Francisco Barrera y los manjares primaverales

Francisco Barrera y los manjares primaverales

Este pintor madrileño del siglo XVII pintó numerosos bodegones y alegorías representando los alimentos de temporada

Ana Vega Pérez de Arlucea
ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEAMadrid

Si hablamos de bodegones del Siglo de Oro español sacarán ustedes sin duda a relucir a Juan van der Hamen, Sánchez Cotán o Tomás Yepes. Fueron sin duda éstos algunos de los pintores bodegonistas más destacados de su época, pero no se queda a la zaga un personaje algo menos conocido aunque con un singular talento para las naturalezas muertas: Francisco Barrera (ca. 1595 - 1658). Este artista madrileño fue pintor además de marchante de arte, con dos tiendas de cuadros en el centro del Madrid de los Austrias, y hábil representante de su gremio, llegando a encabezar un famoso pleito gracias al cual la pintura pasó a ser considerada una actividad artística en vez de artesanal y exenta de alcabalas.

Puede que Barrera no haya conseguido la fama de muchos de sus coetáneos, pero sin duda gozó de un gran éxito comercial y en 1637 pagó por ejemplo sobre beneficios de ventas muchos más impuestos que pintores de la talla de Velázquez. Su dedicación al comercio directo en vez de a la realización de obras por encargo (lo que en su tiempo se llamó ser un «pintor de tienda») y su prolífica actividad nos permiten a día de hoy conocer multitud de cuadros suyos o atribuidos a su taller, en el que llegó a emplear hasta a cinco pintores. La popularidad de la que gozó el bodegón entre los compradores aficionados del Barroco hizo que Francisco Barrera, además de colaborar en la decoración del Palacio del Buen Retiro o de realizar cuadros de temática religiosa, se especializara en la representación de alimentos y en las composiciones alegórica de meses y estaciones del año.

'Primavera' de Francisco Barrera, 1638. Wikimedia Commons CC PD.
'Primavera' de Francisco Barrera, 1638. Wikimedia Commons CC PD.

De este tipo de obras de Barrera existen multitud de ejemplos en museos nacionales, internacionales y colecciones privadas, siendo unas de las más famosas 'Las cuatro estaciones' (Museo de Bellas Artes de Sevilla), una serie de cuadros de 1638 que mezclando figuras humanas, paisaje y naturaleza muerta muestran los elementos más representativos de las distintas estaciones del año.

En la alegoría de la primavera que se puede ver en el museo sevillano aparece Flora, la diosa romana de las flores, con la cabeza adornada y un ramo en la mano. Junto a ella vemos los alimentos más típicos de marzo, abril y mayo: espárragos, alcachofas, guisantes, rábanos, puerros, o cerezas además de pescados representando la Cuaresma (anguilas, salmón, congrio, arenques, un bacalao curado…) y carnes como patos, tórtolas, palomas, conejos, una pierna de carnero y un cordero lechal típico de Pascua. Bastante similar, salvo por la ausencia de pescado, es el cuadro correspondiente al mes de abril. Casquería, carne fresca, caza y un jamón rodean a las cebolletas nuevas y dos cestos con naranjas, manzanas y una rama florida.

'Abril', cuadro de Francisco Barrera. Wikimedia Commons CC PD.
'Abril', cuadro de Francisco Barrera. Wikimedia Commons CC PD.

Para pintar el mes de mayo Barrera recurrió también a la caza, escopeta y perros incluidos, y a los frutos del mes florido. Alcachofas, cerezas, guisantes, albaricoques, espárragos blancos y trigueros o trigo verdeado reposan sobre una mesa y expuestos en una especia de alacena. Destacan especialmente un palto con requesón y unas copas rebosantes de nata, símbolo de la abundancia de leche que hay en primavera cuando paren los animales.

'Mayo', cuadro de Francisco Barrera. Wikimedia Commons CC PD.
'Mayo', cuadro de Francisco Barrera. Wikimedia Commons CC PD.

Los quesos frescos eran entonces uno de los manjares más apreciados y como tales salen de nuevo en otra alegoría primaveral atribuido a don Francisco Barrera y que pertenece a la colección Carmen Thyssen-Bornemisza. Un cesto rebosante de cerezas, otro de fresas y diversos vegetales acompañan a los verdaderos protagonistas del cuadro, que destacan por su color blanco: dos enormes quesos frescos y varios requesones o naterones. Ahora nosotros los tenemos a mano durante todo el año, pero sin duda alguna en el siglo XVII el primer bocado anual de dulce queso debía de ser motivo de celebración. Tanto como para colgar su efigie en la pared del salón.