Diario Vasco

Ion Arretxe, la otra víctima de Caín

Ion Arretxe, la otra víctima de Caín
  • El reputado director artístico de cine, objeto de torturas en el cuartel de Intxaurrondo, arremete contra la serie de Tele 5 y revoluciona las redes sociales

Ion Arretxe (Rentería, 1964) encendió la televisión el pasado martes y desde entonces no ha dejado de tuitear su indignación haciendo hervir las redes sociales. Tele 5 estrenaba ‘El padre de Caín’, una miniserie protagonizada por un guardia civil destinado en Intxaurrondo en 1980. La adaptación de una novela de Rafael Vera, exsecretario de Estado de seguridad en el Gobierno de Felipe González, condenado por pertenecer a los GAL y malversar fondos públicos. «Me pareció un esperpento, una tomadura de pelo a todos los demócratas», condena Arretxe, al que le sublevó que la cadena presentase a «un orgulloso Vera» solo como autor de la obra, omitiendo su pasado delictivo.

Uno de los directores artísticos más solicitados del cine español, dibujante, escritor y guionista, Ion Arretxe vive en Madrid desde 1990 junto a su mujer y sus cinco hijas. Cuando regresa al barrio donostiarra de Intxaurrondo, donde conserva amigos y familia, siempre mira de soslayo la casa cuartel, que conoció por dentro hace más de treinta años. El 26 de noviembre de 1985, cuando tenía 21 años y estudiaba Bellas Artes, fue detenido por la Guardia Civil acusado de pertenecer a un comando de ETA. Esa misma madrugada también fue apresado en San Sebastián Mikel Zabalza, cuyo cuerpo apareció veinte días más tarde en el Bidasoa con las manos esposadas.

‘El padre de Caín’, que ha recibido malas críticas tanto desde el ámbito abertzale como de los agentes que padecieron aquellos ‘años de plomo’, muestra fugazmente la tortura como una práctica habitual en Intxaurrondo. Arretxe nunca ha ocultado su brutal experiencia durante los diez días que estuvo detenido en aplicación de la ley antiterrorista, sin derecho a un abogado ni a un médico forense. «Cuando sales no quieres contar lo que ha pasado, te has sentido tan humillado... Las veces que has llorado para que te dejen ir a casa con tu madre, los nombres que has dado... Se crea un halo de silencio; en mi familia, lo mío siempre es ‘aquello que te pasó’».

En 2008, el director Jaime Rosales le convenció para que, además de director artístico de ‘Tiro en la cabeza’, fuera el actor protagonista dando vida a un etarra en la recreación del atentado de Capbreton. «Lo hice para dar la cara en el problema vasco, en un momento en que pensábamos Jaime y yo que ETA se iba a sentar con el Gobierno a negociar. Recibí más bofetadas que halagos». El año pasado, el escenógrafo volcó su memoria de juventud en ‘Intxaurrondo. La sombra del nogal’ (ediciones El Garaje), finalista del Premio Euskadi de Literatura en castellano.

En sus páginas, suenan Kortatu y Hertzainak. Resurge una Euskadi de atentados casi diarios, manifestaciones, fanzines, heroína y paro. Arretxe era simpatizante abertzale y participaba en movimientos sociales del barrio. «Iba a manifestaciones, pero no era socio de la herriko ni militaba en ningún sitio», matiza. Los días anteriores a su detención, ETA había asesinado a un guardia civil y a dos soldados de la Comandancia de Marina en el Puerto de Pasaia. «Entraron en casa de madrugada y se encontraron con mi hermana de once años. Recuerdo al aita en el suelo, pisándole la cabeza. Me meten al Nissan Patrol, me envuelven en sacos de plástico, me precintan con cinta de embalar y pienso que tardamos mucho en llegar a Intxaurrondo. Me llevan al monte y me meten la cabeza en el río golpeándome con las piedras del fondo».

«Ni había hecho la mili»

«A Intxaurrondo entro como un borracho llevado de las axilas, con los pies arrastrando y los pantalones y calzoncillos en los pies. Meado, lleno de barro y vómito. Escucho al de la puerta decir: ‘Joder, cómo le traéis a este’. Estaban muy asustados porque con Zabalza, al que yo no conocía, se les había ido la mano. Me llevan a un piso que, como en la serie, tenía las ventanas tapadas con papel de periódico. Entre viviendas de guardias civiles. De día oigo a los niños cuando van a la escuela y de noche, la tele del vecino. Estoy con una pistola metida en la boca y llaman al timbre. Cuando regresa mi torturador me cuenta: ‘El coche de mi mujer, que no arrancaba. ¿En qué estábamos?’. Aquello era una mezcla siniestra de lo cotidiano y lo cutre».

Tras pasar por la cárcel de Carabanchel, Ion Arretxe fue puesto en libertad sin cargos.Sus denuncias pasaron por cinco jueces y el caso se sobreseyó por falta de pruebas. Su mala suerte fue, irónicamente, que al dejar de ir a las manifestaciones pensaron que había ingresado en ETA. «No iba porque no tenía tiempo, estudiando en la facultad por la mañana y pintando los decorados del grupo de teatro Orain por la tarde». En su memoria, conserva la luz de las linternas enfocando sus uñas para ver si estaban amoratadas y proseguir así con el interrogatorio. O sus dibujos de zulos imaginados en los montes que conocía de niño. Hasta se inventó el nombre del comando: Boluntaz.

«Al segundo día de estar detenido se dieron cuenta de que yo no era de ETA. No sabía ni coger una pistola. Ni había hecho la mili ni tenía carné de conducir», rememora Arretxe, que después de aquello se fue a estudiar escenografía a Barcelona. «No podía enquistarme como víctima.Me escapé de mi entorno, para no quedarme en el pobrecito que le pasó aquello. Ese victimismo, ese ‘y yo más’, no nos ha llevado a nada en el País Vasco. Aquello no me radicalizó. Jamás he deseado ningún mal ni siquiera a los que me torturaron . No me alegraba cuando había atentados, me parecía una situación insostenible y así se ha demostrado. Ha generado tanto dolor en tanta gente...».

Cuando se le pregunta a Ion Arretxe qué sintió el día en que ETA anunció que dejaba las armas se le quiebra la voz. «Fue un día muy importante.Paseas ahora por Bilbao y parece una pesadilla lo que ocurrió. Se están dando pasos muy grandes para la convivencia, por ejemplo en mi pueblo, Rentería, pionero en generar posibilidades de encuentro entre gente que nos hemos hecho mucho daño. ¿Sabes? En este país no hemos tenido la imaginación suficiente para ponernos en el dolor del otro. Le veíamos como un enemigo, no una persona. Como la causa de todos nuestros problemas».

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