Un ingeniero repleto de ingenio

Pío Caro Baroja escribe la vida de su abuelo Serafín Baroja, autor de la Marcha de San Sebastián, y recupera parte de su obra inédita

MITXEL EZQUIAGA| SAN SEBASTIÁN.
Retrato de Serafín Baroja pintado por Ricardo Baroja./
Retrato de Serafín Baroja pintado por Ricardo Baroja.

DV. «Mi abuelo pasó por la vida como un pájaro, riendo, cantando y haciendo cosas raras», escribió Julio Caro Baroja sobre Serafín Baroja. Y esta cita abre precisamente el libro que Pío Caro Baroja, hermano de Julio, publica ahora sobre este personaje que fue «el origen de una estirpe» y padre del novelista Pío Baroja.

Serafín Baroja (San Sebastián, 1840) fue un personaje fascinante que combinó su trabajo como ingeniero, que le llevó entre otros destinos a las minas de Río Tinto, en Huelva, con una ingente labor creadora como articulista, poeta, novelista y hasta libretista. Para la pequeña historia donostiarra siempre será el autor de la letra de Marcha de San Sebastian, con la música de su amigo Sarriegui, pero escribió mucho más. Y algunas de sus obras, que aún permanecían inéditas, se recuperan en este libro que publica su nieto Pío Caro en la editorial familiar Caro Raggio.

En el desván de Itzea

Es una obra escrita desde la nostalgia y los secretos familiares. Como cuenta Pío Caro en el prólogo, fue rescatando del desván de Itzea los papeles de su abuelo, los viejos ejemplares del periódico o del «periodiquito» sus dibujos sobre Río Tinto y sus croquis de la Segunda Guerra carlista, sus versos y artículos. Pero también siguen en Itzea algunos de los objetos personales del abuelo Serafín: «Una tacita de plata con sus iniciales grabadas que le servía para beber agua de los manantiales cuando andaba por los montes a caballo demarcando minas, un sello seco para marcar sus papeles fantásticos y el viejo violonchelo que le acompañó hasta el final de su vida», escribe Pío Caro. Un violonchelo que acarreó a lomos de un caballo incluso cuando viajó por primera vez a su destino en Huelva.

«Pero también he descubierto junto a sus fantasías su gran amor al país y su entusiasmo por su pueblo, San Sebastián, que se olvidó de él a pesar de ser el hijo que más la amó», agrega Caro Baroja. «La obra de mi abuelo quedó frustrada, quedó como una anécdota a veces humorista, pero fue el germen de la creación artística de sus hijos, también de sus ideas y de nuestros sentimientos», escribe Pío Caro en el prólogo.

La Donostia de 1840

La parte biográfica del libro está enriquecida por las anécdotas, desde el nacimiento de Serafín Baroja en aquel San Sebastián de 1840 que contaba con unos 30.000 habitantes, hasta su muerte en 1912 en una Vera de Bidasoa rural. Entre esos dos hitos se cuenta la vida de un hombre que de niño jugaba a los bolos en un cementerio abandonado, «poniendo como límites del campo las calaveras de don Sebastián Miñano y de don Pío Pita Pizarro, y aprendía música con el José Juan Santesteban, y a tocar el violonchelo en la iglesia de Santa María».

Serafín Baroja ingresó en la Escuela de Minas de Madrid en 1863 y en esa ciudad conoció a Carmen Nessi, con la que se casaría, con la que viajaría a su destino profesional en las Minas de Río Tinto, en Huelva y con la que tendría cuatro hijos.

Cuando Serafín Baroja llegó a Huelva había escrito ya distintos textos en euskera y castellano y especialmente uno, nunca reseñado hasta ahora, que Pío Caro presenta así: «Es un libreto para una ópera, escrito en vascuence con muchas tachaduras y correcciones, en cuatro actos, con varias escenas, y algunas anotaciones en castellano, basado en la primera vuelta al mundo y con personajes como Magallanes y Elcano».

En esas carpetas recuperadas por Pío aperecen múltiples curiosidades recogidas en el libro. Entre ellas, lo que escribió Serafín Baroja en Prensa tras la herida sufrida por el poeta Bilintx, o , en la grafía de la época, que le acabaría causando la muerte meses más tarde. Así escribía Serafín: «Me hallo honda y dolorosamente afectado por una desgracia ocurrida ayer tarde. Un poeta vascongado, el único tal vez, tan modesto como inspirado, honrado y ejemplar padre de familia, trabajador infatigable, quien por su pseudónimo es conocido en todo el ámbito de estas provincias, ha sido mortalmente herido por una granada de Arratsain. ¡Pobre Indalecio Bizcarrondo! ¡Pobre Vilinch!»

El libro avanza la vida de Serafín Baroja y su correspondencia en sus escritos. El trabajo en Huelva, el regreso a San Sebastián, donde sería a partir de 1872 profesor de instituto, voluntario liberal, corresponsal de guerra y autor de gran número de poesías, canciones y hasta una novela. La vuelta a Madrid en 1879, su entusiasmo por la ópera, el paso por Pamplona, Bilbao o Valencia y el encuentro con Bera, donde falleció. Su sepultura sigue en el cementerio de la localidad navarra.

La obra retrata de manera personal la compleja personalidad de Serafín Baroja, con la inclusión de los textos completos de las obras ahora recuperadas y una lista explicativa de las personas que aparecen en las páginas relacionadas con la vida de aquel ingeniero amigo del ingenio. mezquiaga

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