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Aunque en una especie de empate técnico en las últimas semanas, la candidatura de Donald Trump parecía finalmente perdedora y la previsión parecía estar avalada por el voto popular directo: hasta cuatro puntos de diferencia. Un optimismo solo empañado por la persistencia de un porcentaje alto (casi un diez por ciento) de indecisos. Finalmente, Trump ganó y es útil, lo único útil a día de hoy, identificar las causas de su victoria, la de quien a finales del año pasado era solo un vulgar outsider frente a los candidatos convencionales que se dibujaban en el partido republicano.

La primera razón de su éxito puede estar justamente ahí: en la ausencia de un aspirante de peso y de tirón. Ted Cruz, Marco Rubio, Ben Carson, Jeb Bush o John Kasich, por citar solo a los que duraron más en la carrera de las primarias, no eran lo que se conoce como buenos candidatos. La segunda podría ser su habilidad como comunicador, chistoso, de trazo grueso, deliberadamente desinhibido y populachero, es decir, muy inteligible. Y la tercera su estrategia de presentarse como hostil al establishment (la gran prensa y las grandes redes de TV y 'Wall Street', es decir la Bolsa y el mundo financiero, reducidos por él a una fórmula fácil y desdeñosamente ubicada siempre en una dimensión distante y egoista: las élites. Todo esto autorizó el recurso a la calificación dada al nuevo presidente por los medios: populista sin remedio y grosero hasta ser impresentable.

El partido republicano perdió un tiempo precioso en preparar el relevo de Obama mientras combatía sin piedad su gestión, singularmente su reforma sanitaria. Parecía que el partido aceptaba como inevitable la extendida opinión de que si Hillary Clinton concurría su victoria estaba asegurada y una encuesta de CNN de marzo de 2015 encontró que ella vencería por diez puntos o más a cualquier candidato republicano. Sobra decir que por entonces nadie sabía que Donald Trump concurriría, pero el sondeo también traducía el hecho de que los republicanos no tenían banquillo, algo central para entender lo sucedido porque, simultáneamente, se forjaba un consenso entre politólogos y encuestadores para calificar a Hillary como una candidata mediocre, demasiado convencional y tocada en términos políticos por su gestión como senadora y Secretaria de Estado.

Sin embargo, tal vez queda por anotar como causa lo esencial: la mediocre valoración que los partidos y sus representantes convencionales, previsibles y respetables, por así decirlo, hicieron de la crisis económica y social en marcha y sus inherentes cambios culturales. Los viejos y grandes estados industriales, el granero del partido demócrata, atraviesan una crisis insoportable en términos de desempleo y desconcierto psicológico y generacional por la mundialización de la economía, la imparable deslocalización de empresas por razones frecuentemente egoístas los salarios bajos y un auge del desempleo que, aunque asumible comparado con las cifras europeas, han extendido entre la clase trabajadora un malestar perfectamente identificado y cuantificado... que un tal Trump ha comprado con sus promesas, entre las que se incluye, tácitamente y a veces con toda claridad, el mensaje de "primero, los Estados Unidos".

Trump fichó atinadamente a su vicepresidente, el razonable y más centrista Mike Pence, y dos horas después de su victoria ya se mostraba conciliador, reunificador y sensato. Creerle sería imprudente, pero hoy no se le puede negar que su olfato de amateur escogió adecuadamente el blanco y no vaciló en ser o parecer tabernario y lenguaraz. Lo que Clinton no supo hacer... y sí percibió y expresó muy bien su único adversario fuerte y duradero en la carrera por la nominación, el senador Bernie Sanders, quien se autodescribe sin empacho como "socialista", un pecado mortal en el escenario político-institucional de los Estados Unidos.

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