Artista «de vida o muerte»

Eduardo Arroyo. /Efe
Eduardo Arroyo. / Efe

Eduardo Arroyo quiso ser «un pintor que hace muchas cosas» y «morir con los pinceles en la mano»

CARMEN NARANJO

Irónico e inconformista, Eduardo Arroyo, uno de los artistas españoles más importantes del siglo XX, amó la pintura sobre todas las cosas, un oficio que era para él «de vida o muerte», pero también quiso ser el pintor que hace muchas cosas: «que pinta, que escribe, que hace cerámica y que hace esculturas».

Su deseo, según dijo en una entrevista en 2009, era morir con los pinceles en la mano y que en su epitafio dijera «Eduardo Arroyo. Pintor». «Es lo que realmente soy. Un pintor que hace muchas cosas pero que gira en torno a esa confrontación durísima y violenta que es con la pintura», aseguró.

Con una actitud crítica hacia la sociedad en la que se desenvolvía, Eduardo Arroyo (Madrid, 1937) se exilió voluntariamente en París en 1958 de la «mediocridad» franquista, donde permaneció hasta la llegada de la democracia a España a finales de los años 70.

En la capital francesa comenzó su actividad como pintor, además de dedicarse al periodismo y allí se convirtió en uno de los máximos exponentes de la llamada «figuración narrativa», un movimiento que en la década de los 60 quiso irrumpir en la eterna discusión entre abstracción y figuración.

Sobre el círculo de pintores que frecuentó en París recordaba que lo que les unía era que les interesaba más la política que el arte y aseguraba que «hoy sería absolutamente imposible que existiera un grupo así».

Su primera exposición, en 1963, fue clausurada por la censura. Años después, al ser nombrado comisario de la Bienal de Valencia, fue detenido en esta ciudad y reclamado por el Tribunal de Orden Público.

Y hasta la llegada de la democracia, solo regresó una vez a España: «En 1967 volví a España después de una exposición y no volví durante cinco años, no la reconocí, era una cosa extraña», afirmó el pasado año en Niza (Francia), donde montó una exposición en la que repasaba medio siglo de su pintura y escultura.

Persona a la que no le preocupaba crearse enemigos, respetaba a los que saben contener la rabia: «quizá sean los más sabios pero yo no puedo, me gustaría tener esa templanza, esa crítica que no se formula, ese pensamiento secreto».

«No me ha preocupado en mi vida crearme enemigos, aunque también tengo muy buenos enemigos, ya que hay que dar calidad a los enemigos, y tengo muy buenos amigos, mucha gente que me quiere mucho», decía.

Transgresor

Considerado uno de los artistas internacionales más transgresores desde que inició su trabajo en los años 60, fue un gran defensor de la «pintura-pintura» frente a las nuevas tecnologías aplicadas al arte.

Muchos de sus pensamientos y opiniones están reflejados en su libro «Bambalinas» (Galaxia Gutenberg,2016), un «vagabundeo» por su pasado donde se entrelazan situaciones autobiográficas vividas por él y por sus compañeros artistas, quienes, semiocultos en sus máscaras, antifaces y travestismos, compartieron momentos de soledad y compañía.

Balance de vivencias, añoranzas de cosas que nunca volverán, «de una sociedad que se ha mutado tremendamente», son recuerdos también de los que no están y de los que todavía están, comentaba a Efe el artista.

En ese libro reconocía que fue la novela «Robinson Crusoe» la que marcó su vida de forma definitiva y le «indicó tanto el buen como el mal camino». Por ello, con este nombre tituló los seis cuadros que pintó en 1966.

Premio Nacional de Artes Plásticas 1982 y Caballero de las Artes y de las Letras de Francia, consideraba que Pablo Ruiz Picasso era «el más grande pintor para pintores», puesto que mientras otros autores pintan «para el público», el malagueño lo hacía «primero para él y luego para sus colegas».

Porque Arroyo creía que «sin ética el arte no es nada», y que si la creación se convierte en «mera especulación, oportunismo o moda» deja de tener sentido y se «desmorona».

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