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El viaje a pie por Europa de un buscador de sonrisas

2.000 KILÓMETROS EN CINCO MESES

El viaje a pie por Europa de un buscador de sonrisas

Un joven bilbaíno camina sin móvil, sin apenas dinero y durmiendo en la calle. Solo le acompañan 300 fotografías con las que provocar un gesto de felicidad

07.12.13 - 13:41 -
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Salió con su mochila vacía pero, en primavera, la traerá a Bilbao a rebosar de sonrisas. Después de cargar sobre su espalda con un año “perdido”, sin encontrar trabajo, Héctor Amorrosta, 24 años, licenciado en Periodismo y aficionado a la fotografía, se marchó en junio con lo necesario para andar por el mundo a su manera, sin destino fijo ni límite de tiempo. Le acompañan 300 fotografías tomadas por él para vender en la calle y financiar su viaje, un carro que le regaló su padre para llevar el saco de dormir, algo de comida que compra por el camino y los 720 euros que consiguió ahorrar antes de salir. Su sueño: viajar mientras recoge sonrisas.

La aventura comenzó a las seis de la mañana del último jueves de junio porque “en este tipo de viajes la semana no tiene por qué empezar el lunes". Elaboró una lista con los pueblos por los que debía pasar y llevó unos mapas con los cruces más complejos “pero tiré todo a la segunda semana, buscaba libertad". Sólo se había fijado una pequeña ruta. Primero, se dirigiría a la localidad francesa de La Roque-Gageac, cruzaría la frontera belga hacia Brujas, pasaría por Volendam (Holanda) y, finalmente, llegaría a Hamburgo. En la ciudad alemana estudia el amigo que le daría cobijo durante el invierno. En primavera pondrá rumbo a Serbia. Ha caminado 2.000 kilómetros -una media de 20 al día- y en los tres meses que ha tardado en llegar a Hamburgo ha gastado 323 euros. No siempre va a pie o en bicicleta. "He cogido un barco en Alemania y otro en Francia. Y, si algún conductor se ofrecía para llevarme en coche, aceptaba para poder hablar con alguien porque pasaba demasiado tiempo solo".

La venta ambulante de las fotografías ha sido su manera de subsistir. “No hace falta que compres, me haces feliz con que mires”, se podía leer en un gran cartel en el puesto callejero que él mismo fabricó con palos y cuerdas. Utilizaba sus letreros para provocar sonrisas en la calle pero también ha conseguido exponer sus fotografías en galerías de arte de Limoges, Tours, Rouen y Hamburgo. El precio, la voluntad: “Algunos me daban 50 céntimos, otros 2 euros y los más generosos hasta 10". La mayoría las fue regalando a quienes le han ayudado en su aventura. A pesar de todo, ha recaudado 117 euros.

Con la caída de la noche se acercaba la última decisión del día: dónde dormir. La entrada de los supermercados, los pórticos de las iglesias y la arena de las playas le han hecho de cama la mayor parte de las noches, cuando no se topaba antes con un buen samaritano que le invitase a resguardarse al calor de su hogar. “En muchos sitios me daba vergüenza sacar la tienda de campaña. Me tumbaba sobre el saco y la esterilla".

Por el camino se suceden las muestras de solidaridad, las miradas cómplices, más de lo que se podría imaginar “cuando uno parece un vagabundo". Es el caso de Maëlle, una joven de 17 años que conoció en el banco de un parque de la comuna francesa de Monflanquin. “Conseguimos entendernos a través de gestos, sonidos y dibujos. Es un lenguaje universal que no todos conocen pero nosotros, al menos aquella tarde, descubrimos que existía". Maëlle observó una a una las 300 fotografías que Héctor llevaba para vender en la calle. En su sonrisa creyó encontrar parte de su razón de vivir y el motivo por el que emprendió este viaje. "Gracias a ella confirmé lo que llevaba tiempo pensando: Soy un buscador de sonrisas".

Gestos inolvidables

Mención especial le merece aquel hombre de los Alpes Mancelles que le ofreció 20 euros insistentemente para colaborar en su aventura. Héctor le regaló una fotografía como agradecimiento. Se despidieron pero, a menos de cien metros, sus caminos volvieron a cruzarse. El hombre detuvo su vehículo junto a él, “un coche viejísimo al que tenía que llenar el depósito de agua cada vez que lo ponía en marcha", y le invitó a cenar y dormir en su casa. “Era una caravana desordenada y sucia con una fotografía de sus cinco hijos en la pared. Enseguida descubrí su sonrisa, tenía muy pocas cosas pero era rico en compartir con los demás".

Hubo muchos otros. María y Mathilde, que le cuidaron como a un hijo, simbolizan parte de ese alto en el camino de la solidaridad que le dejaba muestras de cariño a cada paso. Como la de aquel recepcionista de un camping que, apasionado con su historia, le invitó a pasar sin pagar. O esa otra señora que le regaló una bolsa llena de fruta. Gracias a ellos ha sustituido su eslogan de Bilbao: 'no hay pan para tanto chorizo' por 'no hay palabras para tanto cariño', el lema de su aventura. Ahora, escribe un libro en el que cuenta su experiencia. Como no podía ser de otra forma, se titulará 'El buscador de sonrisas' y solo pretende llegar a unos pocos lectores, sus futuros nietos.

“Puede parecer una locura, pero ¿sabes qué? los locos son las personas que consiguen cumplir sus sueños". Sus familiares y amigos recibirán una nueva carta de Héctor en los próximos días. Y volverán a leer esas tres palabras que, en un principio, no quisieron creer pero que, con el tiempo, se han ido convirtiendo en toda una lección de vida: “El viaje prosigue...”.

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