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RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

Gipuzkoa

RELIGIÓN, RETIROS DE SEMANA SANTA

Tres personas que realizan meditación ignaciana en el Centro de Espiritualidad de la basílica azpeitiarra en Semana Santa explican que el trabajo les ayuda a centrarse en su propia vida
10.04.09 -

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DV. Koldo Rodríguez Bengoa tiene 49 años, es de Vitoria y busca novia. Parece una cuestión sencilla pero en su caso es fruto de un largo camino. Bego Moreno tiene 30 años, es de Portugalete, profesora de adolescentes con problemas escolares y es hija de un padre que se declara ateo. Pedro Merino es mexicano, tiene 44 años y ha negociado con su mujer el atravesar el Atlántico y pasar varias semanas en Loiola. Ellos tres forman parte de las más de 40 personas que esta Semana Santa realizan un retiro en el Centro de Espiritualidad del Santuario de Loiola, en Azpeitia. Son días que les ayudan a resituar su propia vida, «a encontrar tu sitio en el propio mapa personal», dicen.
BEGO MORENO
Profesora
«Me siento como Nemo en el mar»
La relación de Bego Moreno con Loiola empezó cuando estudiaba en la Universidad de Deusto. «Un cartel que anunciaba ejercicios espirituales me llamaba la atención», explica. «Soy bastante intuitiva y me dejo llevar, pero la denominación me resultaba seria y antigua. No me atrevía a hacer nada. Hasta que un día me dije: 'Antes o después hay que afrontar este miedo'. Y en segundo de carrera me lancé. No sabía donde me metía. Desde entonces no he fallado. Llevo nueve años viniendo».
Es su forma de cargar las pilas, entender por qué haces las cosas. «Luego te relacionas de forma distinta con los chavales y con la familia», dice. Ha tenido novios y piensa que su futuro está en la vida familiar. «Cada camino tiene su propia dificultad, pero cuando se afronta con seriedad impresiona, porque no resulta fácil. Ser creyente y posicionarte como tal. Encontrar tiempo para todo. Es difícil. Pero cuando es algo tuyo no puedes renunciar a ello. Es la única manera en la que te sientes tú misma».
Profesora de adolescentes con problemas escolares en el colegio Jesús María, de Artxanda, cuando habla con sus alumnos de la vocación y del lugar de cada uno en el mundo, les pone el ejemplo de la película Buscando a Nemo. «Nemo es un pez de mar. Y no es mejor ser pez de mar que ser pez de pecera. Un pez de pecera no podría vivir en el mar. Se moriría. ¿Es mejor ser médico que profesor? ¿Es mejor ser seglar que religioso? No. Pero al final todos sentimos cuándo estamos como Nemo, como pez en el agua».
Bego Moreno estudió en un colegio de los religiosos Menesianos y es la menor de tres hermanos, la única chica. «El colegio nos influyó a los tres, aunque mi padre es ateo convencido», dice. «Es una persona reflexiva y, por lo que cuenta, bastante joven tomó la opción de no creer. Le influyó su forma de entender el mundo y su manera de ser. Mi madre es creyente, con una religiosidad distinta a la mía. Los dos, como criterio educativo, se pusieron de acuerdo en mandarnos a ese colegio. En cuestión política también tenemos todos ideas diferentes. Las conversaciones en familia son curiosas. Pero hay vida. Sabiendo, eso sí, que las cosas no son fáciles».
En Loiola, donde pasa mucho rato en silencio, se siente bien. «Es una suerte experimentar un Dios que es tu amigo, no ese justiciero que exige e impresiona, sino alguien que quiere que todos seamos como Nemo».
PEDRO MERINO
Psicólogo y educador
«Viví de forma disipada y Dios estaba ahí»
Es de Ixhuatlán del Café, en el Estado mexicano de de Veracruz. Pedro Merino llegó por primera vez a Loiola hace dos años, al cumplir 43. «Esta es mi segunda ocasión, mi segundo premio», dice. Trabaja como orientador psicológico en una institución pública del gobierno municipal de Córdoba, donde vive. También es docente en un programa de posgrado en Educación.
Casado y padre de dos niñas de 12 y 4 años, proviene de una familia religiosa. «Especialmente mi madre. Mi padre no lo era tanto, pero terminó tan envuelto por la atmósfera espiritual y cristiana que desarrolló mi madre, que incluso fue más lejos que ella». Con un hermano sacerdote, él mismo empezó una carrera religiosa. Pero la abandonó. «Algo sigue latiendo», dice.
El camino, sin embargo, no ha sido fácil. «Del seminario salí en plena crisis, que me duró entre 10 y 15 años». Llegó así lo que él llama su desadaptación al mundo. «Fue una vida un poco disipada. Vivía en un ambiente de alcohol, desorden e irresponsabilidad».
Después de esa etapa, unos ejercicios espirituales con los Jesuitas en México le recolocaron. «Una de las cosas más hermosas de mi vida ha sido reencontrarme con ese Dios que siempre ha estado ahí. Me ha amado y ha querido lo mejor para mí. Ni ser sacerdote, ni casarme. Que sea feliz, esté contento, ame y crezca».
Encuentros como el de Loiola son para él «una primavera». «Es la edad dorada de mi vida», afirma. En su crisis perdió amigos, autoestima, tiempo y valor ante la sociedad. Pero desde una perspectiva trascendental, afirma que no perdió nada. «Yo viví lo que viví y en medio de todo lo que yo hice estaba un Dios que me ha abrazado a pesar de lo que yo hice».
KOLDO RODRÍGUEZ BENGOA
Educador y ex sacerdote
«Nada me ha quitado mi felicidad profunda»
Koldo Rodríguez está en su año de exclaustración. Ha sido miembro de la orden de los Clérigos de San Viator y profesor de religión en centros públicos. Desde este curso es profesor de euskera en Secundaria. Su recorrido es especial. «Descubrí los ejercicios espirituales ignacianos en Javier en 1993. Aquello cambió mi vida de arriba abajo. Hasta entonces había estado huyendo de mí mismo y huyendo de Dios, que es lo mismo».
Considera que el hacerse religioso fue una huida. «Fue un escaparme de una situación familiar, de amigos y de mí mismo, porque vivía muy mal. Con 15 años, en vez de afrontar los problemas, decidí huir. Me fui al Seminario y allí empecé una época de tranquilidad sosiego y paz. No sabía si tenía vocación o no, pero aquello me gustaba».
Desde que entró en el Seminario hasta 1993, cuando realizó aquellos Ejercicios espirituales de un mes de duración que, según dice, cambiaron su vida, se acostumbró a lo que tenía. «Continuaba en ello. Salirme de la congregación me producía más estrés y problemas que continuar así».
Provenía de una familia muy religiosa. «Pero una cosa es la fe que recibes en casa y otra la que te constituye por dentro, que no puede ser la misma. La semilla está heredada, pero el árbol crece en su propia tierra. Y si no le dejas crecer, te puede pasar como a muchos, que rechazan todo lo que le han enseñado. Cada uno, por sus circunstancias».
Dentro de la congregación vivía su «crisis morrocotuda». «Un día me planteé que no podía seguir en esa esquizofrenia. Estoy aquí a gusto pero no sé si es donde tengo que estar».
La solución comenzó con su traslado a una pequeña comunidad de religiosos, en un proyecto innovador y «muy querido por mí». Ahí, como decía un compañero suyo ya fallecido, «la verdad podía salir a flote, podía darse a conocer a los demás». Y así fue. «Uno detrás de otro fuimos cayendo en decirnos a nosotros mismos y a los demás lo que realmente pensábamos».
La comunicación y la sinceridad de aquella casa, los ejercicios espirituales de un mes que realizó y su proceso de psicoanálisis durante dos años movieron las cosas. «Al cabo de seis meses vine con una imagen. Durante un mes entero había profundizado en mi propio pozo. Descendí y casi abajo del todo me encontré con el mal. Es algo que está en mí y dentro de todos nosotros. Pero ese no es el fondo. Me doy cuenta que ese mal nos tapa muchas veces lo que está por debajo. Y que muchas personas se quedan varadas ahí, antes de llegar al fondo. En aquellos ejercicios me encontré a Dios: 'Aquí estaba yo, desde siempre, esperándote. Ya era hora'».
Desde aquel momento todo en su vida cambió. «Sentí que más alla de mi propia muerte iba a ser seguidor de Jesús. Eso nada lo puede cambiar. A pesar de las crisis gordas que he tenido después, eso es inamovible. Han pasado muchas cosas. Se ha muerto mi padre. He dejado la congregación. No estoy de acuerdo con la línea que lleva la Iglesia oficial. Pero nada me ha quitado esa felicidad profunda. Me acuerdo muchas veces de lo que dice el Evangelio: 'Quien bebe de este agua nunca tendrá más sed'».

cturrau@diariovasco.com
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