en iglesias y eremitorios, no en monasterios. «Decidió vivir su vocación por libre, dueño de su propia intuición, en contacto con las gentes, como caminante y trabajador eventual, y si era preciso pidiendo limosna», comenta Intxausti. «Se le acercaron varios pobres, que alternaban con él y prescindieron de toda propiedad. Hubo también algún adinerado que distribuyó sus bienes a los necesitados. Pronto fueron doce hermanos, no monjes sino frailes; conversos, sin monasterio alguno». Francisco presentó su 'Regla' al papa Inocencio III, quien dio luz verde.

Órdenes mendicantes

En aquella época, los franciscanos y los dominicos fueron las dos grandes órdenes mendicantes. Tanto Francisco como Domingo de Guzmán decidieron encaminar sus dos movimientos por la vía de la ortodoxia y la autoridad romana.

La propuesta de Francisco tuvo una respuesta inesperada. «Hacia 1220, las fuentes hablan de 3.000 o 5.000 frailes. Por lo que tuvieron que empezar a reunirse. Lo hacían una o dos veces al año, en la Porciúncula de Asís. Y acertaron. Las reuniones, presididas por Francisco, el hermano menor por antonomasia, que no era prior sino 'ministro' y servidor, sirvieron para que se conocieran personalmente, viniendo de donde vinieran, y para que dialogaran y fueran elaborando normas prácticas desde la experiencias diversas, a veces lejanas, de cada cual», comenta Intxausti, que define así la figura del santo:

«Fue un cristiano creyente en Dios creador y Jesús salvador, en la originaria fraternidad de criaturas de todo género, en hombres y mujeres, llamados a la convivencia y la paz. Decididamente ecologista, amó con verdadero afecto individualizado a todas las realidades, inanimadas, plantas o animales».

Durante siglos, se ha conocido a San Francisco de Asís sobre todo a través de las 'florecillas', relatos, a veces, sin ninguna base real. Es famoso el relato del lobo en la ciudad de Gubbio. Se trataba de un lobo que asolaba esa ciudad de la región de la Umbría. Presentaba tal ferocidad que nadie se aventuraba siquiera a salir de la ciudad. Francisco de Asís, movido por su compasión a los habitantes del lugar, actuó 'motu proprio' sin que solicitaran su intervención: buscó al lobo y lo conminó en nombre de Cristo a no hacer más daño a nadie. Apenas Francisco trazó la señal de la cruz, el lobo cerró la boca, dejó de correr, se acercó mansamente, y se echó a sus pies. Conducido por Francisco hasta la ciudad, el lobo vivió en ella durante dos años hasta su muerte natural.

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