El camerino del ‘nieto’ de Ravel

Joaquín Achucarro saluda la público tras el concierto, el pasado lunes./Usoz
Joaquín Achucarro saluda la público tras el concierto, el pasado lunes. / Usoz

Joaquín Achúcarro cumple hoy 85 años y lo celebra con la OSE. El lunes nos colamos en la trastienda de su concierto

Mitxel Ezquiaga
MITXEL EZQUIAGASan Sebastián

¿Qué hace una leyenda del piano diez minutos antes de pisar el escenario? Dar vueltas por el camerino, aún descalzo y con el pelo revuelto, con la tranquilidad de quien lleva una vida en el oficio pero los nervios de quien sabe que 1.700 personas llenan ya el Kursaal. Y bromear con este periódico.

«El día que no sienta responsabilidad antes de de salir lo dejo», manifestaba este pasado lunes un sonriente Joaquín Achúcarro, con la camisa por fuera y una sonrisa pícara. Nadie diría que este hombre cumple hoy, miércoles, 85 años. Es el solista que más veces ha tocado con la Orquesta de Euskadi, y celebra su cumpleaños con una minigira con la sinfónica vasca. El lunes fue el estreno, en el Kursaal, auditorio al que volverá el viernes tras pasar este martes por Pamplona (con presencia de la presidenta navarra, Uxue Barkos, y el consejero de Cultura vasco, Bingen Zupiria), Bilbao y Vitoria.

Quisimos vivir el lunes la trastienda de este primer concierto: pedimos que el director titular de la OSE, Robert Treviño, se acercara hasta el camerino de Achúcaro para tomar la foto de dos artistas minutos antes de la hora H. Y Treviño, un director de la nueva era, cómplice de los medios, se prestó encantado.

La primera sorpresa fue la tranquilidad de los dos. La segunda, que no se visten de faena hasta ultimísima hora. Treviño aún está con pantalones vaqueros. «Lo que tiene que estar preparado ya está», bromea señalando su cabeza. «Vertirse para salir a escena es un minuto», añade.

«Aún me estoy preparando», se disculpa también Achúcarro, «pero pasad, tranquilos». Un piano en una esquina, los zapatos brillantes junto a la silla, la chaqueta aún en la percha. Treviño le ayuda con los botones de la camisa. «Hemos conectado muy bien», coinciden. La trastienda del Kursaal es un ir y venir de músicos.

Junto al mismo escenario, en el backstage, sucede el minuto mágico. El público llena ya el auditorio, los músicos ocupan su plaza. Treviño viene primero, ya con sus galas de director, hasta la frontera donde será visible por los espectadores. Achúcarro llega enseguida, acompañado de la regidora de la Sinfónica. Se apartan los dos artistas y musitan unas breves palabras. Algo así como «suerte», o quizás el «mucha mierda» del espectáculo (¿habrá aprendido ya Treviño a decirlo en castellano?). Entran a escena y el público les recibe con una ovación.

Los espectadores se rinden ante la interpretación del concierto para la mano izquierda de Ravel. El público pide un bis y el pianista interpreta ‘Claro de luna’ de Debussy. En el descanso firma discos y ya como espectador ve la segunda parte, la impresionante ‘undécima’ de Shostakovich. Treviño transporta al público al Palacio de Invierno de hace un siglo. El camerino del Kursaal, donde hace un rato los dos artistas bromeaban, parece ahora tan lejano como la Rusia de los zares.

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