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El doctor en Psicología Javier Urra.
El doctor en Psicología Javier Urra. / ÓSCAR CHAMORRO

«La delincuencia juvenil está bajando, pero la violencia filioparental va a más»

  • Javier Urra, Doctor en Psicología y ex Defensor del Menor, El Centro Cultural Amaia acoge su conferencia 'Violencia filioparental y violencia de género' el próximo jueves

Hace dos años, Javier Urra llenó el Amaia en su conferencia sobre 'Claves actuales de la educación'. El jueves que viene regresará a Irun, en un acto organizado por el Foro Ciudadano, para hablar sobre 'Violencia filioparental y violencia de género'. Javier Urra es doctor en Psicología Clínica y forense y psicólogo en excedencia voluntaria de la Fiscalía del Tribunal Superior de Justicia y de los Juzgados de Menores de Madrid, y fue también el primer Defensor del Menor, entre los años 1996 y 2001.

-Violencia filioparental y violencia de género: ¿qué similitudes tienen y qué las diferencia?

-No son exactamente lo mismo: la violencia de género se explica en una pareja, donde uno de los dos, normalmente el varón, agrede, ridiculiza y veja a la otra parte. ¿Y por qué esa mujer no se va de casa? La explicación es la indefensión aprendida. Lo explico con un ejemplo: si uno está durmiendo una noche, y cree que alguien ha abierto la puerta de casa, lo lógico es que te levantes, grites... Pero lo que suele hacer el ser humano es quedarse en la cama, taparse y ponerse en posición fetal. Y así sucede en la violencia de género en muchos casos. La violencia filioparental tiene unas características que la hacen distinta: si tú tienes un hijo que te ridiculiza y te agrede, no te puedes ir de casa. No le puedes echar, ni legal ni, sobre todo, emocionalmente. Ahora bien: si un chico agrede a su madre, es más que posible y probable que en el futuro agreda a su pareja.

-En estos casos, ¿se agrede más a los padres o a las madres?

-En el 100% de los casos de violencia filioparental la madre es agredida, y aproximadamente en el 50% también lo es el padre. Es decir, todas las madres son víctimas. Se podría pensar que es por ser más débiles físicamente, pero la verdadera explicación es que la madre está más presente en la educación, en el día a día, en dar instrucciones como 'dúchate', 'tienes que ir al colegio'... Y el padre, en algunos casos, está más ausente.

-¿Los jóvenes de hoy en día son más violentos que antes?

-Yo he estado años trabajando en la Fiscalía y la delincuencia juvenil está bajando. Los hurtos, sustracciones... Eso no va a más. Pero la violencia filioparental, de hijos contra padres, está sin duda aumentando. Es absolutamente innegable.

-¿Cómo explicaría el aumento de este tipo de violencia?

-La autoridad se ha diluido. La de los padres, profesores, policía... ¿Qué ha pasado? Primero, los padres tienen muchos menos hijos y los tienen más mayores. Esas circunstancias hacen que los niños se hayan convertido casi en un tesoro. Además, hay padres que se dejan chantajear, que quieren comprar el cariño de sus hijos... Tienen la sensación de que los niños tienen que ser felices y quieren evitarles cualquier obligación, deber... Hasta los deberes escolares. No enfrentan al chaval con el esfuerzo, la responsabilidad, el dolor... El niño aprende que 'primero yo, luego yo y luego yo'. Se hacen muy egoístas, a veces muy dictadores, y todo gira en torno a ellos. Esto es muy problemático: tenemos un número significativo de chicos que son muy violentos en el hogar, en la palabra, el gesto, las conductas...

-Son jóvenes que no toleran la frustración.

-Es que no se les ha educado en que, a veces, la vida frustra: por azar, por accidente... La idea sería educar a jóvenes y niños en que lo importante no es el 'yo', sino el 'tú'; no es el 'soy', sino el 'somos'. Esa sería la verdadera vacuna. Un ejemplo: se le dice al hijo que la familia va a ir a visitar al abuelo. El chaval dice que no quiere, pero el tema no es si queremos, sino si debemos. El deber y el esfuerzo son valores muy importantes; es importante que los chavales vayan a un hospital a ver a otros niños muy enfermos, que vayan a un campamento para que sepan lo que es la austeridad, que sepan lo que es la soledad, escuchar sus propios sentimientos y pensamientos. Sabemos perfectamente cuál es la vacuna, pero es que hay que ponerla.

-Y a veces puede parecer que es más fácil, a corto plazo, dar a los hijos todo lo que quieren y ahorrase el berrinche.

-Pero no se puede hacer un bacalao al pil pil en microondas, ¿verdad? La educación es una labor del día a día y del ejemplo. Tú no puedes decirle a un chaval que no haga botellón y estar puesto de cocaína. No puedes pedirle a un hijo que sea moral y no pagar todo lo que tienes que pagar a Hacienda. El adulto tiene que ser una persona coherente y congruente, ser un buen ejemplo.

-La vida de los adultos ha cambiado: vamos corriendo a todas partes, parece que no llegamos a todo...

-Pero eso no se entiende muy bien: hace medio siglo la esperanza de vida era de no más de 60 años; para los adultos jóvenes de hoy en día podrá llegar a 87 años. Tenemos mucho más tiempo; otra cosa es que quieras ver todas las películas que se emiten, ir a ver a todos los amigos todos los meses, conocer todos los países del mundo... Hay que intentar hacer una confluencia entre el tiempo cronológico y el tiempo emocional o psicológico. No siempre es fácil ese equilibrio, pero en la vida hay que priorizar.

-Queriéndolo todo, nos complicamos la vida más de lo necesario.

-Y la vida es muy sencilla, pero no se le puede pedir más de lo que puede dar. La vida tiene mucho de frustración. El ser humano sueña con alcanzar cosas que no alcanzará nunca. Soñar, ilusionarse, desesperarse... Eso es parte de la vida. Sabedores de todo eso, deberíamos enseñárselo a nuestros hijos.

-Hay mucha educación en temas objetivos, los niños van a mil extraescolares... ¿Y lo subjetivo, las emociones?

-Hay que educar en el sentimiento, la sensibilidad, e inclusive la cultura. Somos una sociedad muy inculta, acrítica, tópica... Y eso es muy peligroso. Me gusta mucho el ser humano a título individual, como le pasaba a Unamuno, pero no me gusta nada la masa. Debemos enseñar a no machacar al que es distinto: al que en vez de el fútbol le gusta el chelo, al que tiene otra orientación sexual, al que viste de otra manera... Eso hay que trabajarlo mucho. Y también que no todo vale: hay cosas que están bien, y cosas que están mal. Necesitamos una sociedad que sea moral.

-En cuanto a la educación de los hijos, las redes sociales y su correcto uso son también un reto para los padres de hoy en día.

-Sin duda. Las nuevas tecnologías comunican, enseñan, dan respuestas... Eso es genial. Pero estamos viendo jóvenes con adicción a ellas y eso es un problema. Hay un tiempo para ducharse, un tiempo para jugar, para hacer deporte, para aprender... Y otro tiempo para las nuevas tecnologías. Tenemos que tener un criterio respecto al tiempo, el momento y el lugar. Además, hay algunos mensajes y temas que son muy problemáticos y que los chicos están consumiendo a una edad en la que no son capaces de elaborarlos.

-En la conferencia que ofreció hace dos años en Irun hablaba de que hay que feminizar la sociedad, en el sentido de que los hombres aprendiesen a vivir y trabajar su sensibilidad.

-Y algo se va a haciendo, pero hoy en día la mayoría de las cuidadoras, enfermeras... Son mujeres. Ellas cuidan más de los hijos que los hombres, aunque también hay muchos padres que se van comprometiendo. Hay que sensibilizarse. El ser humano se mueve primordialmente por las emociones y por cómo las elabora y reconvierte en sentimientos. Es ahí donde hay que educar a los niños: en que, un día, alguien les va a llevar la contraria y le podrán rebatir, pero no agredir; en que un día su pareja puede no querer seguir con ellos, y aunque eso les genere frustración y cólera, tendrán que saber dominarse. Esa es la vida en la que hay que educar. Hay muchas cosas que no se están haciendo y que debemos hacer para un futuro mejor. Pero lo digo esperanzado y con la idea de que las cosas van a mejor.

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