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«No nos dejaban dormir porque nos daban patadas constantemente»

LIBERACIÓN DEL 'ALAKRANA'

«No nos dejaban dormir porque nos daban patadas constantemente»

El capitán y el patrón del pesquero secuestrado recuerdan con amargura las 47 jornadas que vivieron en cautiverio «atados a una silla por el día». «A alguno se le ha ido la cabeza», aseguraba el patrón

19.11.09 - 03:39 -
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DV. El infierno terminó el martes, pero los 36 marineros del Alakrana -ocho vascos, siete gallegos, doce africanos y ocho indonesios-difícilmente podrán olvidar los 47 interminables días de sufrimiento que vivieron a manos «de una banda de desgraciados» en lo que se convertiría en una cárcel flotante. «Ha habido muchos momentos críticos, desde el primer día hasta el último. Sobre todo cuando subían a bordo los jefecillos de los piratas, porque se ponían a discutir entre ellos, a disparar al aire, nos escupían a la cara. completamente drogados a base de masticar las hojas de 'quat'. Cuando los cabecillas, hasta un total de cuatro, no estaban, se hacía todo algo más llevadero», relataba ayer a EL DIARIO VASCO el patrón del Alakrana, Ricardo Blach.
Desde el primer momento del secuestro, el pasado 2 de octubre, se hicieron dueños de las pertenencias de cada uno de los pescadores, desde la ropa, los móviles, ordenadores, relojes... «Momentos antes de la liberación se robaban entre ellos, porque ya se habían llevado todo lo nuestro». Hasta que embarcaron los militares, que se afanaron en limpiar el interior del barco, «esto era una auténtica pocilga, porque echaban al suelo los huesos de la comida, lapos, las colillas de los cigarrillos, de todo. Ahora va cogiendo todo otro aspecto», manifestaba el capitán, Iker Galbarriatu.
El patrón matizaba que «nos desvalijaron literalmente los camarotes y empezaron a vestirse con nuestras prendas. Yo he estado durante quince ó dieciocho días en pijama y otros veinte días con la misma muda, a la que daba la vuelta. Un día me dejaron ir a la ducha y cuando bajé al camarote a por la ropa, me encontré que solo estaban colgadas las perchas. Parece que a uno de ellos le di lástima y le robó a otro pirata algo de ropa para que me la vistiera», recordó Blach. Galbarriatu ha podido recuperar su Ipod. «Lo había escondido y por lo que se ve no llegaron a descubrirlo. Por lo demás, a mí me dejaron tres camisetas y dos pantalones», precisó.
El oficial gallego, natural de la localidad pontevedresa de Baiona, reconoció que durante el secuestro llegó a perder la noción del tiempo. «Llegó un punto en el que ni mirábamos al calendario. El día de la liberación me dijeron que arribaríamos a puerto el viernes y tuve que preguntar cuándo era eso», contó por teléfono.
Rumbo a las islas Seychelles, libre ya del acoso de los bandidos somalíes, Blach y Galbarriatu recordaban los momentos más duros que vieron sucederse dentro y fuera del puente de mando, a partados del resto de la tripulación. «Ha sido un auténtico calvario, Por el día nos tenían atados a una silla, comíamos con el plato en las rodilas; y por la noche dormíamos en el suelo. Aunque lo de dormir es un decir, porque nos molestaban constantemente dándonos patadas, insultándonos, llamándonos 'spanish fucking' y palabras por el estilo. Teníamos encendido el radar todo el día y cuando veían una mancha nos hacían levantar de malas maneras. Tenían miedo de que fuera un barco y a veces se trataba sólo de una nube, que encima era más grande que el Alakrana», rememoraba con rabia el patrón, quien a renglón seguido añadía: «el que diga algo a favor de esa gente debería de soportar las vejaciones a las que nos han sometido».
La marinería también soportó las vejaciones de los piratas, aunque convivía unida. Sus captores les permitían moverse por los dos comedores del barco, la cocina y el baño, «eso sí encañonados en todo momento por los bandidos. Para ir a mear había que pedir permiso y no siempre te lo daban», matizaron desde el barco. Pero el día más amargo para ellos fue el pasado día 5 cuando los piratas se llevaron a tres tripulantes a tierra y amenazaron con matarlos en tres días si no liberaban a los dos presos en España. Uno de estos marineros, Manuel Antonio Pérez, relataba ayer a su esposa que «los bajaron del barco a una pequeña lancha, dieron varias vueltas y después los llevaron otra vez a bordo y los encerraron en un camarote, diciéndole a la tripulación que se los habían llevado». La declaración confirmaba las palabras que un jefe de la banda adelantaba a DV el martes. «Mentimos para presionar al Gobierno. Toda la tripulación ha estado siempre en el barco»,
Hasta la noche del martes que liberaron al Alakrana, Ricardo Blach no había logrado conciliar el sueño de un tirón en las 47 noches que duró el secuestro. «La ATS militar que llevamos a bordo ahora me dio una pastilla. Cuando me desperté al alba, a eso de las cuatro, no me lo podía creer había dormido cuatro horas», expresaba satisfecho.
«Llevaros a mi hija»
Junto al Alakrana, las diferentes bandas de piratas que acechan en el Océano Índico aún retienen a otras nueve embarcaciones de diferentes países, entre ellos un mercante de procedencia ucraniana de nombre Diana. El buque lleva bajo el mando de los corsarios desde hace seis meses y su mediador somalí, al parecer, es el mismo que ha intervenido en el rescate del Alakrana. «A bordo hay dos mujeres y una niña. Una de ellas, es la cocinera del barco, que se ha quedado embarazada porque le han violado los piratas y no se encuentra bien de salud. Cuando lograron que les enviaran la medicación para tratarla, el desgraciado del cabecilla la tiró por la cubierta. No pudimos hacer nada», lamentaba Blach con dolor. Otra mujer que se encuentra presa en el Diana, le rogó a Ricardo que se llevara de allí a su hija. «Fue un momento horrible. Era la mujer del jefe de máquinas que tenían una hija, de unos doce o catorce años. Su madre me suplicaba que me la llevara con nosotros. ¡¿Pero, cómo?! Ellos tenían a bordo a doce piratas y ¡nosotros a 30! Todavía siguen allí», detalló el responsable de pesca del Alakrana.
Los piratas somalíes convirtieron el pesquero bermeano en una torre de Babel, en la que el lenguaje de los signos facilitaba, aunque poco, la comunicación entre los rehenes y los captores.
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