Gastrohistorias

Las greguerías gastronómicas de Gómez de la Serna

Utensilios de cocina y retrato de Ramón Gómez de la Serna en portada de uno de sus libros, 1922. /
Utensilios de cocina y retrato de Ramón Gómez de la Serna en portada de uno de sus libros, 1922.

Los simpáticos aforismos poéticos del escritor madrileño también tuvieron espacio para la cocina y el disfrute de la mesa

Ana Vega Pérez de Arlucea
ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEAMadrid

«Las croquetas deberían tener hueso para que pudiésemos llevar la cuenta de las que comemos». Esta deliciosa frase de Ramón Gómez de la Serna (Madrid 1888 - Buenos Aires 1963) es una de mis citas preferidas sobre el vicio croquetil, prueba de que el amor por este frito viene en España de lejos y de que los escritores, que normalmente tendemos a incluir en la categoría de románticos hambrientos o en la de frugales ascetas, sufren desvelos culinarios igual que los demás. Con sus filias y sus fobias culinarias, como todo hijo de vecino. Gómez de la Serna prestó a lo largo de su extensa obra una profunda atención a los asuntos del estómago, desde la creación de un mapa gastronómico para la revista Buen Humor en 1934 hasta las numerosísimas greguerías dedicadas al comer que escribió dentro de ese divertido corpus de aforismos humorísticos que definieron su estilo. Entre las recopilaciones de ese género literario que él mimo inventó (Guegerías, Greguerías selectas, Flor de greguerías, Total de greguerías….) brilla un pequeño tomo editado en 1989 con prólogo de Rafael Flórez: 'Greguerías gastronómicas'.

Recuerda este libro el brillante paso de Gómez de la Serna por diversos cafés y restaurantes de Madrid: el Café Pombo, donde mantuvo su famosa tertulia a partir de 1912 y en el que cenaba siempre los sábados; o el Fornos, lugar en el que conocería gracias a un banquete a Carmen de Burgos, en 1909. También aparecen referencias a los menús que creó para las cenas organizadas por la tertulia de Ortega y Gasset en los años 20, o una minuta cómica escrita para un banquete que se dio en su honor en el restaurante Lhardy de Madrid en 1923. Pero lo importante son los cientos de greguerías que aparecen, esa suma como él mismo definió de humorismo más metáfora centradas esta vez en alimentos, bares, tabernas y bocados.

Las anchoas sueñan con panteón de aceituna.

En las botellas de whisky hay un letrero en inglés que dice «bébaselo el dueño y y no haga el primo dándoselo a los invitados».

El bacalao lo debían vender en el rastro, en las prenderías, y e mejor en las tiendas de antigüedades.

El champán es el agua mineral de los millonarios.

Cazuela destapada, guiso lleno de bostezos.

La lechuga es toda enaguas.

La empanada, carta de carne con sobre de fantasía.

La gallina es la única cocinera que sabe hacer con un poco de maíz sin huevo un huevo sin maíz.

El sándwich es la hipocresía del poco jamón.

La ostra es la miniatura de la isla ideal.

«Pan» es palabra tan breve para que podamos pedirlo con urgencia.

Nunca es tarde si la sopa es buena.

El café del desayuno es inimitable y de sustancia más optimista que todos los cafés del resto del día.

En el restaurante caro se comen las mejores pechugas de todo, hasta de mujer.

El café es la enfermería del escritor.