Diario Vasco

Alicia en el país de la minería

Uno de los niños que trabajan en la mina de Cerro Rico, a su entrada en una de las galerías
Uno de los niños que trabajan en la mina de Cerro Rico, a su entrada en una de las galerías / DANI BURGUI
  • El periodista Ander Izagirre relata en su libro ‘Potosí’ las condiciones de vida de los menores que a diario bajan a las minas del Cerro Rico y subsisten en un sistema del que son el último eslabón

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La primera vez fui a hacer un reportaje sobre el trabajo infantil y vi lo que había ido a ver:cosas que ya se habían contado. La segunda descubrí una violencia brutal de la que ni me había enterado». Ander Izagirre (Donostia, 1976) viajó en 2009 a Cerro Rico, el territorio sin ley situado a 4.800 metros de altitud en el Potosí boliviano, en el que se dan cita la miseria y la opulencia, el trabajo infantil y una corrupción rampante, en un clima de violencia que recorre cada uno de los estratos sociales. Y todo bajo el reino de la impunidad. Regresó dos años después y si del primer viaje volvió con materiales para un reportaje –distinguido con el Premio Manos Unidas de Periodismo, entre otros galardones–, de su segunda estancia extrajo los testimonios y experiencias que reúne en ‘Potosí’ (Ediciones del K.O., a la venta el día 23), un trabajo en el que básicamente busca respuesta a una pregunta:por qué hay una niña que a diario entra a trabajar en una mina. «Creo que no se puede dar una explicación demasiado simple o esquemática, pero sí que hay un contexto de decisiones políticas», se responde a sí mismo Izagirre. Cerro Rico es una montaña situada en la ciudad boliviana de Potosí. Alberga plata, estaño y un sinfín de minerales cuyos precios fluctúan en los mercados internacionales al albur de los intereses económicos y también de los políticos, no siempre confesables. A su alrededor, crece la ‘canchamina’, «un territorio sin ley» en el que la pobreza extrema parece convocar todas las iniquidades imaginables en una espiral perversa que convierte a la víctima de unos en verdugo de otros. «Es un sistema en el que el penúltimo de la escala machaca al último, que generalmente suele ser una mujer o sus hijos».

Alicia en el país de la minería

Nada de todo eso ha impedido que la montaña, perforada por innumerables galerías mineras en las que todos los días entran 10.000 personas a trabajar, forme parte del escudo nacional boliviano. «Han gastado un dineral en hacer obras para preservar el paisaje y que no se caiga la montaña porque es un símbolo de Bolivia, pero ni un duro en los habitantes. El Cerro Rico de Potosí, símbolo de las mayores riquezas de la Historia, es la sede de la pobreza más terrible», apunta el periodista y escritor donostiarra, Premio Europeo de Prensa 2015 por su reportaje ‘Así se fabrican guerrilleros muertos’ sobre los crímenes del Ejército colombiano al amparo de la lucha contrainsurgente.

Si la niña minera Abigail fue la encargada de guiar sus pasos por Cerro Rico en 2009, a su regreso en 2011 su principal ‘cicerone’ fue Alicia Quispe, de 14 años. «No es su nombre real. Prefiere ocultarlo para que no la expulsen de su trabajo clandestino», que en teoría no existe, pero que en realidad no es otro que bajar a diario a una mina tan perforada después de 500 años de explotación que amenaza derrumbe. Ya no hay grandes vetas de mineral, pero los geólogos estiman que aún esconde 47.824 toneladas de plata fina, «más de lo que le han sacado a lo largo de la historia». El problema radica en que ya sólo aparece en pequeñas venas entreveradas con la roca, en proporciones muy bajas. «Habría que derruir, triturar y procesar la montaña entera para obtener esa cantidad», escribe Izagirre. Y de hecho, es exactamente ésa la operación que una gran empresa minera ha realizado en otra montaña próxima a Potosí.

No es el caso de Cerro Rico. El propio Izagirre realizó varias incursiones al interior de la montaña, algunas de largo recorrido. «Lo pasé mal. Te angustias. Me metí para contar en detalle cómo es: un lugar extremadamente angosto en el que no sabes en ningún momento dónde estás. Voy con alguien de quien me fío, pero si en algún momento se va no tengo ninguna posibilidad de salir de ese laberinto de excavaciones caóticas. Hace un calor tremendo, hay olores muy raros, voy agachado todo el rato y a veces, a cuatro patas». ¿Miedo? «Sabes que estás en un entorno peligroso por los derrumbes, pero al final piensas que vas con alguien que lleva toda la vida haciendo esto».

El mecanismo de funcionamiento del trabajo infantil, regulado por ley en Bolivia aunque prohibido en el caso de las minas, es muy sencillo: «Muere o enferma el hombre de la familia, generalmente un minero, y como remedio, las cooperativas ofrecen a la viuda y sus hijos una caseta de adobe ruinosa, en un sitio con mucho frío y muy tóxico. Y les permiten realizar labores auxiliares en la mina:guardan los materiales, pican la piedra... Los niños están ahí y algunos empiezan entrando por su cuenta o llevados por los propios miembros de las cooperativas», en realidad, empresas ‘tapadera’ que «quebrantan todo tipo de leyes». El primer intento por parte de un Gobierno boliviano de poner un mínimo de orden en el funcionamiento de estas empresas se saldó el pasado mes de agosto con el asesinato del viceministro de Régimen Interior, Rodolfo Illanes, en la localidad de Panduro a manos de una turbamulta de mineros que lo torturaron durante horas. «Es otro ejemplo de territorio sin ley y de funcionamiento mafioso».

800.000 menores

Según cálculos de Unicef, más de 800.000 menores trabajan a diario en Bolivia. En marzo, el Gobierno se vio obligado a regular su situación laboral a petición de los propios menores. «La ley impide emplear niños en la minería, la zafra del azúcar en el Trópico o en la prostitución, por supuesto, aunque todo eso sigue dándose –explica Ander Izagirre–. Hay otro abanico de trabajos, domésticos o vendiendo periódicos y comida en la calle, que sí están autorizados», apunta el periodista, que reconoce que se trata de «un tema muy difícil de abordar: desde aquí puedes tener una visión tajante en contra del trabajo infantil, pero no les puedes condenar al hambre».

Las sórdidas condiciones de vida, aliñadas con miseria y una arraigada tradición machista, engendran violencia. «Son cosas que no salen cuando llevas un rato con la familia, sino después de convivir varios días. Es entonces cuando la madre de la niña te empieza a hablar de su marido, te enseña una cicatriz, un mordisco. Empiezas a tirar del hilo y ahí aparecen un mundo de violencia que en el primer viaje no había visto». Un machismo irredento que no parpadea ni frente a la evidencia histórica: en 1977, una huelga de hambre de un grupo de mujeres de mineros desató una oleada de protestas por todo el país que acabó por doblarle el brazo a la dictadura militar del general Hugo Bánzer. Incluso hoy en día, «hay un Comité de Amas de Casa de Siglo XX, que son las que pelean las condiciones laborales, a las que ni dejan participar en las asambleas de mineros», afirma Izagirre.

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